El Golpe

24 06 2007

Dejé la bici de mi amigo y como si nada fuera, entré por el corredor de la casa. Calladita la boca.
Era una mañana de primavera soleada y fresca. Mamá me dejó salir a la vereda porque todos los chicos estaban allí -él también-
La calle Cabezón se veía tranquila. Villa Pueyrredón en ese entonces, era una zona arbolada de casas bajas estilo inglés; barrio de ferroviarios de los que alguno queda.

A tres cuadras de la estación podía escucharse muy bien el silbato del tren advirtiendo su paso. Una de las cuadras cerradas daba a las vías y tenía por cerco unas chapas gruesas de ferrocarril con los bordes doblados para adentro, rectangulares y clavadas en la tierra. Nunca transgredimos las aberturas entre una y otra, porque estaba totalmente prohibido por los padres. El tren no perdona, decían.
A Juan le habían regalado una bicicleta. Juan era el más grande, alto y fuerte, su cabello negro lleno de rulos bien dibujados, caía apenas sobre la frente y los ojos marrones enormes eran enmarcados por pestañas que parecían más de jirafa que de persona, él me pestañeaba a propósito seguro ¡Cómo me gustaba!

Siempre se reía de todo –y de todos- pero no de mí porque un día me hizo llorar y de ahí nunca más se rió (menos porque era chiquita y usaba vestidos almidonados y dos trenzas con moño, yo odiaba ese peinado estúpido)

El tenía como once y yo cinco, pero eso qué importaba ¿no?
Todos los del barrio hicieron la fila. Yo miraba sentada en el umbral de la casa de departamentos. Juan dijo,

-Vos también -y me hizo seña con la mano para que me ponga. Me puse.
-Una vuelta manzana y listo eh -decía a cada uno de los que iban subiendo.

Así fue como me tocó el turno. Claro que yo nunca anduve en nada, menos en bici. Pero ya sabía, porque como estuve mirándolos y era la última de la fila…ya sabía.  Más seguridad me dio el escuchar a esa Susana que decía,

-No la dejes Juan, es muy chiquita- y el pobre Juan para que yo no me enoje agregó

-Sí ella sabe ¿no Vivi?

-Claro que sé -respondí airosa y entonces él soltó la bici que tenía agarrada del puño negro para entregármela. Era pesada.
Puse el derecho en el pedal. Tuve que hacer fuerza para que avance y listo…”Falta el otro y ya sale la bici” pero patinó mi pie derecho y el caño del medio me pegó justito.
Me dolió tanto que se llenó mi boca de saliva porque no podía llorar ante el “Uuuy…se mató” que alguno dijo y todos corrieron, Juan el primero.
Me sostuvo la bici que intentaba dejar en el piso,

-¿Te duele? -lo dijo bajito con tono apenado.

No podía caminar pero negué con la cabeza y entré por el larguísimo pasillo de mi casa hasta que cuando estuve frente a mi mami, lloré con todas las lágrimas y la boca bien bien abierta abrazándola tan fuerte, violeta de ahogo.
Lloré el dolor, el bochorno y la bronca de ser tan chiquita y tan tonta.

Viviana Comerón

24 de junio de 2007- Sentires-





La mejor del barrio

24 06 2007

Frente a ese intenso dolor, no pudo menos que arrancar un alarido al alma, y como de lobo salió y duró buen rato flotando para que lo escuchen. Que lo escuchen bien, que lo escuchen todos.
El vecindario entero se asomó, parecía seria la cosa y el mundo circundante se juntó frente a la casa de Don Emilio, la blanquita de la esquina

-Esa, la del pino enorme en el jardincito pequeño….

-¿La que parece que se le caerá el pino encima? Sí, esa misma. Pero hasta ahora no le cayó y mirá que soportó tormentas y vendavales eh…pero nada, la casa y el pino siguen en pie.
La señora de Don Emilio murió de neumonía el mes pasado.
La gente lamentó su partida sobre todo por los sabrosos dulces que cada invierno preparaba y con cordialidad de vecina de antes de las que ya no quedan, distribuía generosa entre todos. Que para el nieto de fulana, para el sobrinito de mengana, que para el hijo de la nueva, que para el…Señor solo de la otra cuadra, ese el de ojitos celestes, el de cabello blanco…

-¡Ese, Viejo!, el que camina derechito y despacio todo trajeado de domingo siempre, ¡pero che! ¿cómo que nunca lo viste?…Se llama Alberto, no le gusta que le digan Don…¡Ah siempre tan despistado vos!
A ese vecino también Doña Eloida le regalaba dulces. Y galletitas para la tarde o para el desayuno…
-¿Lo ayudamos en algo Don Emilio? -dijo con voz grave y firme el marido de la del fondo asomando la cabeza por entre la reja de la cerca.

-A ver, hombre, deje pasar…hay que abrir la puerta, no sea que esté grave…¡Don Emilio! ¿se puede? -avanzó otro decidido pero con cierta cautela, la que otorga el poco de miedito que a uno le da mirar para adentro de algún grito feo. Tomó el picaporte y abrió, estaba sin llave como todas las puertas del vecindario.

Y lo vieron. Rodeado de papeles, ovillos de lana, carreteles de hilo empezados, alfileres con cabecitas de colores y en medio de tanto desorden el Emilio llorando, sentado en el piso con las rodillas recogidas en el mentón y un montón de papeles arrugados en las manos.
Eran como diez los que veían al pobre hombre llorar.
Una de las mujeres se acercó para consolarlo, el hombre que se animó a entrar la detuvo y meneando la cabeza dijo, Dejalo -solo con un gesto, sin hablar…
En el papel arrugado que Emilio tenía en su mano,  se podía leer de una letra enorme, aniñada y temblorosa…Mi amado Alberto:
Entonces todos salieron de a uno, como entraron.

Viviana Comerón