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18/07/2008
Era hija de padres judíos, ella nacida en Argentina como yo y vivíamos en el mismo edificio.
Su mamá se llamaba Doña Pola y el papá Don Jaime. También mi amiga tenía una hermana, Hilda, muy bonita. Don Jaime era dueño de una mueblería, Hilda lo ayudaba con la contabilidad y esas cosas.
La mamá Doña Pola, me quería mucho, yo también a ella. Me encantaba hablar con esa mujer porque todas las palabras las pronunciaba mal, ella permitía que nos riéramos juntas de la gracia, además se dejaba corregir por una niñita de cuatro años, más no tenía en ese entonces.
Ana, mi amiga era muy gordita y yo delgada como un palo de escoba, ella era tranquila y buena. Yo nerviosa y mala. La mordía.
Decía Doña Pola a mi mamá, “Doña Nelly, esta nena suya está poquito nerviosa creo, mire cómo dejó la pierna de mi hijita Anita ¿ve?”
Y ahí mi madre me volaba el soplamoco gritando “Qué barbaridad”
Nunca escarmentaba, lo hacía de nuevo ni bien la tenía cerca. Era porque me llamaba la atención su gran piernota a diferencia de mis huesitos que eran como de pata de pollo. Luego le pedía disculpas. Siempre me perdonaba.
Anita iba a una escuela pública y yo a una privada inglesa. Luego las dos fuimos a la misma escuela que no se pagaba ni se usaba uniforme verde.
También hubieron problemas con las cuentas porque ella las sabía hacer todas y yo no.
Me dejaba copiar hasta que lo descubrió la señorita esa más mala que una bruja.
Todo porque le copie los resultados y me olvidé de escribir los restos (esos que va en barranquita debajo de las cuentas de dividir) Bah, tanto escándalo porque le dije que yo ya me sabía los restos y por eso no me hacía falta ponerlos.
El escándalo lo hizo mi papá porque ella me dijo “Mocosa irrespetuosa”
No me pegó, tuve de regalo una lapicera tintinculin con la promesa de no volver a copiar las cuentas, ni tampoco morder ni levantar el hombro en vez de decir Qué me importa. Debía aprender las tablas de multiplicar todas todas (Ana me ayudó) Tampoco podía empujar a los chicos en la escalera, ni sacudirles la lapicera en el guardapolvo, ni comerle el alfajor a mi compañera de banco, ni burlarme del chico tartamudo.
Bueno, todo eso a cambio de la tintinculin. Ya no sabía si la quería tanto pero, acepté el pacto. Dijo mi papá eso, “Es un pacto” y me estrechó la manito en su manota.
Doña Pola nos contaba a la hora de la leche, de cuando ella estuvo en un campo de concentración. También nos contó que sus padres murieron allí y que ella se escapó en un camión tapada de basura. Yo lloré. Anita también.
Mami dijo luego que mejor tomar la leche en casa. Pero yo siempre le pedía a doña Pola que me contara otra vez esa historia. Recuerdo que la miraba con ojos enormes mientras ella hablaba con la vista perdida en la pared. Luego, hacía un silencio y decía “Bueno queridita, anda juega con Anita pero no muerdas eh”
Y termino de escribir esto que no es cuento y pienso que recordé la historia, porque el Domingo es el día del Amigo y Ana fue la primera que tuve y no la olvido, porque además de mordiscones, nos dimos muchas horas de juego inocente en los años felices.
Y justo hoy, me acuerdo tanto de su mamá Pola justo hoy, 18 de julio.
Y un poco lloro otra vez, pero de bronca.
V.C
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