La Niña

22 06 2007

Era una noche oscurísima de invierno, el viento soplaba en la calle Canale casi al borde de Adrogué. Como si nunca lo hubiese hecho, silbaba en cada ventana, se detenía en las enmarañadas ramas desnudas de los árboles sacudiéndolas como a juncos frágiles.
El matrimonio de la esquina se disponían al té de la noche, ese de jarro con bombilla tan común en el interior, para después de la cena, cuando los platos ya están limpios y un repasador tendido sobre ellos define que así permanecerán hasta mañana…la lluvia era torrencial, golpeaba con fuerza los ventanales “del estar de invierno” como graciosamente lo llamaba Nela.
“Y qué, no es de invierno acaso, te quiero ver en verano con el sol dando todo el día para convertirlo en horno….por eso, es de invierno” Y se reía sacudiendo la panza y todos reíamos con ella.
Lobo, el perro mezcla de labrador con ovejero -y algún otro que justo pasaba por allí el día de su concepción- a los pies de José quien daba una última lectura al periódico en ese final de lunes…
Ya estaba todo dispuesto para el té nocturno cuando los tres escucharon golpes de puño en la puerta que daba paso de la cocina al jardín…quien fuera, debió abrir el portón de madera de la calle y dio la vuelta a la casa por la vereda lateral hasta el patio del fondo, por eso los asustó.
No era para tanto pero esa no era cualquier noche, diluviaba y el viento como ahullido estremecía.
Luego de cruzarse las miradas observaron al perro que sin moverse de su lugar, estiró la cabeza poniendo de punta las orejas y erizando el pelo del lomo…José empujó la silla con las piernas y se encaminó decidido a la puerta de metal, cuyos vidrios labrados marrón y verde, dejaban ver la silueta bajita de una figura humana que parecía de niña.
Y sí, era una niña.
La puerta de par en par la mostraba de cuerpo entero.
Mojados, los cabellos rubios ensortijados caían sobre la frente, un camisón holgado se pegaba a su cuerpo extendiéndose hasta los pies descalzos y en las manos, nada.
-Un poco de pan- dijo seria, chorreando agua. Los ojos celestes de José, ancianos como él, se metieron en los de la niña, también celestes pero abiertos, inmensos, profundos.
Hasta el perro quería verla adentro…la invitaban haciendo ademanes exagerados, pero la niña no se movió.
Nela corrió por pan, José intentaba que pasara a la casa, Lobo lamió sus piecitos…
-Un poco de pan- repitió con la misma voz, infantil, clara y suave.
Al tiempo que le entregaba el pan, Nela giró para buscar un plato de comida, algo había quedado del guiso de esa noche,
-¿De dónde sos querida? ¿De qué barrio? ¿Cuál es tu nombre?- decía mientras imaginaba la pequeña adentro de su casa, secándola, ofreciéndole un tazón de caldo calentito…podría dormir en la cama de Alberto, esa noche estaba de guardia, el hijo no dormiría en la casa.
-¡Pobre criatura de Dios! Qué será de esta niña una noche tan cruel…tan fria, tan…
Al tiempo que Nela ponía el pan en la mano de la niña, José salió en busca de una toalla para envolverla, abrazarla de paso, hacía tanto frío…Lobo se quedó inmóvil, con los ojos perdidos de perro que mira la nada.
Cuando Nela regresó a la puerta con el plato, José traía la toalla y ambos se encontraron con el perro. Asombrados, vieron solo las baldosas del patio y el mismo incesante diluvio pero la niña ya no estaba allí.
Salieron en su búsqueda. José corría a Nela con un paraguas roto, Lobo los precedía, era imposible que hubiese desaparecido en el aire…
-Buscá una linterna José, la de metal que tiene pilas.
Lobo ahora precedía a José, parándose bajo la repisa donde estaba apoyada la linterna de metal…”Este perro, parece humano, cómo entiende, y dónde se habrá metido esta chiquita pobre niña….seguro se agarra una pulmonía y de dónde será, del barrio seguro que no…habrá llegado del interior, de la otra cuadra, no sé…nunca la vimos de eso, estoy seguro”
-La linterna José…
-Ya va mujer.
Los dos se internaron en el jardín, miraron por todas partes. El nogal, el limonero atrás de un laurel medicinal…abajo del pino, cerca de la hortensia. Siguieron por la cuadra, le dieron vuelta a la manzana linterna en mano y perro al frente. Y el único paraguas roto.
Nada…La niña había desaparecido.

Amaneció sin sol. Llovió toda la noche, ambos permanecieron despiertos, imposible librarse del insomnio con semejante historia que en verdad ocurrió. No recuerdo si dije la calle, Canale al 1789 en el límite justo en que José Mármol, se convierte en Adrogué.
Nunca olvidé el número por ser el de la Revolución y el de la casa de mis abuelos, por supuesto.

Viviana Comerón

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