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Abismo

Posteado en Opciones sobre Noviembre 20, 2007 por sentires

(De cómo no hacernos de uno)

Cuando quieras que otro te entienda, habla poco, claro y pausado.

Intenta no usar palabras rimbombantes, ni rebusques las oraciones con modificadores ni abuses de los circunstanciales.

Habla corto, claro y preciso, repito.

Si la mirada está ausente, si no serán leídos tus gestos ni escuchada tu palabra, entonces usa la mejor caligrafía. Comprende que el otro puede no entender la letra si haces una fiesta con los firuletes. Sonrío con la imagen.

Babel es territorio frecuente en el que nos detenemos desde los más ignorantes hasta los ilustrados. Los sabihondos también caen en el pecado de la palabra no dicha pero sugerida. O la de aquella que se dice por otra, que es la que se quiere decir pero no es dicha para no ser tan evidente o muy evidente o vidente. No sea que el otro entienda. Y ambos se sientan al descubierto. Hacemos estas cosas. Usamos máscaras.

Todos somos políticos, tenemos una puerta de atrás y otra de adelante pero alardeamos de francos y en realidad somos brutales. Confundimos sinceridad con grosería.

Y el otro a veces también por orgullo, cierto amor propio o pedantería y pretendiendo que no se lo tome por tonto…dice, Ah claro… entiendo.

Por supuesto, no entendió nada. Y nunca se aclara, jamás.

Así vamos por la vida, juntando confusiones, malos entendidos, broncas, disgustos, penas. Pero, no aclaramos. Somos temerosos de un sano enfrentamiento no sea que se nos diga algo que no queramos escuchar, menos leer. Porque la palabra escrita, escrita queda y a muchas… no se la lleva el viento.

Viviana Comeron

Camelot

Posteado en Opciones sobre Noviembre 12, 2007 por sentires

camelot-barisoff.jpgPermaneces oculta en el misterio de lo que tal vez fue. Nunca existió, afirman algunos. Otros, dubitativos, dicen que es probable en el castillo de Cadbury, o el de Tintagel. Pudo haber sido Viroconium o Dinerth cerca del río Arth, próximo a Gales. Quizá.

Y algo, de pronto, te resucita en Windsor.  Lancelot avanza, Ginebra aguarda. Damas de la Corte y Caballeros. Armaduras dispuestas, lanzas en guardia.
El gesto valiente, un acto de bravura.
Los colores del estandarte ficticio, se hacen reales como quienes por calles de leyenda vivan al Señor Arturo.

Paso que marca el Rey. Los súbditos en algarabía, hacia el fuerte. Fuerte que protege -no sabremos si a los de adentro, de los de afuera o a éstos, de aquéllos- Tampoco importa. Fuerte por hacer de frontera, entre lo que quisiéramos que hubiese sido y lo que realmente Es.
Entonces, sí importa. Todo es ilusión, me dicen.
Camelot existe. El honor, el amor y la traición se hermanan.

Elecciones

Posteado en Opciones sobre Octubre 19, 2007 por sentires

El abuelo sacó la pipa de su boca lentamente mientras decía mirando el humo,
-No lo puedo creer,  llegar a mis años para ver esto- movía su cabeza para un lado y otro en un meneo suave y lastimero. Me daba pena, pero ya estaba hecho. Se lo dije como pude, tal vez debí hacerlo con mayor cautela, tener en cuenta sus ochenta y pico “¿Cuántos eran….ochenta y seis? No creo que haya comprendido, lo único que hice fue causarle dolor. ¡Qué estúpido! ¿y con esto qué gané? ¿cambia algo?” Me preguntaba casi en voz alta mientras me afeitaba esa mañana. “A ver si con el disgusto se me muere el viejo, ¿Qué carajo hago si se muere el abu? Para colmo, creo que nunca le dije cuánto lo quiero…Me muero si se muere.
Y no se despierta, ¿Se habrá tomado las pastillas? ¿Para qué se lo conté? seguro que nunca se hubiese dado cuenta. Basta de rodeos, yo lo llamo”
-Hola Don Carlos, buen día. ¿Le corro las cortinas viejo?
-Te dije mil veces que no me digas viejo, patán.
-Perdón abu ¿cómo durmió?
- Bien de no ser por un mal sueño.
-¿Sí, qué soñó?
-Una buena pesadilla mire…
Dijo remarcando bien, mientras se sentaba en la cama y acomodaba al pasar tres almohadas una sobre otra para recostarse. Se peinó con los dedos y ya estaba listo para el sermón.
-Con Usté soñé.
-Ah mire, conmigo.
-Y lo que más bronca me dio fue que ni se defendió. Yo lo acusaba de maricón y Ud como si nada mocito e’mierda.
-Bueno, mire abu,
-¡Y no me diga abu quiere! ¡carajo!
A esa altura de la conversación ya el viejo se había puesto colorado, en un santiamén cambió el blanco nacarado por un tinte rojizo subido que le ocupaba buena parte del cuello.
-Pero digo yo, ¿Usté se cree que yo no lo escuché anoche? ¿Usté creyó por ventura que yo no me había dado cuenta de nada en todos estos años? Dígame mocito…cuéntele a su Abu, ¡mocoso e’mierda!
-Mire abuelo, yo fui sincero quise que supiera por mi y no por el chusmerío de la gente.

-Encima me lo recuerda, ¡lo tengo que matar! ¡Señor Jesús átame las manos, átame las manos! - imploraba al techo dejando los ojos en blanco.
La escena era como para el teatro del pueblo. Imaginé a los espectadores saltando al escenario para ayudar al abu a propinarme una paliza. De reojo mientras tanto, me miré en el espejo de la puerta en ropero de la abuela. De cuerpo entero, con los jeans gastados, la camisa escocesa afuera del pantalón las zapatillas blancas y recién afeitado “Quedo más joven sin barba, se me está terminando el importado, la lavanda nacional no es tan persistente”
-Y lo que más me espanta es qué dirá de todo esto su padre cuando regrese, ¿Cómo le explico yo que en todo este tiempo en vez de criarle un macho, me salió una mocita?
-Bueno mire abuelo, le digo algo y terminamos con la discusión…
- ¡Y quién le dijo que Uste termina la conversación pedazo de sinvergüenza! ¿Eh, quién le dijo?
El abuelo se levantó de la cama de un brinco y tomó el bastón de bambú.
-¿No me querrá pegar abuelo?
-No si no…¡Le voy a quebrar el espinazo! eso haré…¡Fuera ya mismo de este dormitorio!
Me fui dejando la puerta entreabierta, me daba miedo tantos gritos el disgusto resultó enorme “¿Cómo arreglo ahora esto?”
Y no había pasado un mes de reproches y desaires, que se anunció mi viejo de regreso.

Dijo que por unos meses, pero siempre se acortaba su estadía creo que algo tenía que ver el carácter del abu que a diario se avinagraba un poco más. Y si bien luego del episodio de esa mañana, no volvimos a tocar el tema, me miraba con el rabo del ojo cada vez que le daba un beso a la mañana o a la noche antes de dormir. Ya no me dejó llevar la camioneta al pueblo, menos que menos hacer tratos con el tipo del camión de hacienda.
“Deje, deje….las vacas me las atiendo yo”, y me apartaba.
“Usté vaya y arregle el asunto de la cebada, fíjese que las cuentas cierren, que Usté será mucho contador pero si yo no miro, se le equivocan los números y eso que los hace a pura máquina ¿no? Que ni a contar bien enseñan ahora en la Facultá”
La Rosinda el ama de llaves, como decía mi abuela, desde que tuvimos ese altercado en el dormitorio preparó las más deliciosas comidas. Cuando yo me acercaba a la cocina ella se dejaba desatar el delantal sin enojarse y me decía por lo bajo,
-Ya se le va a pasar niño, no se apure. El abuelo es mal arriado ya sabe. La única que podía con él está en su santa gloria, que le vua’uste hacer…Ah y la otra que le podía, era su preciosa y más santa madre, esa era la otra….del resto de la humanida ¡nadie puede con el viejo!….uuuuh si me escucha me mata- y se tapaba la boca con la mano regordeta y húmeda como si fuera una niña.

Esa tarde, desde el sillón de la galería con vista al campo arado, el abuelo dijo arrojándome las llaves,
-Mañana llega su padre a la tardecita, llévese la camioneta y salga con la fresca no sea que no llegue a tiempo al Aeroparque. Y mire, yo le recomiendo…que a mi hijo ni le cuente de esas cosas. Total, para qué…si luego se vuelve a dir y el que se quedá acá con Usté soy yo. Basta con mi amargura, ni le diga- siguió con la pipa en mano, mirando el horizonte.
O sea, no se había olvidado y era de suponer.
Y llegó papá. Se lo veía radiante. A su lado, llevándolo del codo, lo acompañaba un tipo más alto, joven apuesto. Empujaba sin esfuerzo el carro con tres valijas mientras mi padre reía de algo que le dijo al oído…”Qué bien está papá, no le pasan los años”
Nos abrazamos en un prolongado apretón, me llenó la cara de besos perfumados y en medio me decía cuánto y cuánto me había extrañado, Qué grande estás hijo…Esas cosas.
De regreso, sólo escuché a mi padre. Su amigo no hablaba media palabra en español, dijo sólo un gangoso y mal acentuado “Holá, qué tal” y de ahí, nada más que sonrisas cuando lo miraba.

Al atardecer, paramos en una estación de servicio, café con media lunas, tostadas y dulce de leche que el otro se comió a cucharadas. Papá le compró un tarro de kilo y de agradecido no más, le dio un beso exagerado en la mejilla mientras con la mano le acariciaba la nuca.
“Ahora sí que estamos listos” Pensé mirando el tránsito que se estaba poniendo denso. Se ocultaba el sol, fin del día.

Viviana Comerón
jun 24th, 2007 by sentires Edit |