Querer amar, poder odiar
Posteado en De los Dioses sobre Abril 24, 2008 por sentiresMi boca se abrió enorme, como gruta tenebrosa de la que asomaban serpientes y monstruos horribles, tanto como los insultos que lanzaba, más que fuego y lava, más dolorosos que piedras a la cara.
Comprendí entonces cuánto odio había acumulado en esos días, qué clase de hiel fue envenenando mi alma. Un demonio se había apoderado del cuerpo que creía mío. En ese momento, no podía pronunciar ninguna palabra coherente. Salían de mi boca insultos atroces. Nunca me escuché semejantes improperios, fue deleznable, indigno, mediocre, ordinario y a pesar de ello, no resultaba suficiente.
Debía hacer algo más fuerte, algo que doliera más…Con qué pegarle.
Miraba con cara de loco desquiciado a mi alrededor, buscaba un palo, algo que lastimara con heridas mortales ese cuerpo. Me sentí un niño, el gesto era infantil y un sentimiento de autocompasión me invdió cuando con asombro vi que en mi mano, el deseo, había dejado una espada.
Quería y debía matar a mi Maestro. Al mismo hombre que endiosé al mismo que amé hasta ayer, hoy quería matarlo de segunda muerte, ver rodar su cabeza ante mí… No encontraba forma de perdonarlo ni la buscaba. Debía matarlo. Lo odie tanto como cuando lo amé, así profundamente, sin medida, así lo odié y necesitaba que lo supiera. Desee mirarlo a los ojos, adentro mismo de sus ojos celestes, tan sencillamente amorosos como ahora me resultaban fríos y crueles.
“Es por eso que te busqué. Crucé el valle de muertos sólo para encontrarte, hice todo el camino gritando tu nombre y traje conmigo esta espada que ves para clavarte en ella por traidor, ruin y miserable. Actuaste sin amor, te burlaste de mi, usaste el poder que te otorgué para endiosarte y desde allí violaste su inocencia, imbécil hombre común que te dejaste hacer dios por tantos como yo, crédulos…idiotas, incapaces”
Desperté de esta pesadilla, agitada, temblorosa. Encendí la luz que ayudó a ubicarme: Estaba en casa. Respiré más pausado, fui reconociendo los cuadros, la cortina, miré mis manos, las restregué una con otra, las pasé por mi cara…Era yo misma, el otro salvaje quedó en mi sueño.
El miedo fue mayor al levantarme. El pie descalzo y sucio de barro que asomó de entre las sábanas, logró despertarme del todo.
-¿Cómo llegó este barro hasta mi cama, cómo? ¿Por dónde he caminado? ¡Dios…mi sueño! En él yo corría descalza.
Era el hombre. Y llevaba una espada en la mano.
V.C
