El Hombre de negro

25 06 2007

Nunca supimos cómo lo logró, ni por qué eligió el final del invierno. Lo cierto es que dicen que remontando vuelo dejó la tierra y no volvimos a verlo.
El hombre era taciturno, no hablaba con nadie en el barrio, apenas un gesto con la cabeza insinuaba la respuesta al saludo que como era costumbre le dirigían los gentiles vecinos.
Lo mirábamos pasar con mis hermanos, los tres pegados a la ventana del living los días helados de invierno.

El señor era muy alto y delgado. Usaba un sobretodo negro y largo hasta los tobillos, botas de cuero, pantalón gris y polera de lana blanca. Una bufanda escocesa verde, negra y amarilla que le envolvía el cuello y la boina ladeada, le daban cierto aire de extranjero.
Siempre iba con un libro diferente en la mano, lo balanceaba con el mismo ritmo que sus brazos marcaban la marcha. Parecía desfilar, nos daba risa porque a esa edad cualquier cosa nos causaba gracia.
Pero con este hombre, la cosa era diferente. Nos reíamos escondiendo la cara, no sea que fuera a vernos, un poco de respeto o temor generaba el Señor de quien nunca supimos el nombre porque no nos atrevimos a entablar conversación -tampoco él daba lugar, para qué negarlo-
Vivía en una casa sencilla frente a la nuestra. Tenía jardín y terraza. A toda hora se veía un perro negro….Del animal, solo sabíamos que era un labrador y de los más grandes. Nunca ladraba, parado en la verja del jardín o entre los hierros que hacían de balcón de la terraza, nos miraba atento como vigilándonos.
Un día vimos que el hombre entraba y salía de la casa con paquetes, haciendo varios viajes en término de pocas horas. Para enterarnos de las novedades, montamos guardia los tres. Imaginábamos tantos disparates con el pobre objetivo en la mira…pero nunca pudimos confirmar ni uno solo de los argumentos que inventamos.
Al día siguiente, telas de colores flameaban en su jardín. El perro echado seguía los movimientos de su amo sin acercarse al traperío,”Lo tiene muy bien adiestrado”, comentábamos “¿Se imaginan qué haría nuestro perro salchicha entre esas telas agitadas por el viento?”.
Por la tarde, un flete le llevó el canasto enorme. Era tan grande que debieron pasarlo por encima del cerco y lamentamos que fuera bastante tupido el ligustro, no permitía ver los detalles “¿Y si vamos?” -dijo mi hermano -Total, ¿qué nos puede decir?”
-Vuelvan a su casa niños, no sean entrometidos- Fue la respuesta que recibimos con marcado acento de otro lado.
Regresamos desilusionados. No vimos más, ni supimos qué tramaba. Eso sí, nos enteramos que el hombre no era mudo y posiblemente germano aunque mi hermano dijo que su acento era francés.
Aburridos de mirar al vecino y obligados por el reto de papá, abandonamos el ventanal. Al fin, que ya estábamos cansados del vidrio helado en donde apoyábamos las narices.
Nunca nos perdonarnos el no haber resistido en esa posición.
Cuando llegó la primavera, un día nos dimos cuenta que el Señor de la esquina no pasaba por nuestra vereda ni por la suya. Las ventanas de la casa permanecían cerradas, el perro no estaba y los pastos del jardín habían crecido tan alto que se confundían con el cerco.

Se comentó que una noche serena al final de ese invierno, tres hombres conocidos del barrio vieron elevarse un canasto enorme. Dijeron que telas livianas traslucían fuego que parpadeaba en el centro .

De la versión, los mayores detalles estaban puestos en el ladrido de un perro. Aseguraron que provenía del cielo.

Viviana Comerón

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One response

28 06 2007
fralvar

Encantador y acertado. Los perros van al cielo. Cariños

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