Puedo usarlo como el más gráfico de los contadores. Como a un libro íntimo al que nadie tiene acceso porque aún expuesto en el centro de la sala, permanece oculto a toda suspicacia. Soy quien interpreta los movimientos de cada pieza y conoce a los personajes.
En el tablero de ajedrez de mi vida pondré en primer lugar la pieza que me representa, un Rey o la misma Reina. Claro que elijo el mayor rango, ni lo dudo, es mi tablero, mi puesta en escena -la tuya también-
Para los demás, elijo cada pieza a la que daré el nombre que yo decida, estará a tantos casilleros como los que en la realidad ocupa esa persona en mi vida.
Veo con asombro, a cuántos de ellos debería poner en la misma casilla del Rey…o Reina. Otros cerca, junto, delante, atrás, según sea el significado que doy a cada una de las intervenciones que tienen en mis días o han tenido en tiempo no muy distante. Y sigo acomodando. Cambio el color para mis enemigos declarados.
No hay forma de evadirlos. Ellos con más razón, tienen que figurar entre los que juegan. Esos se acercan a mí o se alejen, confundiéndose entre los unos y los otros.
A veces el tablero está cubierto con todas las piezas del juego, completo.
Otras, desierto. Nadie o pocos, ni enemigos. Solo.
Resulta interesante y aunque no deja de ser un juego, muchas veces compruebo que siempre cuento con los mismos personajes cerca, inamovibles.
Siempre me asombra que los del supuesto bando enemigo son los que con sus movimientos, dejan al descubierto a los mismos que pensé prójimos, perdón, próximos.
Y reconsidero comenzar el juego tantas veces. Todas las que sean necesarias con iguales, distintos, más o menos personajes.
Ni jaque ni tablas.
Juego eterno.



Comentarios recientes