Lo amó tanto como cualquier madre ama a su hijo, bueno, más…mucho más, lo amó entrañable y enceguecida. Lo amó hasta olvidarse de sí misma, Lo Amó.
El nene creció, la madre siguió amándole. Todo lo dio por él, su salud su tranquilidad el bienestar, su condición femenina, su belleza, en fin.
Cuando el niño se hizo hombre, se enamoró de una despiadada mujerzuela que para confirmar el amor que él decía sentir, le exigió una prueba cruel:
Pidió que le llevara el corazón de su madre, de la misma mujer que todo lo diera por él.
Bueno, fue y le sacó el corazón sin pedir permiso ni dar explicaciones, entró y lo tomó.
Corría por calles húmedas una noche fria y lluviosa de invierno. El corazón que llevaba en la mano, rodó por el empedrado junto con el muchacho y desde el suelo se escuchó la voz de la madre diciéndole:
-Hijo, ¿te has hecho daño?
El coro detrás comenzaba con la canción “Madre” al tiempo que la monja entre bambalinas me hacía señas para que saliera de escena, que regresara a mi puesto (detrás de las contralto) Como si no la viera, yo seguía tirada en el piso con cara de desgraciada, la mano tendida hacia el hijo caído en el empedrado y a mi lado, inerte, un bollo de tela con forma de corazón empapada en anilina roja que nos dejó a los dos las manos efecto sangre.
Mi amigo – el que hizo de hijo desalmado- tampoco se puso de pié, viendo que su compañera seguía en la misma posición. Yo hacía de la madre sacrosanta que en lugar de reventar al mal bicho con un rayo, tenía que preguntarle: “Hijo, ¿te has hecho daño?”
Teatralizamos la canción dramática de no sé qué autor de varios siglos atrás. Ensayamos cien veces cada movimiento. El coro debía comenzar a cantar con mi última palabra “…daño?”
Nada, no dije la frase. Ya les había anunciado que a ese canalla de hijo nunca le preguntaría si se había hecho daño, de ninguna manera. La monja no me creyó. Yo cumplí.
Entonces la profe de música, que era una artista frente al piano, con un movimiento exagerado de cabeza le dio entrada al coro y todas mis compañeras cantaron a tres voces….“Madre sono tanto felicce cuando ritorno da te…”
Las madres en el auditorio, entendieron el mensaje y lloraron desconsoladas aplaudiendo frenéticas.
Yo saludé de la mano de mi hijo, doblando la cintura hasta tocar los pies con la frente.
La monja cumplió con su amenaza: me llevé Religión a marzo.
V.C.
Sobre consigna ”Quiso amarlo más que a nadie y él/ella le devolvió el corazón roto”