El Globo

22 06 2007

Esa noche fue especial, única. No volvimos a tener otra igual. Hubo claro que sí, muchas apasionadas casi soñadas aunque reales. Pero como esa primera, nunca más.
Hacía tanto tiempo que nos escribíamos que hasta el pensamiento del otro durante la lectura se introducía, aunque la letra dijera lo contrario, acertábamos con esa primera impresión que causa cada línea, una frase o un párrafo.
Nos conocimos una tarde ventosa de noviembre. Puerto Madero es especial para un café. Fueron dos. Más de cuatro horas hablando y luego caminamos ida y vuelta por la costanera que pasa cerca de las dársenas. Ya de noche regresé, sola.
Luego un mail, casi una disculpa por no haber podido prolongar más el buen momento que compartimos. Me gustó su rostro, la prestancia, el decir, la conversación y ese discurso que profundizamos más allá de lo previsto, pero menos de lo que yo hubiese deseado. El correo se sucedió sin interrupción, dos, tres y hasta cuatro veces por día nos comunicábamos para contarnos o responder lo que fuera, primaba sostener el diálogo. No quisimos perder la relación que se estrechaba con el paso de los días.
Una noche, me invitó a pasear en globo. Trajo un aerostático multicolor, divertido, insólito. Yo llevé a bordo, dos copas y una botella de champaña helada. También abrigo, el viento y la altura generaron un brusco cambio de temperatura. Pero en la canasta compacta y entre almohadones se estaba bien, resultó confortable. La llama encendida permanente, aportaba calidez a la penumbra interior.
Comenzamos hablando, riendo de cualquier cosa, real o imaginaria Le confesé que estaba nerviosa y argumenté que temblaba por el frío y la sensación extraña que provocaba el estar flotando en el espacio a expensas del viento.
No pude negar que me deslumbró la noche y los millones de estrellas que comenzaron a ser visibles a medida que el globo alcanzaba mayor altura. Cuanto más alto, más oscuro, más profundo, infinitos soles al alcance de las manos.
Sabía mucho más que yo de astronomía, me encantó tener tan cerca las constelaciones fui el observador dentro del Planetario, estaba incluyéndome en cada forma del firmamento, ya no distinguía las fronteras entre el yo y el otro…Todo es uno, pensé.
Deslumbrada, como mujer al borde de caer en enamoramiento, todo me pareció magnífico, perfecto, natural. Comencé a sentirme segura entre sus brazos, nuestros cuerpos se dieron calor. Fue consecuencia lógica el sacarnos las ropas, no hizo falta más que acerarnos para fundirnos. Nuestras bocas se unieron en un beso prolongado, fue el único tal vez, porque no dejamos margen al siguiente. Uno solo permaneció el resto del viaje.
Hicimos el amor de la manera más sensual, erótica y romántica que pude haber imaginado. Sin palabras, sin pedirnos nada nos dimos todo y no hubo errores ni movimiento alguno que no coincidiera. Fuimos los únicos bailarines de una danza etérea que sin música, nos dejó bailar lento hasta llevarnos al desenfreno con una fantástica melodía que podía escucharse con el alma.
Descendimos. Frente a mi pantalla, el globo aerostático elegido por mi amante, el que nos llevó a recorrer otras galaxias, seguía en el recuadro pequeño que le otorga el programa, inerte, colorido.
En la suya, el mío… ahora descansaba de la travesía y haciendo un guiño, desapareció luego que nos despedimos con un “Hasta mañana, que descanses amor, hasta mañana”.

Viviana Comerón

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