La Pecera

30 03 2008

No supo si accedió a quedarse con ella por desgana, por soledad o simplemente porque desde siempre le habían atraído los objetos de cristal. Éste, además, incorporaba tres vidas encapsuladas que, según se mirase, podrían servirle de entretenimiento, o de alivio: siempre consuela comprobar que hay aburrimientos peores que los propios.
De ciudad en ciudad, parecía que al fin había encontrado su destino laboral; por esa razón se había decidido a comprar la casa. Fue la primera que le enseñaron en la agencia inmobiliaria y le gustó desde el primer instante o, más que eso, descubrió que tanto la disposición de las habitaciones como el mobiliario elegido por los antiguos propietarios parecían diseñados y escogidos por él en persona. Por eso no cambió nada y tampoco pensó en deshacerse de la pecera, ni de los tres peces de colores que la recorrían incesantemente, como él hasta entonces había recorrido el mundo.
Se sentía a gusto en aquella casa. De cuando en cuando, entre ojeadas al diario o a un libro, contemplaba las evoluciones de los tres peces y se quedaba unos minutos absorto, rememorando, estableciendo absurdas similitudes entre su pasado y el monótono discurrir de las tres vidas atrapadas. Había recorrido el mundo y no había visto nada, o peor, había visto siempre lo mismo: idénticos despachos, idénticos rostros, idénticos papeles para rellenar y firmar…
La primera alteración en la pecera la atribuyó a un efecto óptico. Quizá la luz de la lámpara hubiese causado un reflejo porque casi podría asegurar que había visto su sillón de lectura dentro del agua, chiquito pero inconfundible.
Al día siguiente ya no fue sólo su sillón de lectura. A la visión subacuática la acompañaban el otro sofá y la mesita de centro; parte de la alfombra quedaba también a la vista.
Cambió la pecera de lugar. Si era un reflejo –se dijo- no volvería a producirse con el traslado. Sucedió todo lo contrario. Cada día que pasaba la imagen se ampliaba, mostraba aspectos de su salón con mayor nitidez y con aumento de detalles, incluso demasiados detalles porque a la imagen, o lo que fuese aquello que tanta claridad cobraba en el fondo de la pecera, se sumaban objetos que no estaban en la habitación. Sobre la mesita de centro, por ejemplo, había un pequeño jarrón con una rosa que él jamás había visto. Era cosa de locos y, sin embargo, cada atardecer sentía más prisa por llegar a casa y descubrir qué novedad le deparaban ese día las imágenes contenidas en la pecera.
Cuando apareció ella dentro del recipiente se sobresaltó. Al principio ni se fijó, abstraído como estaba en descifrar un retrato que había aparecido en una esquina de la cómoda. Después, durante la semana, volvió a verla todos los días, diminuta, serena, sentada en el sofá, en “su” sofá, leyendo. Estaba hermosa allí, sumergida, tanto que ya no le importaban los otros detalles que se iban sumando al conjunto. Sólo ella le importaba.
El sábado, mientras la observaba, vio cómo la mujer se giraba hacia el teléfono que sin duda habría sonado. Descolgó y, de repente, dejó caer el auricular y se cubrió la cara con las manos. Los siguientes tres días pudo ver la misma escena repetida con diferentes agregados: el libro cayendo de sus manos, la convulsión de sus hombros, explícita del llanto y, por fin, la retirada de sus manos y la visión de su rostro desencajado, doliente. Alguien reclamaba su atención. Un niño. La mujer le dijo algo y el niño se dio la vuelta, despacito. Ahora podía verse también la pecera dentro de la pecera. Todo estaba sucediendo muy deprisa. El niño se subió a una silla para alcanzar la pecera, la acercó hacia sí y pudo ver cómo dos gruesas lágrimas caían sobre ella y se confundían con el agua.
Recordó que su abuela le contaba la leyenda de las lágrimas infantiles. Las lágrimas de los niños, le decía su abuela, contienen en su fondo todo el dolor y la pena que las causa.
Y decidió que la mañana siguiente, a primera hora, iría a la agencia inmobiliaria a preguntar por los antiguos propietarios de la casa, de su casa.

Celia -desde España-

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3 responses

30 03 2008
sentires

Me ha encantado tu cuento Celia! Gracias por compartirlo.
Muchos besos en un abrazo,
Vivi

2 04 2008
ElMago

4:50 de la maana, y desde algun lugar llego a tu blog, estimada Sentires.

Y este cuento… me ha dejado intrigado :)

2 04 2008
sentires

Me imagino Mago, es porque intriga.
La Pecera es un cuento escrito por una gran amiga, Celia -quien ya debería tener varios publicados, se resiste-
Una de mis categorías es “De mis Amigos”.
Algo de lo que escribieron dos de ellos, subí a mi blog. Otro es Hugo cuyo “Ocio” está debajo de este cuento.
Un beso por el reencuentro (sin querer) otro por el próximo retorno (voluntario)
Vivi

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