Casi llueve todo el día

28 12 2007

A veces como hoy, ilusiono que te acercas y me abrazas, contienes mis estados, unos  tristes otros en silencio, otros en nada. Y motivas a que ría, me amas y te amo.
A veces cuando el cielo se hace lila rosa, gris y abusa de marrones y violáceos, como hoy, te pienso y sueño.

Te añoro y quiero un poco más de aquellos tiempos que no regresan o tardan.
Espero y sueño que llegan. Estás.
Falta para que te vayas y río como niña y me acaricias.
Te beso un beso largo. Dura una corta eternidad, se hace profundo se adentra.
Quiero otro.
Aunque todo es ilusión, adoro ilusionarme.

Porque sé que pensándote me piensas donde estés.
Te pienso. Casi llueve ¿ves?

VC





El golpe

26 12 2007

Dejé la bici de mi amigo y como si nada fuera, entré por el corredor de la casa. Calladita la boca.
Era una mañana de primavera soleada y fresca. Mamá me dejó salir a la vereda porque todos los chicos estaban allí -él también-
La calle Cabezón se veía tranquila. Villa Pueyrredón en ese entonces, era una zona arbolada de casas bajas estilo inglés; barrio de ferroviarios de los que alguno queda.

A tres cuadras de la estación podía escucharse muy bien el silbato del tren advirtiendo su paso. Una de las cuadras cerradas daba a las vías y tenía por cerco unas chapas gruesas de ferrocarril con los bordes doblados para adentro, rectangulares y clavadas en la tierra. Nunca transgredimos las aberturas entre una y otra, porque estaba totalmente prohibido por los padres. El tren no perdona, decían.
A Juan le habían regalado una bicicleta. Juan era el más grande, alto y fuerte, su cabello negro lleno de rulos bien dibujados, caía apenas sobre la frente y los ojos marrones enormes eran enmarcados por pestañas que parecían más de jirafa que de persona, él me pestañeaba a propósito seguro ¡Cómo me gustaba!

Siempre se reía de todo –y de todos- pero no de mí porque un día me hizo llorar y de ahí nunca más se rió (menos porque era chiquita y usaba vestidos almidonados y dos trenzas con moño, yo odiaba ese peinado estúpido)

El tenía como once y yo cinco, pero eso qué importaba ¿no?
Todos los del barrio hicieron la fila. Yo miraba sentada en el umbral de la casa de departamentos. Juan dijo,

-Vos también -y me hizo seña con la mano para que me ponga. Me puse.
-Una vuelta manzana y listo eh -decía a cada uno de los que iban subiendo.

Así fue como me tocó el turno. Claro que yo nunca anduve en nada, menos en bici. Pero ya sabía, porque como estuve mirándolos y era la última de la fila…ya sabía. Más seguridad me dio el escuchar a esa Susana que decía,

-No la dejes Juan, es muy chiquita- y el pobre Juan para que yo no me enoje agregó

-Sí ella sabe ¿no Vivi?

-Claro que sé -respondí airosa y entonces él soltó la bici que tenía agarrada del puño negro para entregármela. Era pesada.
Puse el derecho en el pedal. Tuve que hacer fuerza para que avance y listo…”Falta el otro y ya sale la bici” pero patinó mi pie derecho y el caño del medio me pegó justito.
Me dolió tanto que se llenó mi boca de saliva porque no podía llorar ante el “Uuuy…se mató” que alguno dijo y todos corrieron, Juan el primero.
Me sostuvo la bici que intentaba dejar en el piso,

-¿Te duele? -lo dijo bajito con tono apenado.

No podía caminar pero negué con la cabeza y entré por el larguísimo pasillo de mi casa hasta que cuando estuve frente a mi mami, lloré con todas las lágrimas y la boca bien bien abierta abrazándola tan fuerte, violeta de ahogo.
Lloré el dolor, el bochorno y la bronca de ser tan chiquita y tan tonta.
Viviana Comerón
24 de junio de 2007- Sentires-





Navidad

24 12 2007

Siempre me pareció la más hermosa de las fiestas, ni en Reyes me conmovía tanto y eso que los Reyes venían hasta con camellos…Pero no, mejor era la Navidad.
Desde muchos días -tal vez dos pero para los niños de antes las horas eran eternas- mi mamá preparaba la casa para recibir al Niño Jesús. Todo se decoraba, los ventanales, rincones, mesas…plantas.
El pino central, desde el 8 de diciembre estaba en pose. Erguido como soldado prusiano mostraba orgulloso sus ramas extendidas en medio del jardín prendiendo y apagando en verdes, azules, rojos y alguna amarilla. Las que siempre se quemaban eran las blancas, justo las comunes, por eso poníamos pocas blancas.
Con mis hermanos ayudábamos, pero en realidad todo lo hacía ella. Angelitos en plateado y dorado se daban la mano con la destreza de su tijera. Me asombraba la facilidad con la que ponía buen gusto en cada detalle que luego colgaba de las ventanas con muérdago y alguna bolita de color, ésas de vidrio finito que cuando se rompían (siempre) generaba nuestra exclamación de pena “Ahhhh, otra menos”
Mi casa se convertía en una panadería. Mamá hacía el pan dulce más rico que jamás comí, le ponía tantas ganas que claro, salía perfecto. Como los regalos para todos, muchos, chiquitos y grandes paquetes que nos aguardaban prolijos hasta el ataque de las doce y un minuto…Con tarjetas o sin ellas, cuando ya habíamos ensuciado toda nuestra ropa, cuando los peinados impecables pasaban a ser mechas desprolijas …Y cuando mi hermano, harto de explotar rompeportones y tirar cañitas al cielo, abrazaba a cada uno con olor a pólvora y la camisa fuera del pantalón… Perdíamos la compostura y solemnidad conservada durante la cena para revolcarnos a jugar con muñecas, ositos y trenes de madera…Alguna vez una bici amarilla, otra vez un perfume importado un anillo un libro un vestido… Crecimos.  Dejamos al pequeño sabandija, perdimos la frescura.
Pero algunas cosas no se fueron tan lejos. Los mejores momentos de nuestras vidas siguen vivos, están presente si los evocamos y regresando se hacen de colores, sabores y perfumes, resucitan nos acunan, cantan ríen y con ellos reímos también.
Nos hacen mejores, nos llenan de amor.

Fragantes rincones de jazmines y esencia de azahar que guardé en mi memoria…Hoy dejo escapar un poco de ellos para compartir con Uds. quienes me han acompañado todo este tiempo hasta nuestra primera Navidad Juntos.
Estoy Celebrando, amigos invisibles.
Sin saberlo,  ustedes me convocaron muchas veces en el día de cada día en uno de los momentos más difíciles de mi vida…Y me han ayudado a sacar de mí, lo mejor, lo más preciado…Tal vez hasta le podríamos llamar Amor, que más vale, cuanto más incondicional se siente.
Por éstas cosas y más, levanto mi copa y brindo poniendo en el gesto los mejores deseos para nuestras Vidas.

Un beso agradecido,
Viviana

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La Totalidad -Tarot de Osho-

19 12 2007

40.jpgMira para adentro y ve si estás entero. Las tijeras son como la mente. Cortan, dividen. La aguja es como el amor: junta, repara lo que está roto. Abre tu corazón al amor, y el amor te hará uno y entero.

Se cuenta sobre la vida de un gran místico Sufi, Farid, que un rey fue a verlo. Le llevó un regalo: un hermoso par de tijeras de oro, con diamantes incrustados, muy valioso, muy original, algo único. Trajo estas tijeras para obsequiárselas a Farid. Tocó los pies de Farid y le dio las tijeras. Farid las tomó, las miró y se las devolvió al rey diciéndole: “Señor, muchas, muchísimas gracias por el regalo que has traído. Es algo hermoso, pero completamente inútil para mí. Será mejor si me puedes obsequiar una aguja. No necesito tijeras, una aguja me servirá”.

El rey dijo: “No entiendo. Si necesitas una aguja, necesitarás también tijeras”.

Farid dijo: “No necesito tijeras porque las tijeras separan las cosas al cortarlas. En cambio, sí necesito una aguja, porque la aguja junta las cosas. Yo enseño acerca del amor. Toda mi enseñanza se basa en el amor, juntar cosas, enseñar a la gente acerca de la comunión. Necesito una aguja para juntar a la gente. Las tijeras son inútiles, cortan, desconectan. La próxima vez que vengas, una simple aguja será suficiente”.
Unio Mystica
Vol. 2, pp. 217-218





El Hombre de negro

17 12 2007

Nunca supimos cómo lo logró, ni por qué eligió el final del invierno. Lo cierto es que dicen que remontando vuelo dejó la tierra y no volvimos a verlo.
El hombre era taciturno, no hablaba con nadie en el barrio, apenas un gesto con la cabeza insinuaba la respuesta al saludo que como era costumbre le dirigían los gentiles vecinos.
Lo mirábamos pasar con mis hermanos, los tres pegados a la ventana del living los días helados de invierno.

El señor era muy alto y delgado. Usaba un sobretodo negro largo hasta los tobillos, botas de cuero, pantalón gris y polera de lana blanca. Una bufanda escocesa verde, negra y amarilla que le envolvía el cuello y la boina ladeada, le daban cierto aire de extranjero.
Siempre iba con un libro diferente en la mano, lo balanceaba con el mismo ritmo que sus brazos marcaban la marcha. Parecía desfilar, nos daba risa porque a esa edad cualquier cosa nos causaba gracia.
Pero con este hombre, la cosa era diferente. Nos reíamos escondiendo la cara, no sea que fuera a vernos, un poco de respeto o temor generaba el Señor de quien nunca supimos el nombre porque no nos atrevimos a entablar conversación -tampoco él daba lugar, para qué negarlo-
Vivía en una casa sencilla frente a la nuestra. Tenía jardín y terraza. A toda hora se veía un perro negro….Del animal, solo sabíamos que era un labrador y de los más grandes. Nunca ladraba, parado en la verja del jardín o entre los hierros que hacían de balcón de la terraza, nos miraba atento como vigilándonos.
Un día vimos que el hombre entraba y salía de la casa con paquetes, haciendo varios viajes en término de pocas horas. Para enterarnos de las novedades, montamos guardia los tres. Imaginábamos tantos disparates con el pobre objetivo en la mira…pero nunca pudimos confirmar ni uno solo de los argumentos que inventamos.
Al día siguiente, telas de colores flameaban en su jardín. El perro echado seguía los movimientos de su amo sin acercarse al traperío,”Lo tiene muy bien adiestrado”, comentábamos “¿Se imaginan qué haría nuestro perro salchicha entre esas telas agitadas por el viento?”.
Por la tarde, un flete le llevó el canasto enorme. Era tan grande que debieron pasarlo por encima del cerco. Lamentamos que fuera muy tupido el ligustro, no permitía ver los detalles “¿Y si vamos?” -dijo mi hermano -Total, ¿qué nos puede decir?”
-Vuelvan a su casa niños, no sean entrometidos- Fue la respuesta que recibimos con marcado acento de otro lado.
Regresamos desilusionados. No vimos más, ni supimos qué tramaba. Eso sí, nos enteramos que el hombre no era mudo y posiblemente germano aunque mi hermano dijo que su acento era francés.
Aburridos de mirar al vecino y obligados por el reto de papá, abandonamos el ventanal. Al fin, que ya estábamos cansados del vidrio helado en donde apoyábamos las narices.
Nunca nos perdonaríamos luego,  el no haber resistido en esa posición.
Cuando llegó la primavera, nos dimos cuenta que el Señor de la esquina no pasaba por nuestra vereda,  ni por la suya. Las ventanas de la casa permanecían cerradas, el perro no estaba y los pastos del jardín habían crecido tan alto que se confundían con el cerco.

Se comentó que una noche serena, al final de ese invierno, tres hombres vieron elevarse un canasto enorme. Dijeron que telas livianas traslucían fuego que parpadeaba en el centro .

De la versión, los mayores detalles estaban puestos en el ladrido de un perro. Aseguraron que provenía del cielo.

Viviana Comerón

Junio 26 de 2007 -Sentires-