Lo esperaba siempre sentada en el umbral de mármol del edificio de departamentos, Cabezón al dos mil, Villa Pueyrredón.
Antes me daba el gran baño de la tarde con la bañera hasta la mitad de agua humeante que lo dejaba todo en bruma. Entrábamos muy bien con mi muñeca de plástico duro, la jirafa que de tanto baño siempre chorreaba agua (la que mi mamá no me dejó meter más en la cama) y algún bloque de Mis ladrillos, de los azules mejor, porque dejaban el agua celeste…En el borde y funcionando, una calesita de hojalata pintada como un colectivo llena de firuletes que al darle cuerda, giraba haciendo música de lata.
Luego tomaba el tazón de matecocido con galletitas fideitos para mojar y salía corriendo por el corredor “Por eso se llama corredor”, decía a mi mamá cuando ella gritaba “No corras”.
Y lo esperaba.
A veces iba a la puerta con las figuritas alemanas las de brillantitos…eran espectaculares. Tenía una colección de flores, ángeles, nenitas en hamacas, todas en un libro de cuentos que se llamaba Corazón -redifícil pero bueno, a él le gustaba-
Cuando ya se estaba haciendo casi de noche, después que había pasado el Sr.Jaime, el papá de mi amiga Ana. Luego que entraba el fotógrafo que me regalaba los carreteles negros de metal, el único que tenía perro y jardín en el edificio…Recién entonces escuchaba el silbato del tren, era él.
Y lo veía llegar hacia mí con el diario doblado bajo el brazo, a veces el sobretodo también le colgaba del mismo lado de la pared. Yo miraba si traía paquete en la otra mano. Me ponía de pie.
Era nuestra rutina de todos los días, aunque lloviera. Si era así, yo esperaba detrás de la puerta doble de vidrios y esos días no podía recibir el abrazo a la carrera.
Eso del abrazo a la carrera, era perfecto.
Lo hicimos tantas veces que él decía que ya parecíamos de circo. Se reía mientras me llenaba la cara de muchos besos con un poco de raspadita, porque a esa hora ya tenía barba y yo giraba por los aires mientras me sujetaba con el brazo izquierdo, así de fuerte y yo volaba y reía…Era tan inmenso.
Cuando cumplí los diez ya no estuvo más en casa y cuando se llevó hasta la última ropa del placard, me enfermé. Luego se fue para siempre. Ya no pude encontrarlo en ningún lugar entonces sí, creí enfermar de gravedad.
Luego me curé. Las tristezas se curan aunque parezcan eternas mientras se sufren.
Pero reconozco que es el único hombre que jamás olvido. Es del único que hasta recuerdo el perfume, el tono de voz, la textura de sus manos, la carcajada exagerada.
A veces, sueño que hablamos por teléfono y vuelvo a escucharlo. Y si algún tren hace sonar su silbato, regresan mis imágenes de niña y hasta me dan ganas de pararme en una puerta, cerca de una vereda, para esperarlo.
Viviana Comerón
jun 21st, 2007 by sentires Edit



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