-¿Y por qué no?
-Porque es peligroso, ya te dije.
-¿Y qué me puede pasar?
-Te podés fracturar o algo peor.
-¿Como qué?
-Te matás.
-¿Y?
-¿Te parece poco?
-¿Qué? ¿Me muero?
-Claro. Si te matás, morís.
-¿Y eso, duele?
-No sé, cuando me muera te cuento.
-¡Papá! ¡Contestame ahora!
-Ya te respondí. No se puede, no hagas eso. Basta.
Se dio vuelta y siguió durmiendo la siesta bajo la media sombra que hacía la lona de la carpa. Mientras, yo pensaba la manera de tirarme desde la rambla, sin golpe, sin dolor. Caer aterrizando sobre la arena. Tenía pensado dar varias volteretas un rato antes de apoyar los pies en tierra. Le dije a mis amigos, los de la carpa catorce,
-Yo puedo volar.
Gritaron en corito, “¡Mentirosa! Mentirosa!”. No me importó, era verdad.
Yo podía volar. Lo sabía desde la casa de mis abuelos en Paso del Rey. Ese domingo, me tiré del galpón y volé. De dos aleteadas llegué al suelo, así que…Podía, estaba segura.
La apuesta consistía en tres helados por semana, hasta finalizar las vacaciones. Helado con cucurucho y bañado en chocolate. Si perdía, nunca más jugarían conmigo en los veranos. Juraron con la mano en cruz en los labios, Ni el saludo de buen día.
Un poco de susto tuve, “Ni el saludo” dijeron. Y la barra era cumplidora.
Considerando lo grave y serio que resultaba volar, si lograba sostenerme en el aire durante cinco minutos darían por hecho que sabía…Eran más de diez metros en esa parte de la costanera.
La gente grande pasaba y miraba, seguía de largo. No había nada de especial en una nena parada en un punto de esa larga hilera de piedras rugosa, Nena en pie sobre la piedra. Otros tanto igual, o apenas más grandecitos, rodeándola en silencio. No daba para reírse ni de nervios.
Abajo varios con sombrillas, las carpas alejadas y un mínimo espacio de arena, esperando.
Respiré profundo, como antes de entrar al agua. Cerré los ojos. Extendí los brazos y sin pensar en nada incliné mi cuerpo para despegarlo de la piedra.
Salté al vacío.
El golpe tardó en llegar, durante la caída me olvidé de agitar los brazos. Recordé la primera vez. ¿Por qué en ese momento tuve y en éste no? Tuve alas, estaba segura.
-¡Tiene alas! - escuché la voz de Ana, mi amiga mejor.
La señora de malla verde corrió a levantarme, el hombre de sombrero de paja también.
Me sacudí la arena, ni una lágrima, ni un moretón.
Todos los grandes hicieron las cosas de gente grande, se llevaron las manos a la cabeza, unos corrieron otros miraron a un lado y otro buscando a los padres de la criatura.
Mis amigos bajaron corriendo las escaleras y en un momento estuvieron a mi lado.
Yo estaba bien, un poco mareada. Nada más. Cierto que me dolía todo el cuerpo. Y que no pude planear como aeroplano.
Mis amigos dijeron que sí.
Comí varios cucuruchos, hasta que les confesé,
-No pude chicos, ni una vez moví los brazos, caí en picada ¿No vieron?
Ellos hasta hoy, insisten . Dicen que volé porque vieron mis dos enormes alas blancas agitándose, por eso no me quitaron el saludo. Nunca aceptaron que había perdido la apuesta.
Suerte que desde ese momento, quedé bien segura. No sabía volar, ni tenía alas.
V.C.
Sentires -20 de septiembre de 2007-