Marcas
Posteado en Ganar Amores sobre Noviembre 20, 2007 por sentiresPegada a la Cordillera, de ladera a Uspallata, gocé de los nueve meses de mi primer embarazo. Mi hija mayor nacía luego en Buenos Aires un 17 de diciembre de hace tanto…
Caminé por cerros e intenté trepar empinadas laderas de la Precordillera. Jugaba con otros “niños” -como yo- a llegar a la cima, nunca pude, porque mirar para abajo cuando uno sube, no es para cualquiera y siempre miraba para abajo. Es sólo para muy valiente.
Soy cobardona lo admito. Y qué. Para otras cosas, más que valiente, también debo reconocerlo.
Ellos eran mis alumnos de la Escuela de Frontera Nacional Nº 220-
En Uspallata por primera vez, monté un asno, un burro, un caballo arisco, un carro de lechero. Una parva de heno al sol y un sismo grado cuatro.
Pinté cielos de formas maravillosas y disfruté colores que nadie imagina. Admiré las bellezas naturales más extrañas, fui feliz.
Niña madre radiante, gozosa de la vida, el amor y la risa. Confiada mujercita que hacía de la vida un cuento y de un cuento vida. Todos eran buenos, todos sin excepción.
Tuve por mucho tiempo un hermoso frasco de cristal, en él permanecí cómoda, confortable anidada, tibia.
El mundo, afuera.
¿Qué? ¿Hay otro Mundo?
Sí, había.
Mendoza, recién llegados.
Descendimos de un tren fantástico, camarote, restaurante y coche bar -mañanita de sol ardiente, sin aire ni para suspiro- Creo que era un 10 de Enero, no estoy segura.
Hervían las calles enceradas como sus acequias. Un desborde de verdes, de frondosidades y aromas. Viento zonda, dijo uno. Mala cosa. Viejo estúpido, pensé.
Ni un papel en las veredas, flores en las verjas, perfume a verano desconocido, único. Todo me asombró y a la vez me asustaba.
Subimos a un trocha angosta que seguramente ya no existe.
Parecía tren de juguete. Mucha gente en el andén, de toda clase y color. De toda raza y estirpe diferente, con solo verlos se sabía. Unos hablaban entre dientes, otros no tenían dientes. Al subir todos nos juntamos porque no había distingo de clase primera o segunda. Donde se podía, ahí, uno se sentaba y ya. Calladito la boca todo el camino, decían sin decir con gesto resignado, alguno de ellos.
Me miraban de reojo. Yo también a ellos. Y me senté no más. En el asiento de madera, entre gallinas, canastos, bultos de cosas atadas con ropa sucia maloliente.
Ridícula, entre todo esto, yo llevaba un traje de lino blanco, algunas arrugas pero impecablemente blanco -no puedo evitar sentirme mal por la imagen que recuerdo de mí entre esa gente, el tren, la ropa- Las sensaciones se repiten frescas.
Miré parte del recorrido por la ventanilla pequeña. La expresión, desorbitada.
Tantos colores y formas de las piedras armadas como al descuido por la naturaleza, eran esculturas para mis ojos. Verde, amarillo ocre, sepia…Cuántos, Cómo tantos, me dije y sonreí a una señora frente a mí. No la vi antes, tan atenta estaba al paisaje inédito a mi registro. Se distinguía del resto con los que compartíamos el coche. Yo era muy joven, ella parecía de la edad que entonces tenía mi madre.
La señora, una dama chilena muy bonita. Su ropa era distinguida, recuerdo haber reconocido la marca de esos zapatos. El cabello cuidado, melena rubia. Delicada en los gestos, hablaba cantado un gracioso castellano.
Y yo tan niña y tan porteña de che de vos, de tuteo como me correspondía y ella claro que aceptó gustosa, como yo la aceptaba con su compostura.
Enternecida de verme ir a la aventura primera de mi vida me contó de Chile, de lo mal que estaban, que todo dolía, que el hambre, que las carencias. Que de paso visitaba a su hija que vivía en Argentina, se llevaba azúcar, harina, leche en polvo, jabón.
Abogada, muy culta, nos atrapamos el resto del viaje. Reímos varias veces de alguna tontería que yo dije. Ella, en un momento dejó caer buen llanto cuando habló de su Chile querido. Se puso gris el cielo y el adentro.
Me deseó lo mejor, que si un día iba por Chile, que su casa la mía….Nos hicimos varias promesas que no cumplimos.
A partir de ese día, Chile se convirtió para mí en esa Señora que me dio la bienvenida con afecto en la palabra y los gestos. Cuando bajé del tren, nos tiramos besos con ojos empañados hasta que se nos desbordaron, porque no volveríamos a vernos.
Viví en Uspallata dos años. Claro era mi país, estaba en Mendoza, mi Mendoza…cerca de mi Héroe Mayor…el de la Cruzada a la Libertad, Mi Señor San Martín.
Recorrí su caminito en Puente del Inca. Me emocionó su empresa como nunca antes. Desbordé en llanto ante el Aconcagua y Los Penitentes y a un casi de Chile, nunca pude llegar. Cuando estuve dispuesta, la nieve también lo estaba bloqueando todos los pasos.
Y hoy, a tantos años de aquél entonces, te recuerdo Señora chilena, con cariño.
Fue un momento, lo sé, lo que duró el viaje. Pero te confieso que en esa brevedad, hiciste que perdiera el miedo que llevaba. Miedo a lo nuevo a la mudanza a la vida de ese momento. Luego vinieron otros tiempos, otros miedos, otros.
Recordé el encuentro hasta que lo olvidé, creí, que para siempre.
Luego Arturo escribió de cosas ciertas que sé, le van a muchos. De antipatías, de un viejo antagonismo, de rivalidad, envidias, competencia.
Se produjo el efecto contrario y te hizo regresar a mí con tanta fuerza y afecto, que hasta podría dibujar tu rostro y retroceder el tiempo para encontrarme golpeando a tu puerta…
-¡Hola Señora chilena!, le diría, ¿Me recuerda?
Viviana Comeron para www.amaneciente.wordpress.com
Noviembre 2 de 2007
Gracias Arturo Montes Larraín por tu grata invitación. Abismo y Marcas, de regreso a casa.
Un beso para vos.
