El pueblo en medio de la nada era como todos los de campo, rutinario y silencioso. Mucha naturaleza pero aburrido.
Dos escuelas, una fábrica de queso, las vías del ferrocarril cerca de la plaza de tres hamacas y un tobogán. Jardines floridos y gallinas orondas por la vereda. Los caminos de tierra y esos cercos pintados de todos colores para terminar los restos de pintura.
El almacén general en una esquina, Venga y vea, Ud. encuentra lo que quiera. En la otra, apenas una cuadra a la derecha, la Farmacia “El Amaneciente”.
Afuera, alguna vaca aburrida de pastorear, varios caballos sueltos y una veintena de perros de nadie. Dormidos, quietos o ladrando pájaros.
Los niños jugando con cualquier cosa que pareciera un revolver, un barco, trompo, bolitas, rayuela, sogas y a saltar.
Juan nunca dormía siesta. Vagabundeaba. Los otros a la cama y chito. Pero él, pescaba con una rama y el hilo sisal colgando, carne en el anzuelo, lombriz o nada. El arroyo quedaba a poco de la verdulería de su abuelo. Llevaba una bolsa de mandarinas y una lata vacía.
-Se divierte barato, déjenlo ¿a quién molesta?, decía el abuelo recostado en el sillón de mimbre.
-¿Me acompaña Nono? Dele, no hace calor, ni hay mosquitos le juro, no hay. Venga conmigo…dele Nono.
Nunca iba desde hacía rato, igual se dejaba rogar.
Un día el abuelo de Juan murió.
Lo encontraron en el mismo sillón de siempre como dormido, pero muerto.
El velorio duró tres días, correspondía entonces.
Todos fueron, el viejo era buen amigo y querido.
Con ramitos de geranios, algunas margaritas y pocas rosas se llenó de olor a flores el dormitorio.
Mal la cosa. No le gustó nada enterarse que la muerte también le llega a los seres que uno quiere.
Sin decir palabra, lloró quedo y sostenido. De vez en cuando, respiraba profundo para tragarse los mocos y seguir llorando al viejo que le contaba cuentos a la noche. Recordó la merienda, el viaje en carro al pueblo grande. El primer barrilete, la práctica de goles en el descampado. El abuelo hacía todo bien, por eso lo imitaba hasta en los eructos.
-No, no quiero- Contestó a la oferta de pastelitos que le ofreció la vecina con cara de circunstancia.
Y le llegó el tiempo de pañuelo a la manga del saco. Por fin, extenuado, sentado en el piso frío se durmió unas horas. Se despertaba de a ratos, podía verle asomar la nariz al Nono envuelto en puntillas. Para acercarse no le alcanzó el coraje, pero él lo veló los tres días sin aflojar.
Cuando llegó el momento de ir a la capilla, fue a peinarse.
Lavó su cara trigueña y vio al Nono en el espejo.
Se frotó los ojos. El rostro seguía puesto en medio del óvalo con marco de madera.
-¿Sos vos Abuelo?- dijo temblando a la imagen tan querida.
- Claro, soy yo. No llores, ni pienso irme. Serenidad amigo. El abuelo se queda con usté ¿sabe? Deje de llorarme. ¿No escucha que le hablo? Ya me llevan, pero le propongo algo…
-¿Qué cosa?, dijo entre sollozos.
-¿Qué le parece si nos encontramos en el arroyo? No vayamos al cementerio, lo invito a pescar.
Y salió Juan del baño bien peinado con los ojos chiquitos, rojos.
Con la ramacaña, tarro y pantalón arremangado, pasó delante de todos.
-¿A dónde vas nene?, dijo su madre.
Salió de la casa sin responder. Lo llamaban, él ni se dio vuelta.
Sus patitas de palo sabían correr muy bien. Esa tarde parecían volar.
El abuelo iba a la par, flotando.
Viviana Comerón

Hermana… qué cosas lindas escribis! (a falta de otra palabra que describa lo que estoy sintiendo) ¡cuánto desearía en estos momentos verla asi a mamá!
¿No serás mi abuela nena?
Gracias por tus comentarios, me encanta encontrarte aquí entre mis palabras queridas.
Lamento no poder complacerte con el deseo.
Te quiero Adri (y lo publico ¿ves?)
Vivi
Hermosa historia, y qué bien contada!!!! Realmente excelente amiga, te refelicito!!!
Abrazote
Diana
Vos y yo (y tantos otros, por suerte) sabemos que parte de este cuento, es posible.
La cosa es sacar el Niño que llevamos dentro, para ponerle Fe y “salir de pesca”
Otro abrazo,
Vivi