Que la inspiración nos llega de madrugada en medio de una lluvia torrencial, nosotros adentro y ella afuera, claro.
Y comenzamos una historia ni tan cuento ni tan cierta.
Él dijo que podríamos hacerlo y bueno, al fin logramos la salida prometida.
Ni fue Grecia ni la Biblioteca estilo inglés de nuestra propiedad, con la que soñamos casi en disparate -seguiremos haciéndolo-
Nada de eso.
Un sencillo borde al mar argentino.
Del Hotel, fantástico, porque lo hallamos de casualidad –que no existe- nos separaba la playa y una mínima avenida también de arena. Desde la ventana del cuarto, pudimos disfrutar el nacimiento del sol, su esplendor y ocaso.
Una mañana le rendí culto como Shu Ka lo hiciera y Ra respondió permitiéndome mirarle a los ojos.
Sí, un fenómeno especial, cual eclipse, hizo que quedara encendido en el centro y opacado en los bordes, pude verlo si lastimarme.
Le agradecí. Luego volvió a su normal encandilamiento. Se hizo de oro y fuego.
Esta parte es el nocuento que hasta ahora no te conté:
En los buenos días que usamos para hacerlos nuestra historia, el Sol entró un rato al cuarto para jugar conmigo.
Las olas oficiaron de cortejo entre desordenados movimientos, el viento se hizo brisa dejando quieta la arena.
Y vos, mí querido, dormías placidamente. Sentí frio. Te abracé.



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