Comprobación

29 07 2008

-¿Y por qué no?
-Porque es peligroso, ya te dije.
-¿Y qué me puede pasar?
-Te podés fracturar o algo peor.
-¿Como qué?
-Te matás.
-¿Y?
-¿Te parece poco?
-¿Qué? ¿Me muero?
-Claro. Si te matás, morís.
-¿Y eso, duele?
-No sé, cuando me muera te cuento.
-¡Papá! ¡Contestame ahora!
-Ya te respondí. No se puede, no hagas eso. Basta.

Se dio vuelta y siguió durmiendo la siesta bajo la media sombra que hacía la lona de la carpa. Mientras, yo pensaba la manera de tirarme desde la rambla, sin golpe, sin dolor. Caer aterrizando sobre la arena. Tenía pensado dar varias volteretas un rato antes de apoyar los pies en tierra. Le dije a mis amigos, los de la carpa catorce,
-Yo puedo volar.
Gritaron en corito, “¡Mentirosa! Mentirosa!”. No me importó, era verdad.

Yo podía volar. Lo sabía desde la casa de mis abuelos en Paso del Rey. Ese domingo, me tiré del galpón y volé. De dos aleteadas llegué al suelo, así que…Podía, estaba segura.
La apuesta consistía en tres helados por semana, hasta finalizar las vacaciones. Helado con cucurucho y bañado en chocolate. Si perdía, nunca más jugarían conmigo en los veranos. Juraron con la mano en cruz en los labios, Ni el saludo de buen día.
Un poco de susto tuve, “Ni el saludo” dijeron. Y la barra era cumplidora.
Considerando lo grave y serio que resultaba volar, si lograba sostenerme en el aire durante cinco minutos darían por hecho que sabía…Eran más de diez metros en esa parte de la costanera.

La gente grande pasaba y miraba, seguía de largo. No había nada de especial en una nena parada en un punto de esa larga hilera de piedras rugosa, Nena en pie sobre la piedra. Otros tanto igual, o apenas más grandecitos, rodeándola en silencio. No daba para reírse ni de nervios.

Abajo varios con sombrillas, las carpas alejadas y un mínimo espacio de arena, esperando.
Respiré profundo, como antes de entrar al agua. Cerré los ojos. Extendí los brazos y sin pensar en nada incliné mi cuerpo para despegarlo de la piedra.
Salté al vacío.
El golpe tardó en llegar, durante la caída me olvidé de agitar los brazos. Recordé la primera vez. ¿Por qué en ese momento tuve y en éste no? Tuve alas, estaba segura.
-¡Tiene alas! – escuché la voz de Ana, mi amiga mejor.
La señora de malla verde corrió a levantarme, el hombre de sombrero de paja también.
Me sacudí la arena, ni una lágrima, ni un moretón.

Todos los grandes hicieron las cosas de gente grande, se llevaron las manos a la cabeza, unos corrieron otros miraron a un lado y otro buscando a los padres de la criatura.

Mis amigos bajaron corriendo las escaleras y en un momento estuvieron a mi lado.

Yo estaba bien, un poco mareada. Nada más. Cierto que me dolía todo el cuerpo. Y que no pude planear como aeroplano.
Mis amigos dijeron que sí.
Comí varios cucuruchos, hasta que les confesé,

-No pude chicos, ni una vez moví los brazos, caí en picada ¿No vieron?

Ellos hasta hoy, insisten . Dicen que volé porque vieron mis dos enormes alas blancas agitándose, por eso no me quitaron el saludo. Nunca aceptaron que había perdido la apuesta.

Suerte que desde ese momento, quedé bien segura. No sabía volar, ni tenía alas.

V.C.
Reedición
Sentires -20 de septiembre de 2007-

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Ana

18 07 2008

na
18/07/2008

Era hija de padres judíos, ella nacida en Argentina como yo y vivíamos en el mismo edificio.

Su mamá se llamaba Doña Pola y el papá Don Jaime. También mi amiga tenía una hermana, Hilda, muy bonita. Don Jaime era dueño de una mueblería, Hilda lo ayudaba con la contabilidad y esas cosas.
La mamá Doña Pola, me quería mucho, yo también a ella. Me encantaba hablar con esa mujer porque todas las palabras las pronunciaba mal, ella permitía que nos riéramos juntas de la gracia, además se dejaba corregir por una niñita de cuatro años, más no tenía en ese entonces.
Ana, mi amiga era muy gordita y yo delgada como un palo de escoba, ella era tranquila y buena. Yo nerviosa y mala. La mordía.
Decía Doña Pola a mi mamá, “Doña Nelly, esta nena suya está poquito nerviosa creo, mire cómo dejó la pierna de mi hijita Anita ¿ve?”
Y ahí mi madre me volaba el soplamoco gritando “Qué barbaridad”
Nunca escarmentaba, lo hacía de nuevo ni bien la tenía cerca. Era porque me llamaba la atención su gran piernota a diferencia de mis huesitos que eran como de pata de pollo. Luego le pedía disculpas. Siempre me perdonaba.
Anita iba a una escuela pública y yo a una privada inglesa. Luego las dos fuimos a la misma escuela que no se pagaba ni se usaba uniforme verde.
También hubieron problemas con las cuentas porque ella las sabía hacer todas y yo no.
Me dejaba copiar hasta que lo descubrió la señorita esa más mala que una bruja.
Todo porque le copie los resultados y me olvidé de escribir los restos (esos que va en barranquita debajo de las cuentas de dividir) Bah, tanto escándalo porque le dije que yo ya me sabía los restos y por eso no me hacía falta ponerlos.
El escándalo lo hizo mi papá porque ella me dijo “Mocosa irrespetuosa”
No me pegó, tuve de regalo una lapicera tintinculin con la promesa de no volver a copiar las cuentas, ni tampoco morder ni levantar el hombro en vez de decir Qué me importa. Debía aprender las tablas de multiplicar todas todas (Ana me ayudó) Tampoco podía empujar a los chicos en la escalera, ni sacudirles la lapicera en el guardapolvo, ni comerle el alfajor a mi compañera de banco, ni burlarme del chico tartamudo.

Bueno, todo eso a cambio de la tintinculin. Ya no sabía si la quería tanto pero, acepté el pacto. Dijo mi papá eso, “Es un pacto” y me estrechó la manito en su manota.
Doña Pola nos contaba a la hora de la leche, de cuando ella estuvo en un campo de concentración. También nos contó que sus padres murieron allí y que ella se escapó en un camión tapada de basura. Yo lloré. Anita también.
Mami dijo luego que mejor tomar la leche en casa. Pero yo siempre le pedía a doña Pola que me contara otra vez esa historia. Recuerdo que la miraba con ojos enormes mientras ella hablaba con la vista perdida en la pared. Luego, hacía un silencio y decía “Bueno queridita, anda juega con Anita pero no muerdas eh”
Y termino de escribir esto que no es cuento y pienso que recordé la historia, porque el Domingo es el día del Amigo y Ana fue la primera que tuve y no la olvido, porque además de mordiscones, nos dimos muchas horas de juego inocente en los años felices.
Y justo hoy, me acuerdo tanto de su mamá Pola justo hoy, 18 de julio.
Y un poco lloro otra vez, pero de bronca.

V.C





Querido amigo mío

18 07 2008

Escondido en mi soledad te pienso.
Gracias por la sonrisa.
Abro el vino para servirte el
brindis de los deseos buenos.

Saciaras mi hambre y habrán abrazos
que darán de comer también al alma.

Y dirán los gestos lo que no pueden las palabras,
¿Como resumir los sentimientos, una caricia , una palabra
y un beso necesario en el momento exacto?

Abrís la puerta de tu casa que es un infinito vasto .
Descanso y juego, patio para jugar con el espíritu.
Te cuento lo que me esta pasando.

Tantos años. tu mirada esta igual.
Tanta vida, hay canas.
Pero en algún lado están agazapados dos
niños asustados, tanta vida había por delante,
y hoy ya ves, hasta acá hemos llegado.

Quien lo diría amigo mío, tenemos la edad
que nunca imaginamos.
La amistad fue fuego y no hay
ni habrá manera de apagarla.

Hugo Zimmerman

Posteado en LN 18/07/08





Querida amiga mía

18 07 2008

Tantas veces me plantearon tus ojos reconsiderar nuestra amistad bienavenida,
Otras tantas tu perfume calido y tus curvas pronunciadas.
Tuve que soslayar el te quiero mucho, para no caer en la trampa del destino. Quiero decir considerar y reconsiderar el masculino, femenino y aceptarte como un amigo con t etas rebuenas. .
Tus lagrimas son un mundo aparte que me inundan las defensas y barreras y a veces me sucede que te extraño cuando estoy con ella.
Entonces venis a mi encuentro a contarme lo que te paso con el fulano, y lo loca que te tiene mengano. Y lo corta que te queda la pollera que casi se ve tu entrepierna.
Y apoyas tu mano, y ¿por que no me masajeas un rato?, y ¿por que no te servis algo?.
Y cuando creo que el salvoconducto esta librado, cuando quiero jugarme a terminar esta amistad imposible, suena el timbre y es Ramiro que pasa a buscarte, o Fernando que te esta llamando, o Enrique que suena el claxon. Y entonces vos invariablemente me decís –Vuelvo en un rato- y entonces puede suceder que me quede una hora o tres días esperando.

Hugo Zimmerman

Posteado en LN 18/07(08





Un día de las Madres

10 07 2008

Lo amó tanto como cualquier madre ama a su hijo, bueno, más…mucho más, lo amó entrañable y enceguecida. Lo amó hasta olvidarse de sí misma, Lo Amó.
El nene creció, la madre siguió amándole. Todo lo dio por él, su salud su tranquilidad el bienestar, su condición femenina, su belleza, en fin.
Cuando el niño se hizo hombre, se enamoró de una despiadada mujerzuela que para confirmar el amor que él decía sentir, le exigió una prueba cruel:
Pidió que le llevara el corazón de su madre, de la misma mujer que todo lo diera por él.
Bueno, fue y le sacó el corazón sin pedir permiso ni dar explicaciones, entró y lo tomó.
Corría por calles húmedas una noche fria y lluviosa de invierno. El corazón que llevaba en la mano, rodó por el empedrado junto con el muchacho y desde el suelo se escuchó la voz de la madre diciéndole:
-Hijo, ¿te has hecho daño?

El coro detrás comenzaba con la canción “Madre” al tiempo que la monja entre bambalinas me hacía señas para que saliera de escena, que regresara a mi puesto (detrás de las contralto) Como si no la viera, yo seguía tirada en el piso con cara de desgraciada, la mano tendida hacia el hijo caído en el empedrado y a mi lado, inerte, un bollo de tela con forma de corazón empapada en anilina roja que nos dejó a los dos las manos efecto sangre.
Mi amigo – el que hizo de hijo desalmado- tampoco se puso de pié, viendo que su compañera seguía en la misma posición. Yo hacía de la madre sacrosanta que en lugar de reventar al mal bicho con un rayo, tenía que preguntarle: “Hijo, ¿te has hecho daño?”
Teatralizamos la canción dramática de no sé qué autor de varios siglos atrás. Ensayamos cien veces cada movimiento. El coro debía comenzar a cantar con mi última palabra “…daño?”
Nada, no dije la frase. Ya les había anunciado que a ese canalla de hijo nunca le preguntaría si se había hecho daño, de ninguna manera. La monja no me creyó. Yo cumplí.
Entonces la profe de música, que era una artista frente al piano, con un movimiento exagerado de cabeza le dio entrada al coro y todas mis compañeras cantaron a tres voces….“Madre sono tanto felicce cuando ritorno da te…”
Las madres en el auditorio, entendieron el mensaje y lloraron desconsoladas aplaudiendo frenéticas.
Yo saludé de la mano de mi hijo, doblando la cintura hasta tocar los pies con la frente.
La monja cumplió con su amenaza: me llevé Religión a marzo.

V.C.

Sobre consigna ”Quiso amarlo más que a nadie y él/ella le devolvió el corazón roto”