Muchos días sin agua, los campos sedientos.
Nube de polvo el camino a la mínima brisa. A los lados, cercos de madera y algunos tablones rotos otros tapados por la maleza entre la que asoma se cuelga y desborda una corona de novia florecida, ni una hoja. Planta bonita y perfumada. Nívea aparición que interrumpe la monotonía amarilla de un otoño que ya se va.
El carro avanza lento, un buey tira resignado.
Sosteniendo las cuerdas de tiento áspero Don Gervasio, con pañuelo de barbijo, sombrero negro hasta el tope y guantes de cuero de cordero.
Abrigo no lleva, apenas un chaleco de piel, bombacha de campo que entre mancha y mancha deja asomar el marrón de origen. Botas de caña altas, cerradas con lazo firme a la altura de la rodilla, “Por las dudas se cruce una yarará”, pensaba cada vez que se calzaba.
Difícil caminar con tanto ropaje, “Con picadura de ese bicho, no se camina más…” el viejo entre caña y caña, aconsejaba al que quisiera escuchar y al hijo de Toribio, que lo tenía montado entre ceja y ceja, porque a veces salía a los piques con la moto que le regaló el abuelo, “Un día mata a alguien el chico malcriado y total como es el hijo del Toribio, fue sin querer, ¿Dirán eso? ¡Y sí, seguro!”
“Siempre hay que estarse protegido, aunque vaya en ese caballo suyo que echa ruido. Le dije mientras acomodaba un facón de veinticinco en la rastra”
“Está buena Gervasio, como las de antes. Así tiene mi abuelo”. “Algunas monedas de plata perdió. Reemplacé por esas de ahora, pura chapita ¿Qué valen? Nada, ¿Qué van a valer? Pero a falta de pura plata, vale pura de chapa”
Y se rió otra vez el viejo. Le faltaban cuatro dientes, entre tanta barba ni se notaba.
Salió de sus pensamientos para mirar el horizonte.
Rosa profundo, lila mezclado con algún negro y varias pinceladas amarillas. El carro gira que gira rueda ruidosa, Don Buey no tira, el carro parece andar solo.
-Se me viene la noche. Y este buey viejo, camina más lento que nunca ¡Qué lo tiró!
“Me acercaré a esos arbustos, por ahí no más, entre los matorrales”
Manto de luces el cielo. Don Gervasio se fascina. El viejo tirado en una lona pretendió disfrutar el mejor espectáculo del día, la Noche.
Pero, el Buey acaricia el pasto sin comerlo, y se acostó en el polvo.
-¿Qué le estará pasando a Don Buey? lo noto caliente…A ver, muéstrele la lengua al viejo, ¿No andará empastado? ¿Qué se queja? ¿Duele amigo?
Y el animal emitía un quejido lastimero, suave, ninguna extravagancia.
Para animal, medido el Buey. Sufrido como corresponde a un Buey de pura cepa, de puro castrado…Será eso, nunca un amorío. Debe ser aburrido, vida e’buey.
Le acercó un farol, mojó la testuz como a niño afiebrado. Tiró de la cola, por el empaste, a ver si se le pasaba. Nada. Igual de mal seguía el pobre. Aparecieron los mosquitos, alguna alimaña, una ardilla y tres cuises. Todos de mirones no aportaron buena idea al Gervasio. Se acercó al camino, miró para acá y para allá, “Por ahí alguno se viene, justo pasaba…¡Pero no! ¿Quién se viene para estas oscuridades?”.
“Nosotros Don Buey” Y lo miró desde el camino…el animal tirado.
Ahora se lo veía más, las patas levantadas, el farol inclinado cerca del carro.
El viejo corriendo, se le arrodilla al lado.
-¡Se muere este animal! ¡Qué demonios! ¡Vamos amigo! no me deje solo, tantos años de compañero…Vamos qué le pasa, ¡Déjese e’joder che…!
Nada, que no le contestó nada el animal. Resopló. Un ojo le quedó mirando, redondo, negro. Gervasio lloró sentado al lado de Don Buey.
-Cierre el ojo hermano, cierre. Vaya con el Tata.
Escuchó un concierto de grillos mientras se le sacudía el cuerpo de sollozar calladito y triste. El viejo acariciaba a su compañero aún tibio.
En eso…Alerta.
Ruido al caballo del hijo del Toribio ¿O no más le pareció?
Se acercó al camino otra vez casi corriendo con su chuequear de viejo con botas desatadas y sí.
Como saliendo de una garganta negra…La luz blanca se le venía encima metiendo ruido. Agitó los brazos… “¡Gracias, Dios!”
-¿Qué hace acá Don Gervasio? ¿Lo ayudo con algo?
V.C.