El unísono de violines jugaba con el resto de la orquesta perdiéndose ante el arribo de clarinetes y flautas.
Los platillos y la estridencia de un solo golpe del tambor mayor se hicieron escuchar.
Un sostenido de clarín y él ahí, rodeando su cintura entre sedas y la piel fragante de la mujer que lo envolvía como la música.
Abrieron el baile de egresados con la destreza de dos profesionales.
Él alto, apuesto, erguido y ella mujer bellísima, sonriéndose entre el magnífico vals.
La pista se convirtió en un ir y venir colorido y armonioso. Los giros y balanceos no se interrumpieron mientras los aplausos celebraban a nuestros hijos.
El resto se les sumó con segundos de diferencia. Las cinco primeras parejas formaron el círculo central, las diez siguientes los rodeó en otro. Ampliado el centro, los que iniciaron tomaron el lugar protagónico marcando los pasos al ritmo de la música fantástica. Ofrecieron el mejor espectáculo que pudimos haber imaginado.
La emoción fue mayor que la pretendida compostura. Lloré conmovida ante la ausencia del adolescente que en cada movimiento, se iba perdiendo para mostrar al hombre.
Mi hijo menor egresaba.
Este pequeño que tanta batalla me diera, el irresponsable desinteresado de años atrás, este día flamante Ingeniero, guiaba al resto con su novia entre los brazos.
Liviano parecía el cuerpo inmenso del muchacho de traje negro. Ella lo seguía con natural gracia.
Tantas imágenes preciosas fueron plasmadas por cámaras y filmadoras. En ninguna de las que luego miré, pude encontrar las que mis ojos habían rescatado.
Uno de los giros favoreció la posición, mi hijo me buscó entre los de primera fila. Su sonrisa fugaz incluyó la complicidad de un guiño.
Tomé el gesto del aire y lo guardé como uno de mis más preciados recuerdos.
Es una de las fotografías que saca mi memoria cada tanto, cuando el ambiente se pone denso o me hace enojar con otra de las suyas.
Viviana Comerón



Comentarios recientes