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El Mago Blanco

Posteado en Magia, reedición sobre Junio 28, 2008 por sentires


Posteado en Magia sobre Agosto 26, 2007 por sentires

Lo mío se transformó en obsesiva investigación.
Durante la empresa, hallé a más que lo conocieron y también desean encontrarlo.
Algunos dicen que es leyenda, que nunca existió. Otros mencionan con detalle las horas y días que pasaron juntos. Muchos, ni quieren decir. Juran que es cuento.
Recorriendo las calles de su tierra, esa que entre mar y montañas se yergue airosa,
angosta y fértil, pude conocer más de esta leyenda cuento historia de vida, relato
mentira o verdad verdadera.
Lo cierto es cierto, aunque crean pocos o nadie.
Lo que es, Es.

Hombre común, alto delgado, gesto austero.
Serio, apenas mínima sonrisa. Las manos quietas al hablar. Sin grandilocuencia.
Sereno. De andar lento. Por momentos, Niño. Otras como un Hombre, joven, adulto, anciano. Muta. Voz profunda, ahuecada al oído como proveniente de un tubo de madera.
Para todos tiene un nombre diferente, cuestión que aún no damos con el suyo.
Pero para distinguirlo en el cuento -si es que es cuento- lo llamaré “Rafael”

Vive en un barrio alejado. O dos o tres, porque nunca va para el mismo lado al irse.
Sale temprano con ropa sencilla, limpia y humilde. Huele a lavanda.
Algunas veces lampiña la cara, otras, barbado de semanas. En su mano derecha, una carpeta. En la izquierda, nada. Balanceando ambos brazos, camina sin exagerar la marcha. Parece que ése es su trabajo, caminar.

Aunque seguro sabe siempre adonde va.

Esa mañana, las calles concurridas por todos los que realmente llevan apuro.
Por dormidos, preocupados, por rutina por ansiosos, por nerviosos, interesados o apáticos. Mendigos sentados en las veredas. Mujeres fregando otras veredas.
Agentes para ordenar tránsito que en todas partes desordenan. Semáforos, autos, transportes, bocinas, bicicletas, plazas. Niños a la escuela, madres amorosas. Madres golpeadoras por nada, pero en público. De todo había. Como en cualquier ciudad.
Los negocios recién abrían sus puertas, y los comerciantes con idéntica maniobra, acomodaban la mercancía.
Y por allí pasaba yo.
Buscaba un café. Iba por mi desayuno.
Lindo lugar encontré. Tomé un periódico del revistero, ubiqué una mesa cerca del ventanal. No leí el diario, había mucho para ver afuera.
El hombre se detuvo, cambió la carpeta de mano y miró. Me miró.
Yo respondí. Grandes ojos almendra, luces.
Levantó la derecha, palma extendida. Saludo tribal.
No sabía de quien se trataba. Al gesto gracioso, respondí con mi diestra.
Entró, se sentó sin que lo invitara. Osado.
En ningún momento dijo su nombre –Rafael-
Preguntó por el mío, -“Completo”- dijo. Pregunté por el suyo, algo me distrajo, no escuché o no lo mencionó –Rafael-
-Por qué me habrá elegido- me dije, pero no hice la pregunta.
-Estoy trabajando. Por eso te elegí- Respondió.
-Ah…¿Así trabajas? ¿Cómo? ¿Anotas? Veo muchos nombres en la lista en la que me agregaste.
-Mis pacientes. Son pacientes porque esperan ser curados.
-¡Yo no estoy enferma!, respondí en tono más alto, bien derecho el torso.
-Eso crees. Pero sanarás. Luego vendrá el pago.
-¿Qué te pagaré? ¡No creerás que soy adinerada! Estás poniéndome nerviosa, aclara esto.
-Te elegí porque tienes Fe y algo más. Sólo por eso. ¡Los incrédulos son tan difíciles! Todo lo cuestionan, no dejan hacer. Debes ser dócil Mujer.
-No soy dócil, dije.
-Lo serás- firme fue su respuesta.
Desde esa última frase, no hablé más. Él lo hacía mientras tomaba agua mineral. Mi café con leche se enfrió. Bien sé que estuve atenta. No perdí una palabra de Rafael, aunque no puedo recordarlas.
-¿Te volveré a ver? Dije con tono aniñado, casi un “Quédate”.
-Puede ser, Gracias.
-Gracias ¿por qué?
- Por permitirme entrar- Se puso de pié, se acercó a mí y dejó tres besos. Uno en cada mejilla. El tercero en la frente.
Se perdió entre la multitud, pero no pudo hacerlo de mi vista.
Frente a un joven disfrazado de malo se detuvo. Negro el atuendo, aros tatuajes y pulseras con pinches de acero, morral y manos libres que con un gesto negó, le palmeó el brazo y siguió caminando.
Rafael también, para el lado contrario.

Enfermé como él anunció. Me curé como predijo.
Estoy buscándolo desde el día que me dieron de alta.
No me gusta quedar endeudada, deseo saber en qué consiste el pago y el Algo más, que al pasar mencionara.
Si alguno sabe de él, recompensaré cualquier dato que pudiera brindar.
Para contactarse conmigo, por favor deje su comentario al pie.
Eternamente agradecida.
VC

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El Abuelo de Juan

Posteado en reedición sobre Mayo 8, 2008 por sentires

-Posteado en Volver a Ser sobre Agosto 20, 2007 por sentires-

El pueblo en medio de la nada era como todos los de campo, rutinario y silencioso. Mucha naturaleza pero aburrido.
Dos escuelas, una fábrica de queso, las vías del ferrocarril cerca de la plaza de tres hamacas y un tobogán. Jardines floridos y gallinas orondas por la vereda. Los caminos de tierra y esos cercos pintados de todos colores para terminar los restos de pintura.
El almacén general en una esquina, Venga y vea, Ud. encuentra lo que quiera. En la otra, apenas una cuadra a la derecha, la Farmacia “El Amaneciente”.
Afuera, alguna vaca aburrida de pastorear, varios caballos sueltos y una veintena de perros de nadie. Dormidos, quietos o ladrando pájaros.
Los niños jugando con cualquier cosa que pareciera un revolver, un barco, trompo, bolitas, rayuela, sogas y a saltar.
Juan nunca dormía siesta. Vagabundeaba. Los otros a la cama y chito. Pero él, pescaba con una rama y el hilo sisal colgando, carne en el anzuelo, lombriz o nada. El arroyo quedaba a poco de la verdulería de su abuelo. Llevaba una bolsa de mandarinas y una lata vacía.
-Se divierte barato, déjenlo ¿a quién molesta?, decía el abuelo recostado en el sillón de mimbre.
-¿Me acompaña Nono? Dele, no hace calor, ni hay mosquitos le juro, no hay. Venga conmigo…dele Nono.
Nunca iba desde hacía rato, igual se dejaba rogar.
Un día el abuelo de Juan murió.
Lo encontraron en el mismo sillón de siempre como dormido, pero muerto.
El velorio duró tres días, correspondía entonces.

Todos fueron, el viejo era buen amigo y querido.

Con ramitos de geranios, algunas margaritas y pocas rosas se llenó de olor a flores el dormitorio.
Mal la cosa. No le gustó nada enterarse que la muerte también le llega a los seres que uno quiere.
Sin decir palabra, lloró quedo y sostenido. De vez en cuando, respiraba profundo para tragarse los mocos y seguir llorando al viejo que le contaba cuentos a la noche. Recordó la merienda, el viaje en carro al pueblo grande. El primer barrilete, la práctica de goles en el descampado. El abuelo hacía todo bien, por eso lo imitaba hasta en los eructos.
-No, no quiero- Contestó a la fuente de pastelitos que le ofreció una vecina con cara de circunstancia.
Y le llegó el tiempo de pañuelo a la manga del saco. Por fin, extenuado, sentado en el piso frío se durmió unas horas. Se despertaba de a ratos, podía verle asomar la nariz al Nono envuelto en puntillas. Para acercarse no le alcanzó el coraje, pero él lo veló los tres días sin aflojar.
Cuando llegó el momento de ir a la capilla, fue a peinarse.
Lavó su cara trigueña y vio al Nono en el espejo.
Se frotó los ojos. El rostro seguía puesto en medio del óvalo con marco de madera.
-¿Sos vos Abuelo?- dijo temblando a la imagen tan querida.
- Claro, soy yo. No llores, ni pienso irme. Serenidad amigo. El abuelo se queda con usté ¿sabe? Deje de llorarme. ¿No escucha que le hablo? Ya me llevan, pero le propongo algo…
-¿Qué cosa?, dijo entre sollozos.
-¿Qué le parece si nos encontramos en el arroyo? No vayamos al cementerio, lo invito a pescar.
Y salió Juan del baño bien peinado con los ojos chiquitos, rojos.
Con la ramacaña, tarro y pantalón arremangado, pasó delante de todos.
-¿A dónde vas nene?, dijo su madre.
Salió de la casa sin responder. Lo llamaban, él ni se dio vuelta.
Sus patitas de palo sabían correr muy bien. Esa tarde parecían volar.
El abuelo iba a la par, flotando.

V.C

Oda a la Noche

Posteado en reedición sobre Mayo 1, 2008 por sentires

Espera agazapada que transcurra el día como cazador atento a la presa.
Le permite explayarse, mientras la luz se consume de hora en hora
Que luzca su algarabía el día.
Que se vanaglorie del poder indudable de evidenciarlo todo. No hay misterio. Nada se adivina.
Ella goza, mira de lejos y como pirata calculando el próximo botín, espera.
Es paciente. No tiene prisa. Todo llega.
Nacerá en medio de rosados, violáceos y amarillos, la antesala.
Y cuando del horizonte ya no queda más que una línea de brillo, es su turno.
Envuelve aunque aflige a cuanto se esfuerza por permanecer.
Ahí está, desplegando el telón. Miríadas de soles. Todos se muestran. Salen a escena diamantes, cuarzos como pendientes del firmamento.
¿Quién es ahora poderoso?
¿Quién puede arrogarse el privilegio de millones de ojos contemplándolos?
Rostros al cielo, miradas de ojos abiertos escudriñan y señalan fascinados.
Dime..¿Quién?
¿El Día, con su Sol que hiere, el que no da lugar más que a fruncir el ceño?
O la Noche, con sus millones de soles frios, titilantes.
No abraza, acompaña. Contiene. No hay nada más allá que ella misma, para ser admirada.
La Noche susurra mientras que el Día, clama.
Serena el cuerpo, alerta la mente. Tiempo de crear, de amar, besar. Soñar.
La Luna se presta y refleja. Tenue luz.

Oda a la Noche
Posteado en Volver a Ser sobre Agosto 12, 2007 por sentires

Nacimiento

Posteado en Imágenes., reedición sobre Enero 30, 2008 por sentires

Al sur del Sinaí, una caravana avanza en el desierto rumbo a Daraw.
El guía canta al ritmo de una yamania que entre sus manos pone música al paisaje yermo. Los niños duermen abrazados a sus madres.
El pronóstico de los ancianos, anunció que el viento arreciará próximo al anochecer. Es hora de detener la marcha antes que desembarque el temporal.
Una corneta de asta es suficiente para que la señal estridente aliste a la muchedumbre.
Cada quien a lo suyo.
Desatan telas que salen de sus rollos y varios hombres juntan fuerzas para tensar los tientos, el cuero resiste. Las mujeres acomodan los kilis, todo está listo para trasladar a los pequeños. Carpas bajas harán de tolderías amuchadas que de a cuatro en círculo los cobijará.
Puede que el viento amaine en dos días, tal vez en menos.
Las vasijas de agua se protegen y mientras las trasladan, unos jóvenes ríen tapándose la boca. Las niñas entornan los ojos y responden sin mirar más allá de la barbilla de los hombres. Estas guardan las provisiones de las que emanan aromas de azafrán, curry y canela. El kuskús en bolsas de cuero se dejan sobre tablones, debe protegerse de la arena. Pusieron las almendras y la miel a buen recaudo y continuaron con los cestos de juncos apilados, los cántaros se afirman y sujetan las tapas con cáñamo.
La música no cesa, acompaña a quienes se mueven con destreza y rapidez. Hablan en voz queda solo si es necesario, los acuerdos previos no admiten trasgresión ni descuido, el éxito del grupo depende del acierto de cada uno y todos lo saben.
Desmontan los gamales, y quitan los arneses a los camellos viejos, atándoles de una pata a cuerdas fijadas en las rocas.
Saida, niña mujer, entró en trabajo de parto antes de lo previsto, grita de miedo y dolor. Las mujeres acuden presurosas sacándose los brazaletes de plata, los anillos y pendientes al tiempo que caminan. Viendo que se complica, desde la carpa gesticulan a otras por ayuda.
Mahmoud, el guía, se acerca con la simsimiyya y sentado en la arena interpreta una música diferente. Destaca los arpegios y matiza con acordes delicados su melodía. Los demás, enterados del suceso y sin menguar la prisa, pronuncian para sí los rezos moviendo los labios. Unas mujeres preparan té de hierbabuena para sus hombres. Los ancianos envueltos en sus caftanes, rodean a Mahmoud y entonan un poema para nacimiento. Exorcizan al demonio que no deja salir al niño de esa madre.
Sobre una duna, los jinnis que adoptaron forma de hienas, levantan los hocicos a los cielos, huelen a carroña y se relamen.
En un momento la música y el llanto del recién nacido los espanta. Huyen a la carrera alejándose con sus carcajadas siniestras.
El guía ameniza la madrugada con música infantil llena de gozo. Los ancianos aplauden con golpes sordos y las jovencitas danzan moviendo las nalgas al son de panderetas. Es varón el arropado con el kibrs del padre. Su primogénito tiene los ojos de la madre, inmensos y negros.
-Será Guía también como su abuelo y bajo el signo de Cáncer, un gran protector– vaticina en badawi, Eiwada, el más anciano de los beduinos contemplando las estrella.

V.C

-Esta entrada fue publicada en Julio 18, 2007 a las 11:48 pm y archivada bajo Imágenes-

Naufragio

Posteado en Miedos, reedición sobre Enero 17, 2008 por sentires

“El agua me cubre completamente, ya no puedo mantener la respiración.
Un silbido agudo como único sonido, perfora mis tímpanos. Floto boca abajo inerte dejándome llevar por el movimiento del oleaje.

Ya llega el fin mejor no ofrecer resistencia. La suerte está echada,  pretendo dibujar una sonrisa al imaginar el tintineo de las monedas”
“Los lanchones en busca de sobrevivientes  son varios…La tensión crece entre los vivos mientras los que agonizamos no podemos escuchar que el auxilio ha llegado.
-¡Alguien ahí!- Una voz desesperada sale del altavoz en mano de uno de los oficiales de rescate,
- ¡Alguien ahí!- repite. Y otra vez el silencio, la nada. Apenas el movimiento del mar que ahora se muestra apacible. La furia del temporal concluyó dejando como muestra cientos de evidencias hamacándose en el agua”

Ya debe ser la hora de la leche, mejor salgo. No sea que mamá vuelva a retarme por jugar a que me ahogo…Si será tonta siempre se lo cree, no te digo…Ahí viene corriendo.
El perro quedó en el jardín, ladrándonos. Nosotros abrazados caminábamos apurados,
Nene envuelto y Mamá enojada…entramos a la casa.

Nunca pude evitar estos pensamientos sumergido en la piscina. Como no pudo ahora borrar la imagen de mi madre sacándome del agua de un brazo y sin pisar el césped, casi volando a retos…gritando “¡Adentro!”

Viviana Comerón

Sentires, junio 21 2007

El Mago Blanco

Posteado en reedición sobre Enero 8, 2008 por sentires

Lo mío se transformó en obsesiva investigación.
Durante la empresa, hallé a más que lo conocieron y también deseaban encontrarlo.
Unos dicen que es leyenda, que nunca existió.
Otros mencionan con detalle las horas y días que pasaron juntos.
Muchos, ni quieren decir. Juran que es cuento.
Recorriendo las calles de su tierra, esa que entre mar y montañas se yergue airosa,
angosta y fértil…Pude conocer más de esta leyenda cuento historia de vida, relato
mentira o verdad verdadera -Lo cierto es cierto, aunque lo crean pocos o nadie-
Lo que es, Es.

Hombre común, alto delgado, gesto austero.
Serio, apenas mínima sonrisa. Las manos quietas al hablar. Sin grandilocuencia.
Sereno. De andar lento. Por momentos, Niño.
Otras como un Hombre, joven, adulto, anciano. Muta.
Voz profunda, ahuecada al oído como proveniente de un tubo de madera.
Para todos tiene un nombre diferente, cuestión que aún no damos con el suyo.
Pero para distinguirlo en el cuento -si es que es cuento- lo llamaré “Rafael”

Vive en un barrio alejado o dos o tres, porque nunca va para el mismo lado al irse.
Sale temprano con ropa sencilla, limpia y humilde. Huele a lavanda.
Algunas veces lampiña la cara, otras, barbado de semanas.
En su mano derecha, una carpeta. En la izquierda, nada.
Balanceando ambos brazos, camina sin exagerar la marcha.
Parece que ése es su trabajo, caminar.  Seguramente siempre sabe donde va.

Esa mañana las calles se veían concurridas por todos los que realmente llevan apuro…
Por dormidos, preocupados. Por rutina por ansiosos, por nerviosos, apáticos.
Mendigos sentados en las veredas. Mujeres fregando otras veredas.
Agentes para ordenar tránsito que en todas partes desordenan.
Semáforos, autos, transportes, bocinas, bicicletas, plazas.
Niños a la escuela, madres amorosas. Madres golpeadoras en público.
De todo había. Como en cualquier ciudad.
Los negocios recién abrían sus puertas, y los comerciantes con idéntica maniobra, acomodaban la mercancías.
Y por allí pasaba yo.
Buscaba un café. Iba por mi desayuno.
Lindo lugar encontré. Tomé un periódico del revistero, ubiqué una mesa cerca del ventanal.
No leí el diario, había mucho que ver afuera.
El hombre se detuvo, cambió la carpeta de mano y miró. Me miró.
Yo respondí. Grandes ojos almendra, luces.
Levantó la derecha, palma extendida. Saludo tribal.
No sabía de quien se trataba. Al gesto gracioso, respondí con mi diestra.
Entró, se sentó frente a mí sin que lo invitara. Osado.
En ningún momento me dijo su nombre –Rafael-
Preguntó por el mío, -“Completo”- dijo. Pregunté por el suyo, algo me distrajo, no escuché o no lo mencionó –Rafael-
-Porqué me habrá elegido, me dije, pero no hice la pregunta.
-Estoy trabajando. Por eso te elegí- Respondió.
-Ah…¿Así trabajas? ¿Cómo? ¿Anotas? Veo muchos nombres en la lista en la que me agregaste.
-Mis pacientes. Son pacientes porque esperan ser curados.
-¡Yo no estoy enferma!, respondí en tono más alto, bien derecho el torso.
-Eso crees. Pero sanarás. Luego vendrá el pago.
-¿Qué te pagaré? ¡No creerás que soy adinerada! Estás poniéndome nerviosa, aclara esto.
-Te elegí porque tienes Fe y Algo más. Solo por eso. ¡Los incrédulos son tan difíciles! Todo lo cuestionan, no dejan hacer. Debes ser dócil Mujer.
-No soy dócil, dije.
-Lo serás- firme y segura fue su respuesta.
Desde esa última frase, no hablé más. Él lo hacía mientras tomaba agua mineral. Mi café con leche se enfrió.
Sé bien que estuve atenta. No perdí una palabra de Rafael, aunque no puedo recordarlas.
-¿Te volveré a ver? Dije con tono aniñado, casi un “Quédate”.
-Puede ser, Gracias.
-Gracias ¿por qué?
- Por permitirme entrar- Se puso de pié, se acercó a mí y dejó tres besos, uno en cada mejilla. El tercero en la frente.
Se perdió entre la multitud, pero no pudo hacerlo de mi vista.
Se detuvo frente a un joven disfrazado de malo. Negro el atuendo, aros tatuajes y pulseras con púas de acero. Morral y manos libres que con un gesto negó con la cabeza, palmeó su brazo y siguió caminando.
Rafael también, para el lado contrario.

Enfermé como él anunció. Me curé como predijo.
Estoy buscándolo desde el día que me dieron de alta.
No me gusta quedar endeudada, deseo saber en qué consiste el pago y el Algo más, que al pasar mencionara.
Si alguno sabe de él, recompensaré cualquier dato que pudiera brindar.
Organizo la brigada de mil quinientas personas que también lo buscan, como yo.
Para contactarse conmigo, por favor dejen su comentario al pie.
Eternamente agradecida.

V.C.

Sentires-Agosto del 2007-

Nada de cuento

Posteado en Amores perdidos, reedición sobre Enero 5, 2008 por sentires

Revisaron toda la juguetería. Ni una sin ropita. Ni una rubia…Hasta que apareció la negra y luego de varios Que sí que no, con mi papá, la compraron. Costó centavos. La ropa se la hizo durante la madrugada. Rápido, antes que me despierte la ansiedad, mami terminó con los vestidos de mi regalo.

Queridos Reyes Magos:
Como bien saben, dice mi mamá, tengo cuatro años.
Me llamo María y quiero para este día que viene, una muñeca alta, de ojos celestes. Que hable cuando camina y se deje cambiar la ropa. Que se le muevan las piernas para caminar y que al acostarla diga mamá o algo así.
Yo me porté bien todo el año que por eso pido bien porque me porté muy bien. No hice renegar mucho ni le pegué a mi vecina Anita, la hija de Doña Pola y Don Jaime. Mamá dice que la mordí, pero fue solo una vez y además eso no es pegar. En la pierna la mordí, porque ella quería un reloj. Le dejé uno bien marcado. La mamá Pola dijo que sangró, pero esa señora es una exagerada. Además lo hice una vez sola porque Ana me pidió, mordeme acá, dijo.
Bueno, también les agradezco no tener hermano ni nada ni quiero que me traigan uno. Por ahora. Eso no pido. Solo quiero la muñeca alta.
Que tenga cabello, no importa el color. Negro no.
Gracias. Perdón porque la letra no es mía, no escribo más que mi nombre y mal dice mi abuela que para ella todo siempre es mal.
Escribe mi mamá que sabe y se llama Nelly, yo le dicto.

Ella se ríe… le digo Esto también escribí, que sepan los Reyes que te reís de mí mami, te castiguen y no te traigan regalo.

Al lado de mis zapatos estaba la muñeca.
Negra. Tenía pelo mota, negro también.
No era alta. Tenía ropita, dos vestidos y un calzón (ni otro para cambiarse)
Mami dijo,
-Los Reyes hacen lo que pueden hijita, a veces se les acaban los juguetes que traen o pueden confundirse…muñeca trajeron ¿ves? No es alta ni rubia, es cierto.
Pero seguro no había en la juguetería…No llores nena, me ponés triste. Además no hay que ser desagradecido con los Reyes, son Magos. Pero no siempre pueden hacer magia, tenemos que entenderlos. ¡Mirá si no! A mí no me trajeron nada….¿ves?
Le dije que eso fue por reírse de la hija.
Me conformé, la muñeca tenía linda carita y olor a nuevo.
La tela de la ropa tenía parecido con la de un vestido mío que no veía hacía tiempo.
Lo que más me gustaba era llevarla a la plaza, esta muñequita negra parecía que siempre estaba limpia…Yo me ensuciaba, ella no.
Jugamos muchos meses, muchas horas. No sabía hablar nada pero yo le entendía todo y ella a mí. A la noche dormía a mi ladito bien tapada. Mami la dejaba porque era muy chiquita, había que cuidarla, decía.
Al tiempo, pasó lo que tenía que pasar.
Estaba demasiado sucia le dije a mamá a los gritos, llorando. Mamá repetía una y otra vez Te lo dije, te lo dije, te lo dije…te lo…dije nena!
Yo seguía llorando, no había nada que hacer. Le di un buen baño de agua caliente, quedó negra el agua, pero no de mugre. Ella se fue desarmando porque era de cartón.

Cuando mi papá consiguió ese buen trabajo, tuve otra.
Alta, de ojos celestes y cabello rubio largo y sedoso. Era inglesa creo y casi de mi altura, no entrábamos las dos en la cama. Nunca fue mi amiga, era una muñeca que hablaba muchas palabras pero no sabía jugar, nunca se ensució en la plaza.
Mis amigas decían, Te la envidio te la envidio ¡quiero una!
No la regalé porque papá dijo que salió un dineral -nunca supe cuantos billetes era un dineral pero parecía muchísimo-
Yo estaba segura que no era de cartón. Igual nunca la bañé, ni ganas.

V.C.

El golpe

Posteado en reedición sobre Diciembre 26, 2007 por sentires

Dejé la bici de mi amigo y como si nada fuera, entré por el corredor de la casa. Calladita la boca.
Era una mañana de primavera soleada y fresca. Mamá me dejó salir a la vereda porque todos los chicos estaban allí -él también-
La calle Cabezón se veía tranquila. Villa Pueyrredón en ese entonces, era una zona arbolada de casas bajas estilo inglés; barrio de ferroviarios de los que alguno queda.

A tres cuadras de la estación podía escucharse muy bien el silbato del tren advirtiendo su paso. Una de las cuadras cerradas daba a las vías y tenía por cerco unas chapas gruesas de ferrocarril con los bordes doblados para adentro, rectangulares y clavadas en la tierra. Nunca transgredimos las aberturas entre una y otra, porque estaba totalmente prohibido por los padres. El tren no perdona, decían.
A Juan le habían regalado una bicicleta. Juan era el más grande, alto y fuerte, su cabello negro lleno de rulos bien dibujados, caía apenas sobre la frente y los ojos marrones enormes eran enmarcados por pestañas que parecían más de jirafa que de persona, él me pestañeaba a propósito seguro ¡Cómo me gustaba!

Siempre se reía de todo –y de todos- pero no de mí porque un día me hizo llorar y de ahí nunca más se rió (menos porque era chiquita y usaba vestidos almidonados y dos trenzas con moño, yo odiaba ese peinado estúpido)

El tenía como once y yo cinco, pero eso qué importaba ¿no?
Todos los del barrio hicieron la fila. Yo miraba sentada en el umbral de la casa de departamentos. Juan dijo,

-Vos también -y me hizo seña con la mano para que me ponga. Me puse.
-Una vuelta manzana y listo eh -decía a cada uno de los que iban subiendo.

Así fue como me tocó el turno. Claro que yo nunca anduve en nada, menos en bici. Pero ya sabía, porque como estuve mirándolos y era la última de la fila…ya sabía. Más seguridad me dio el escuchar a esa Susana que decía,

-No la dejes Juan, es muy chiquita- y el pobre Juan para que yo no me enoje agregó

-Sí ella sabe ¿no Vivi?

-Claro que sé -respondí airosa y entonces él soltó la bici que tenía agarrada del puño negro para entregármela. Era pesada.
Puse el derecho en el pedal. Tuve que hacer fuerza para que avance y listo…”Falta el otro y ya sale la bici” pero patinó mi pie derecho y el caño del medio me pegó justito.
Me dolió tanto que se llenó mi boca de saliva porque no podía llorar ante el “Uuuy…se mató” que alguno dijo y todos corrieron, Juan el primero.
Me sostuvo la bici que intentaba dejar en el piso,

-¿Te duele? -lo dijo bajito con tono apenado.

No podía caminar pero negué con la cabeza y entré por el larguísimo pasillo de mi casa hasta que cuando estuve frente a mi mami, lloré con todas las lágrimas y la boca bien bien abierta abrazándola tan fuerte, violeta de ahogo.
Lloré el dolor, el bochorno y la bronca de ser tan chiquita y tan tonta.
Viviana Comerón
24 de junio de 2007- Sentires-

El Hombre de negro

Posteado en reedición sobre Diciembre 17, 2007 por sentires

Nunca supimos cómo lo logró, ni por qué eligió el final del invierno. Lo cierto es que dicen que remontando vuelo dejó la tierra y no volvimos a verlo.
El hombre era taciturno, no hablaba con nadie en el barrio, apenas un gesto con la cabeza insinuaba la respuesta al saludo que como era costumbre le dirigían los gentiles vecinos.
Lo mirábamos pasar con mis hermanos, los tres pegados a la ventana del living los días helados de invierno.

El señor era muy alto y delgado. Usaba un sobretodo negro largo hasta los tobillos, botas de cuero, pantalón gris y polera de lana blanca. Una bufanda escocesa verde, negra y amarilla que le envolvía el cuello y la boina ladeada, le daban cierto aire de extranjero.
Siempre iba con un libro diferente en la mano, lo balanceaba con el mismo ritmo que sus brazos marcaban la marcha. Parecía desfilar, nos daba risa porque a esa edad cualquier cosa nos causaba gracia.
Pero con este hombre, la cosa era diferente. Nos reíamos escondiendo la cara, no sea que fuera a vernos, un poco de respeto o temor generaba el Señor de quien nunca supimos el nombre porque no nos atrevimos a entablar conversación -tampoco él daba lugar, para qué negarlo-
Vivía en una casa sencilla frente a la nuestra. Tenía jardín y terraza. A toda hora se veía un perro negro….Del animal, solo sabíamos que era un labrador y de los más grandes. Nunca ladraba, parado en la verja del jardín o entre los hierros que hacían de balcón de la terraza, nos miraba atento como vigilándonos.
Un día vimos que el hombre entraba y salía de la casa con paquetes, haciendo varios viajes en término de pocas horas. Para enterarnos de las novedades, montamos guardia los tres. Imaginábamos tantos disparates con el pobre objetivo en la mira…pero nunca pudimos confirmar ni uno solo de los argumentos que inventamos.
Al día siguiente, telas de colores flameaban en su jardín. El perro echado seguía los movimientos de su amo sin acercarse al traperío,”Lo tiene muy bien adiestrado”, comentábamos “¿Se imaginan qué haría nuestro perro salchicha entre esas telas agitadas por el viento?”.
Por la tarde, un flete le llevó el canasto enorme. Era tan grande que debieron pasarlo por encima del cerco. Lamentamos que fuera muy tupido el ligustro, no permitía ver los detalles “¿Y si vamos?” -dijo mi hermano -Total, ¿qué nos puede decir?”
-Vuelvan a su casa niños, no sean entrometidos- Fue la respuesta que recibimos con marcado acento de otro lado.
Regresamos desilusionados. No vimos más, ni supimos qué tramaba. Eso sí, nos enteramos que el hombre no era mudo y posiblemente germano aunque mi hermano dijo que su acento era francés.
Aburridos de mirar al vecino y obligados por el reto de papá, abandonamos el ventanal. Al fin, que ya estábamos cansados del vidrio helado en donde apoyábamos las narices.
Nunca nos perdonaríamos luego,  el no haber resistido en esa posición.
Cuando llegó la primavera, nos dimos cuenta que el Señor de la esquina no pasaba por nuestra vereda,  ni por la suya. Las ventanas de la casa permanecían cerradas, el perro no estaba y los pastos del jardín habían crecido tan alto que se confundían con el cerco.

Se comentó que una noche serena, al final de ese invierno, tres hombres vieron elevarse un canasto enorme. Dijeron que telas livianas traslucían fuego que parpadeaba en el centro .

De la versión, los mayores detalles estaban puestos en el ladrido de un perro. Aseguraron que provenía del cielo.

Viviana Comerón

Junio 26 de 2007 -Sentires-

Nada de cuento

Posteado en Amores perdidos, reedición sobre Octubre 22, 2007 por sentires

Revisaron toda la juguetería. Ni una sin ropita. Ni una rubia…Hasta que apareció la negra y luego de varios Que sí que no, con mi papá, la compraron. Costó centavos. La ropa se la hizo durante la madrugada. Rápido, antes que me despierte la ansiedad, mami terminó con los vestidos de mi regalo.

Queridos Reyes Magos:
Como bien saben, dice mi mamá, tengo cuatro años.
Me llamo María y quiero para este día que viene, una muñeca alta, de ojos celestes. Que hable cuando camina y se deje cambiar la ropa. Que se le muevan las piernas para caminar y que al acostarla diga mamá o algo así.
Yo me porté bien todo el año que por eso pido bien porque me porté muy bien. No hice renegar mucho ni le pegué a mi vecina Anita, la hija de Doña Pola y Don Jaime. Mamá dice que la mordí, pero fue solo una vez y además eso no es pegar. En la pierna la mordí, porque ella quería un reloj. Le dejé uno bien marcado. La mamá Pola dijo que sangró, pero esa señora es una exagerada. Además lo hice una vez sola porque Ana me pidió, mordeme acá, dijo.
Bueno, también les agradezco no tener hermano ni nada ni quiero que me traigan uno. Por ahora. Eso no pido. Solo quiero la muñeca alta.
Que tenga cabello, no importa el color. Negro no.
Gracias. Perdón porque la letra no es mía, no escribo más que mi nombre y mal dice mi abuela que para ella todo siempre es mal.
Escribe mi mamá que sabe y se llama Nelly, yo le dicto.
Ella se ríe… le digo Esto también escribí, que sepan los Reyes que te reís de mí mami, te castiguen y no te traigan regalo.

Al lado de mis zapatos estaba la muñeca.
Negra. Tenía pelo mota, negro también.
No era alta. Tenía ropita, dos vestidos y un calzón (ni otro para cambiarse)
Mami dijo,
-Los Reyes hacen lo que pueden hijita, a veces se les acaban los juguetes que traen o pueden confundirse…muñeca trajeron ¿ves? No es alta ni rubia, es cierto.
Pero seguro no había en la juguetería…No llores nena, me ponés triste. Además no hay que ser desagradecido con los Reyes, son Magos. Pero no siempre pueden hacer magia, tenemos que entenderlos. ¡Mirá si no! A mí no me trajeron nada….¿ves?
Le dije que eso fue por reírse de la hija.
Me conformé, la muñeca tenía linda carita y olor a nuevo.
La tela de la ropa tenía parecido con la de un vestido mío que no veía hacía tiempo.
Lo que más me gustaba era llevarla a la plaza, esta muñequita negra parecía que siempre estaba limpia…Yo me ensuciaba, ella no.
Jugamos muchos meses, muchas horas. No sabía hablar nada pero yo le entendía todo y ella a mí. A la noche dormía a mi ladito bien tapada. Mami la dejaba porque era muy chiquita, había que cuidarla, decía.
Al tiempo, pasó lo que tenía que pasar.
Estaba demasiado sucia le dije a mamá a los gritos, llorando. Mamá repetía una y otra vez Te lo dije, te lo dije, te lo dije…te lo…dije nena!
Yo seguía llorando, no había nada que hacer. Le di un buen baño de agua caliente,  quedó negra el agua,  pero no de mugre. Ella se fue desarmando porque era de cartón.

Cuando mi papá consiguió ese buen trabajo, tuve otra.
Alta, de ojos celestes y cabello rubio largo y sedoso. Era inglesa creo y casi de mi altura, no entrábamos las dos en la cama. Nunca fue mi amiga, era una muñeca que hablaba muchas palabras pero no sabía jugar, nunca se ensució en la plaza.
Mis amigas decían, Te la envidio te la envidio ¡quiero una!
No la regalé porque papá dijo que salió un dineral -nunca supe cuantos billetes era un dineral pero parecía muchísimo-
Yo estaba segura que no era de cartón. Igual nunca la bañé, ni ganas.

V.C.

Comprobación

Posteado en Volver a Ser, reedición sobre Septiembre 30, 2007 por sentires

-¿Y por qué no?
-Porque es peligroso, ya te dije.
-¿Y qué me puede pasar?
-Te podés fracturar o algo peor.
-¿Como qué?
-Te matás.
-¿Y?
-¿Te parece poco?
-¿Qué? ¿Me muero?
-Claro. Si te matás, morís.
-¿Y eso, duele?
-No sé, cuando me muera te cuento.
-¡Papá! ¡Contestame ahora!
-Ya te respondí. No se puede, no hagas eso. Basta.

Se dio vuelta y siguió durmiendo la siesta bajo la media sombra que hacía la lona de la carpa. Mientras, yo pensaba la manera de tirarme desde la rambla, sin golpe, sin dolor. Caer aterrizando sobre la arena. Tenía pensado dar varias volteretas un rato antes de apoyar los pies en tierra.  Le dije a mis amigos, los de la carpa catorce,
-Yo puedo volar.
Gritaron en corito, “¡Mentirosa! Mentirosa!”. No me importó, era verdad.

Yo podía volar. Lo sabía desde la casa de mis abuelos en Paso del Rey. Ese domingo, me tiré del galpón y volé. De dos aleteadas llegué al suelo, así que…Podía, estaba segura.
La apuesta consistía en tres helados por semana, hasta finalizar las vacaciones. Helado con cucurucho y bañado en chocolate. Si perdía, nunca más jugarían conmigo en los veranos. Juraron con la mano en cruz en los labios, Ni el saludo de buen día.
Un poco de susto tuve, “Ni el saludo” dijeron. Y la barra era cumplidora.
Considerando lo grave y serio que resultaba volar, si lograba sostenerme en el aire durante cinco minutos darían por hecho que sabía…Eran más de diez metros en esa parte de la costanera.

La gente grande pasaba y miraba, seguía de largo. No había nada de especial en una nena parada en un punto de esa larga hilera de piedras rugosa, Nena en pie sobre la piedra. Otros tanto igual, o apenas más grandecitos, rodeándola en silencio. No daba para reírse ni de nervios.

Abajo varios con sombrillas, las carpas alejadas y un mínimo espacio de arena, esperando.
Respiré profundo, como antes de entrar al agua. Cerré los ojos. Extendí los brazos y sin pensar en nada incliné mi cuerpo para despegarlo de la piedra.
Salté al vacío.
El golpe tardó en llegar, durante la caída me olvidé de agitar los brazos. Recordé la primera vez. ¿Por qué en ese momento tuve y en éste no? Tuve alas, estaba segura.
-¡Tiene alas! - escuché la voz de Ana, mi amiga mejor.
La señora de malla verde corrió a levantarme, el hombre de sombrero de paja también.
Me sacudí la arena, ni una lágrima, ni un moretón.

Todos los grandes hicieron las cosas de gente grande, se llevaron las manos a la cabeza, unos corrieron otros miraron a un lado y otro buscando a los padres de la criatura.

Mis amigos bajaron corriendo las escaleras y en un momento estuvieron a mi lado.

Yo estaba bien, un poco mareada. Nada más. Cierto que me dolía todo el cuerpo. Y que no pude planear como aeroplano.
Mis amigos dijeron que sí.
Comí varios cucuruchos, hasta que les confesé,

-No pude chicos, ni una vez moví los brazos, caí en picada ¿No vieron?

Ellos hasta hoy, insisten . Dicen que volé porque vieron mis dos enormes alas blancas agitándose, por eso no me quitaron el saludo. Nunca aceptaron que había perdido la apuesta.

Suerte que desde ese momento, quedé bien segura. No sabía volar, ni tenía alas.

V.C.

Sentires -20 de septiembre de 2007-

Las Damas del lago

Posteado en Magia, reedición sobre Septiembre 21, 2007 por sentires

“La primera lleva lámpara de aceite, las otras no. Siguen la estela de luz que va dejando. Unas miran el agua, las piedras, tierra y arena sobre las que pisan. Otras, atentas a los talones de aquella que le muestra la espalda. Para andar seguro sobre seguro, de noche hay que poner el pie donde ya lo puso otro y salió airoso.

La que toma la delantera, es quien guía porque ella conoce dónde está lo que busca. Las de atrás, jóvenes, saben que un día serán portadoras de la luz y así, por los siglos de los siglos harán posta de la lámpara”Teo y Juan, pegados sus cuerpos al suelo, cubiertas las cabezas con pasto seco detrás de altos juncos, miraban atónitos el fantasmagórico espectáculo.
-¿Cuánto hace que estas damas salen del Lago?, preguntó Juan sin quitar la vista del objetivo.
-Desde que tengo memoria mis abuelos contaron que, desde que tuvieron memoria sus abuelos y los abuelos de los otros abuelos, dijeron unos a otros que son Las Damas del Lago. Como verás, etéreas, casi idénticas…Las hay en todos los lagos. En éste se dejan ver un poco más o será que estamos atentos, o que nuestros ancestros fueron precavidos y supieron guardar el misterio a buen recaudo.
-¿Qué misterio? ¡Las estamos viendo! ¿Qué hacen? ¿Salen y entran o sólo salen?
- Salen, en luna llena. Cuando es tiempo de grillos y luciérnagas. Cuando de los pinos caen piñas cuando saltan liebres en el bosque…Ellas llevan luz.
- ¿Luz? ¿A quién le llevan?
-Estás pidiendo que te cuente el secreto amigo…y no lo haré. En cuanto a si salen y entran, se las ve saliendo. Nunca pudimos verlas regresar al lago.
-¡Dime qué hacen por favor! ¡Prometo, no divulgar el secreto!

Entusiasmado Juan levantaba la voz, de queda casi muda pasó a gritar la súplica, pudiendo delatar con ello el lugar desde donde escondidos, observaban.
-No voy a decírtelo, sólo te hago una pregunta ¿Cuántos pájaros crees que habrá en el Mundo?, Teo miraba a su amigo severamente mientras hablaba. Juan tropezando con las palabras agregó,
-¿Pájaros?
-Sí, pájaros. Y baja el tono o no hablemos más.
-No tengo idea exacta por supuesto, pero debe haber ¿millones? ¿trillones? ¿Qué tiene esto que ver con mi pregunta?
-Todo. Dime, ¿Te parece que mueren alguna vez los pájaros?
-Por supuesto! Como todo ser vivo…
-Entonces sería lógico andar pisando, pateando cadáveres de pájaros ¿no crees?
-Y…sí, seguro. Deberíamos.
-Yo en toda mi vida, con mucha suerte debo haber visto dos.
-Yo, ninguno…
Y apenas respirando para no hacer ruido, agitados de ese hablar en secreto…
Miraban como una interminable hilera de Damas de Blanco, ingresaban ahora al bosque.

Viviana Comeron

(Texto inspirado en pintura de Rob Gonsalves)

Esta entrada fue publicada en Septiembre 21, 2007 a las 8:38 pm y archivada bajo Magia, reedición .

El Golpe

Posteado en Dolores, reedición sobre Junio 24, 2007 por sentires

Dejé la bici de mi amigo y como si nada fuera, entré por el corredor de la casa. Calladita la boca.
Era una mañana de primavera soleada y fresca. Mamá me dejó salir a la vereda porque todos los chicos estaban allí -él también-
La calle Cabezón se veía tranquila. Villa Pueyrredón en ese entonces, era una zona arbolada de casas bajas estilo inglés; barrio de ferroviarios de los que alguno queda.

A tres cuadras de la estación podía escucharse muy bien el silbato del tren advirtiendo su paso. Una de las cuadras cerradas daba a las vías y tenía por cerco unas chapas gruesas de ferrocarril con los bordes doblados para adentro, rectangulares y clavadas en la tierra. Nunca transgredimos las aberturas entre una y otra, porque estaba totalmente prohibido por los padres. El tren no perdona, decían.
A Juan le habían regalado una bicicleta. Juan era el más grande, alto y fuerte, su cabello negro lleno de rulos bien dibujados, caía apenas sobre la frente y los ojos marrones enormes eran enmarcados por pestañas que parecían más de jirafa que de persona, él me pestañeaba a propósito seguro ¡Cómo me gustaba!

Siempre se reía de todo –y de todos- pero no de mí porque un día me hizo llorar y de ahí nunca más se rió (menos porque era chiquita y usaba vestidos almidonados y dos trenzas con moño, yo odiaba ese peinado estúpido)

El tenía como once y yo cinco, pero eso qué importaba ¿no?
Todos los del barrio hicieron la fila. Yo miraba sentada en el umbral de la casa de departamentos. Juan dijo,

-Vos también -y me hizo seña con la mano para que me ponga. Me puse.
-Una vuelta manzana y listo eh -decía a cada uno de los que iban subiendo.

Así fue como me tocó el turno. Claro que yo nunca anduve en nada, menos en bici. Pero ya sabía, porque como estuve mirándolos y era la última de la fila…ya sabía.  Más seguridad me dio el escuchar a esa Susana que decía,

-No la dejes Juan, es muy chiquita- y el pobre Juan para que yo no me enoje agregó

-Sí ella sabe ¿no Vivi?

-Claro que sé -respondí airosa y entonces él soltó la bici que tenía agarrada del puño negro para entregármela. Era pesada.
Puse el derecho en el pedal. Tuve que hacer fuerza para que avance y listo…”Falta el otro y ya sale la bici” pero patinó mi pie derecho y el caño del medio me pegó justito.
Me dolió tanto que se llenó mi boca de saliva porque no podía llorar ante el “Uuuy…se mató” que alguno dijo y todos corrieron, Juan el primero.
Me sostuvo la bici que intentaba dejar en el piso,

-¿Te duele? -lo dijo bajito con tono apenado.

No podía caminar pero negué con la cabeza y entré por el larguísimo pasillo de mi casa hasta que cuando estuve frente a mi mami, lloré con todas las lágrimas y la boca bien bien abierta abrazándola tan fuerte, violeta de ahogo.
Lloré el dolor, el bochorno y la bronca de ser tan chiquita y tan tonta.

Viviana Comerón

24 de junio de 2007- Sentires-

Naufragio

Posteado en reedición sobre Junio 21, 2007 por sentires

“El agua me cubría completamente, ya no podía mantener la respiración.
Un silbido agudo como único sonido, perforaba mis tímpanos. Flotaba boca abajo inerte, dejándome llevar por el movimiento del oleaje. Ya llegaba el fin, mejor no ofrecer resistencia. La suerte estaba echada, pretendí dibujar una sonrisa al imaginar el tintineo de las monedas”
“Los lanchones en busca de sobrevivientes, eran varios…la tensión crecía entre los vivos mientras los que agonizábamos, no podíamos escuchar que el auxilio había llegado.
-Alguien ahí- Una voz desesperada salía del altavoz en mano de uno de los oficiales de rescate,
- Alguien ahí- repetía, y otra vez el silencio, la nada. Apenas el movimiento del mar que ahora se mostraba apacible.
La furia del temporal llegó a su fin dejando como muestra, cientos de evidencias hamacándose en el agua”
“Ya debe ser la hora de la leche, mejor salgo. No sea que mamá vuelva a retarme por jugar a que me ahogo…Si será tonta siempre se lo cree, no te digo ahí viene corriendo
El perro quedó en el jardín, ladrándonos. Nosotros abrazados caminábamos apurados.
Nene envuelto y mamá enojada…entramos a la casa”
Nunca pude evitar estos pensamientos sumergido en la piscina, como no pudo ahora borrar la imagen de mi madre, sacándome del agua de un brazo y sin pisar el césped, casi volando a retos… “¡Adentro!”

Viviana Comerón

Sentires, junio 21 2007