Cruzamos en fila, de a dos.
Los guías controlaban que ninguno de nosotros cayera del puente al vacío. Era peligroso este paso, fue el momento más tenebroso la más dura de las pruebas. Abajo del puente corrían aguas negras, densas e inmóviles como las de un pantano.
No supe hasta más tarde qué extraño fenómeno las hacía tan atrayentes, invitaban a entrar. Algo en mí deseaba introducirse en ellas.
Uno de los Guías se acercó y dijo a mi oído,
“No mires abajo continúa caminando. Mira hacia adelante.”
Luego una voz repetía “Avancen, no se detengan avancen”. Alertaba tal vez porque muchos de los nuestros ya habían caído, en realidad creo que se arrojaron intencionalmente y al hacerlo, las aguas -¿o era barro?- se agitaban en grandes olas provocando un horrible hedor.
A poco de andar pudimos ver qué había del otro lado del puente.
Una ciudad iluminada se distinguía desde donde yo estaba.
Decenas de torres semejantes la conformaban. Entre ellas, algunas construcciones más bajas separadas por calles angostas la recorrían uniéndola en bloque. Parecía flotar en el espacio…No pude distinguir en qué se apoyaba, no tenía base -¿O es que yo estaba tan cansado que apenas podía ver donde pisaba?-
Frente a la construcción fantástica, casi de cuento oriental, quedamos detenidos. Dos portones se abrieron para darnos paso. Los Guías se ubicaron a los lados y entramos a la Ciudad.
-¿Dónde estamos? -pregunté a uno de ellos,
-En la Ciudad del Gran Corazón, aquí permanecerán un tiempo más- me dijo y sonrió amablemente. Estoy seguro que vi su sonrisa pero también estoy seguro que no tenía rostro. Entendí que Caronte era cada uno de los Guías.
No vi a Cerbero pero escuché su aullido.
Él quedó afuera vigilante cuidando que ninguno de nosotros intentara salir de allí.
Viviana Comerón
