La mejor del barrio

24 06 2007

Frente a ese intenso dolor, no pudo menos que arrancar un alarido al alma, y como de lobo salió y duró buen rato flotando para que lo escuchen. Que lo escuchen bien, que lo escuchen todos.
El vecindario entero se asomó, parecía seria la cosa y el mundo circundante se juntó frente a la casa de Don Emilio, la blanquita de la esquina

-Esa, la del pino enorme en el jardincito pequeño….

-¿La que parece que se le caerá el pino encima? Sí, esa misma. Pero hasta ahora no le cayó y mirá que soportó tormentas y vendavales eh…pero nada, la casa y el pino siguen en pie.
La señora de Don Emilio murió de neumonía el mes pasado.
La gente lamentó su partida sobre todo por los sabrosos dulces que cada invierno preparaba y con cordialidad de vecina de antes de las que ya no quedan, distribuía generosa entre todos. Que para el nieto de fulana, para el sobrinito de mengana, que para el hijo de la nueva, que para el…Señor solo de la otra cuadra, ese el de ojitos celestes, el de cabello blanco…

-¡Ese, Viejo!, el que camina derechito y despacio todo trajeado de domingo siempre, ¡pero che! ¿cómo que nunca lo viste?…Se llama Alberto, no le gusta que le digan Don…¡Ah siempre tan despistado vos!
A ese vecino también Doña Eloida le regalaba dulces. Y galletitas para la tarde o para el desayuno…
-¿Lo ayudamos en algo Don Emilio? -dijo con voz grave y firme el marido de la del fondo asomando la cabeza por entre la reja de la cerca.

-A ver, hombre, deje pasar…hay que abrir la puerta, no sea que esté grave…¡Don Emilio! ¿se puede? -avanzó otro decidido pero con cierta cautela, la que otorga el poco de miedito que a uno le da mirar para adentro de algún grito feo. Tomó el picaporte y abrió, estaba sin llave como todas las puertas del vecindario.

Y lo vieron. Rodeado de papeles, ovillos de lana, carreteles de hilo empezados, alfileres con cabecitas de colores y en medio de tanto desorden el Emilio llorando, sentado en el piso con las rodillas recogidas en el mentón y un montón de papeles arrugados en las manos.
Eran como diez los que veían al pobre hombre llorar.
Una de las mujeres se acercó para consolarlo, el hombre que se animó a entrar la detuvo y meneando la cabeza dijo, Dejalo -solo con un gesto, sin hablar…
En el papel arrugado que Emilio tenía en su mano,  se podía leer de una letra enorme, aniñada y temblorosa…Mi amado Alberto:
Entonces todos salieron de a uno, como entraron.

Viviana Comerón

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