Johann Strauss

23 07 2007

El unísono de violines jugaba con el resto de la orquesta perdiéndose ante el arribo de clarinetes y flautas.
Los platillos y la estridencia de un solo golpe del tambor mayor se hicieron escuchar.
Un sostenido de clarín y él ahí, rodeando su cintura entre sedas y la piel fragante de la mujer que lo envolvía como la música.
Abrieron el baile de egresados con la destreza de dos profesionales.

Él alto, apuesto, erguido y ella mujer bellísima, sonriéndose entre el magnífico vals.

La pista se convirtió en un ir y venir colorido y armonioso. Los giros y balanceos no se interrumpieron mientras los aplausos celebraban a nuestros hijos.

El resto se les sumó con segundos de diferencia. Las cinco primeras parejas formaron el círculo central, las diez siguientes los rodeó en otro. Ampliado el centro, los que iniciaron tomaron el lugar protagónico marcando los pasos al ritmo de la música fantástica. Ofrecieron el mejor espectáculo que pudimos haber imaginado.
La emoción fue mayor que la pretendida compostura. Lloré conmovida ante la ausencia del adolescente que en cada movimiento, se iba perdiendo para mostrar al hombre.

Mi hijo menor egresaba.

Este pequeño que tanta batalla me diera, el irresponsable desinteresado de años atrás, este día flamante Ingeniero, guiaba al resto con su novia entre los brazos.

Liviano parecía el cuerpo inmenso del muchacho de traje negro. Ella lo seguía con natural gracia.
Tantas imágenes preciosas fueron plasmadas por cámaras y filmadoras. En ninguna de las que luego miré, pude encontrar las que mis ojos habían rescatado.
Uno de los giros favoreció la posición, mi hijo me buscó entre los de primera fila. Su sonrisa fugaz incluyó la complicidad de un guiño.
Tomé el gesto del aire y lo guardé como uno de mis más preciados recuerdos.
Es una de las fotografías que saca mi memoria cada tanto, cuando el ambiente se pone denso o me hace enojar con otra de las suyas.

Viviana Comerón





Nacimiento

18 07 2007

Al sur del Sinaí, una caravana avanza en el desierto rumbo a Daraw.
El guía canta al ritmo de una yamania que entre sus manos pone música al paisaje yermo. Los niños duermen abrazados a sus madres.
El pronóstico de los ancianos anunció que el viento arreciará próximo al anochecer. Es hora de detener la marcha antes que desembarque el temporal.
Una corneta de asta es suficiente para que la señal estridente aliste a la muchedumbre.
Cada quien a lo suyo.
Desatan telas que salen de sus rollos y varios hombres juntan fuerzas para tensar los tientos, el cuero resiste. Las mujeres acomodan los kilis, todo está listo para trasladar a los pequeños. Carpas bajas harán de tolderías amuchadas que de a cuatro en círculo los cobijará.
Puede que el viento amaine en dos días, tal vez en menos.
Las vasijas de agua se protegen y mientras las trasladan, unos jóvenes ríen tapándose la boca. Las niñas entornan los ojos y responden sin mirar más allá de la barbilla de los hombres. Estas guardan las provisiones de las que emanan aromas de azafrán, curry y canela. El kuskús en bolsas de cuero se dejan sobre tablones, debe protegerse de la arena. Pusieron las almendras y la miel a buen recaudo y continuaron con los cestos de juncos apilados, los cántaros se afirman y sujetan las tapas con cáñamo.
La música no cesa, acompaña a quienes se mueven con destreza y rapidez. Hablan en voz queda solo si es necesario, los acuerdos previos no admiten trasgresión ni descuido, el éxito del grupo depende del acierto de cada uno y todos lo saben.
Desmontan los gamales, y quitan los arneses a los camellos viejos, atándoles de una pata a cuerdas fijadas en las rocas.
Saida, niña mujer, entró en trabajo de parto antes de lo previsto, grita de miedo y dolor. Las mujeres acuden presurosas sacándose los brazaletes de plata, los anillos y pendientes al tiempo que caminan. Viendo que se complica, desde la carpa gesticulan a otras por ayuda.
Mahmoud, el guía, se acerca con la simsimiyya y sentado en la arena interpreta una música diferente. Destaca los arpegios y matiza con acordes delicados su melodía. Los demás, enterados del suceso y sin menguar la prisa, pronuncian para sí los rezos moviendo los labios. Unas mujeres preparan té de hierbabuena para sus hombres. Los ancianos envueltos en sus caftanes, rodean a Mahmoud y entonan un poema para nacimiento. Exorcizan al demonio que no deja salir al niño de esa madre.
Sobre una duna, los jinnis que adoptaron forma de hienas, levantan los hocicos a los cielos, huelen a carroña y se relamen.
En un momento la música y el llanto del recién nacido los espanta. Huyen a la carrera alejándose con sus carcajadas siniestras.
El guía ameniza la madrugada con música infantil llena de gozo. Los ancianos aplauden con golpes sordos y las jovencitas danzan moviendo las nalgas al son de panderetas. Es varón el arropado con el kibrs del padre. Su primogénito tiene los ojos de la madre, inmensos y negros.
-Será Guía también como su abuelo y bajo el signo de Cáncer, un gran protector– vaticina en badawi Eiwada, el más anciano de los beduinos, contemplando las estrella.

Viviana Comerón





Fenómeno

10 07 2007

-Ella estaba parada en esa esquina, su vestimenta lo decía todo. Un pañuelo cruzándole la frente anudado a un costado, tacos altísimos, pollera apenas tres centímetros debajo la cadera, remera verde ajustada, labios rojos y esos aros que parecían espejos bajo el efecto de las luces. Era una serena madrugada de domingo, Primavera del 2004 –estoy seguro porque salía de festejar mi cumpleaños veinticuatro de la casa de mi novia-
Frené mi auto a su lado y estiré el cuerpo para abrir la ventanilla del acompañante, ella se inclinó lo suficiente para mirarme con sensual provocación. Con un gesto de cabeza, la hice subir. Sus piernas largas no cabían, quedaron atrapadas en el minúsculo espacio disponible. Como quien está acostumbrado a cualquier cosa, no emitió gesto alguno de incomodidad

-Hola- silencio, no hubo respuesta. Insisto con el Hola, y saludó con una sonrisa. “Hermosa mujer. ¿Qué historia de vida las llevará a caer tan bajo? bajo ¿por qué?”- pensé.
-¿No sabés hablar? -yo escuché “No”, pero ella no lo dijo “Me habrá parecido”
-¿Algún lugar en especial? -volví a preguntar mientras le acariciaba la pierna esquivando la palanca de cambio. Señaló los bosques, predio fantástico al que estábamos llegando.
Me dije, “Y bueno, será en el auto, haciendo un sacrificio tal vez…”

-Lo único que recuerdo, Sr. Oficial es que yo la besaba apasionado, mientras mis manos la recorrían sin reparos y ella se dejaba. Nos interrumpió un tipo calvo que pegó la cabeza en el parabrisas dándome el susto de mi vida.
Lo vi sin duda alguna. Tenía algo que lo cubría que no parecía ropa, era semejante a una tela o goma luminosa adherida al cuerpo.
Los ojos eran enormes y al abrir la boca, le ocupó toda la cara una cavidad negra sin dientes. De ese túnel, salió un sonido metálico ensordecedor. La mujer a la que estuve besando, respondió con el mismo sonido y su boca se hizo túnel también… Y salió del auto dejándome paralizado.

-De ahí en más Señor Oficial, no tengo memoria. Solo sé que hoy es 10 de julio de 2007, lo dice su almanaque. Que estoy en la Ciudad de Buenos Aires -cosa que dudo, aunque anoche lo dijeron varios que hacían muñecos de nieve en una plaza. Que tengo mucho frío con esta ropa. Que estoy buscando mi auto y no sé tampoco dónde queda mi casa ¿ Ud. tendrá un registro de gente perdida para encontrarme con mis datos ?

Viviana Comerón





Mi caracol Azul

10 07 2007

“Quedó inmóvil, nunca tuvo sensación de final como en este instante. Quería respirar pero era imposible…abrió la boca para que ingresara el aire en un feroz instinto por sobrevivir, sólo el agua salada entró violenta y sin pausa.
Un estado de angustia inenarrable se apoderó de él sumiéndole en pánico. Toda su vida se desplazó en imágenes cuyos colores y formas le  llegaban cargadas de sensaciones…Todos los conocidos, familiares, afectos entrañables parecían estar a su lado. Los momentos felices se dieron cita ante lo inevitable e inesperado para la despedida”

Yo permanecía en la orilla con un baldecito naranja y una palita celeste cerca del montículo de arena húmeda. Unos caracoles esperaban su turno para adornar las paredes del castillo. Me sujetaba el gorro floreado y con la mano enarenada froté mis ojos para ver mejor.
Me puse de pie…ya estaba aburrida de esperarlo. Haciendo visera con la mano miraba hasta el horizonte, nada a la vista. Bueno, nada que se pareciera a mi papá. Mucha gente jugando, él no estaba.
De pronto lo vi. Ese brazo que salía del agua y se agitaba para un lado y otro, ese le pertenecía. Y yo también lo saludé dando de saltitos en el mismo sitio, porque “De aquí no podés moverte”, dijo antes de meterse en el mar.
Mi papá nadaba muy bien, muchas horas sin cansarse. Dijo que cuando fuera más grande o cuando mi mamá dejara de molestarlo con eso de “Cuidado, cuidado, cuidado…” mi papá, seguro me va a enseñar.
Pero, no volvió rápido como otras veces. Al fin me cansé de saludarlo y que me salude y me senté de un golpe junto al castillo casi terminado.

Cuando todos se fueron del agua,  papá quedó tendido en la arena boca abajo. Una mano abierta y el puño de la otra cerrado.
Luego de algún tiempo, mami me regaló un caracol blanco por fuera y por dentro todo azul tornasol. Muchas noches me durmieron las olas que le van y vienen de no sé dónde.

Pasaron algunos años, el caracol ocupa un lugar especial en mi escritorio y cuando viajo lo llevo conmigo.  Aún no sé nadar. Creo que no aprenderé nunca, lástima.

Viviana Comerón





Mañana

10 07 2007

El mismo intenso dolor de piernas del otro día le impedía continuar con la caminata que se había propuesto. Encendió un cigarrillo y regresó a paso lento.
Además ya era tarde y los mosquitos comenzaban su ataque. Nada que le molestara más. Por otro lado, alguna razón importante debía tener para protestar y el ataque de los mosquitos lo era.
Ahora en casa se daría una buena ducha, luego la bata y alguna cosa comería…Eso sí, de tomar para nada se olvidaba. De la copa, del vaso, de la jarra, del jarrón, de la canilla, del barril, del sifón, de la taza, de la bota, del mate, del termo y claro está, de la botella y el botellón.
¿Y qué tomaría? Lo que venga… vino, aguardiente, cerveza, sidra, licor, vodka.

Luego un café cortado, el último cigarrillo del día y a la cama. Y en la cama, a pensar en ella.  Nunca pudo pensar más de cinco minutos en María, el sueño lo vencía hasta el otro día, “Que si no….¡ya vería!”- se decía al despertar y sonreía un poco,  nunca demasiado no fuera cosa que perdiera su estilo hombre serio, para nada.

Después de varios bostezos frente al espejo del baño, daba inicio a la rutina. Que la ducha, el desayuno, el periódico y el nudo de la corbata. Que mirar la agenda, que tachar lo hecho, “Y lo hecho, hecho está” -decía- “Y lo por hacer, se verá”
Y así la vida, a José Ernesto se le iba pasando de mes en mes, de año en año. Ya pronto los cuarenta y cinco.
-Aún no los cumplí, soy de Escorpio, así que ojo eh –agregaba cada vez que alguien le preguntaba por su edad. Y si la siguiente pregunta hacía referencia al estado civil, decía muy convencido

-Solterito y sin ningún apuro. ¿Mujeres? ¡Me sobran!- a continuación hacía un recorrido por los nombres de las que habiendo sido algo, ya no eran ni recuerdo.
Los domingos a la casa de la madre. Eso era religioso y como dogma de fe, no se discute ni se posterga.  Luego del almuerzo y del té digestivo entre comentarios intrascendentes, tres horitas de siesta y por despedida la misma frase dicha con el mismo tono entre besos en la frente
-Hasta el domingo mami, sí te llamo.
Ese domingo, regresaba caminando al barrio.  Un poco pesado, algo le había caído mal…”Debo empezar la dieta”, se dijo. Y levantando la vista vio cómo una bandada de golondrinas pasaba en formación hacia su derecha, luego haciendo un círculo gigante regresaron rumbo a la izquierda. Varias veces observó que se repetía el fenómeno mientras su marcha se hacía más lenta hasta que se detuvo.
-¿Qué estará pasando? -pronunció en voz alta la frase ahogada por el dolor de estómago.
En ese instante, la luz cobró intensidad hasta abarcarlo todo, hasta dejarlo en luz absoluta y el silencio se hizo cargo del espacio.
Sintió frío. Nada más.
“Mañana, cuando despierte, voy a decirle a María lo mucho que deseo tenerla entre mis brazos, sí eso haré”
-¡Vengan, vengan! ¡Es José Ernesto el del 5º A!- le pareció escuchar y mientras miraba zapatillas de niños que se acercaban, vio rodar una pelota hasta su mano. Cerró los ojos.

V C

Reeditado en Octubre, domingo 12 de 2008