Con música de fondo

20 11 2008

Los domingos visitaba a mi tía Diana. Ella vivía en Paso del Rey en una casona antigua, Damián, mi novio en ese entonces, a veces me acompañaba.
Esos domingos, la fiesta era completa.
Nos divertía comer higos en el fondo, donde el jardín se iba perdiendo, correr gallinas cluecas. Sacar de las orejas a los conejos de angora de sus cubiles. Y ni hablar de espantar al gallo que se empecinaba en volar para esquivarnos. Un escándalo entre nuestras risas y el canturreo de los pobres bichos asustados.
-No sean infantiles, niños ¡Cordura! Entren, ya está listo el almuerzo.
Todos sus sobrinos la queríamos mucho, aunque nos reconoció siempre como a sus preferidos por compañeros cariñosos y tolerantes.
Sí, verdaderamente lo éramos. Su soltería la fue llevando despacio pero irremediablemente hacia una insoportable manía con el orden y la limpieza, hasta las aves de corral olían a colonia inglesa y la perra vieja, su compañera fiel, seguramente nunca tuvo el placer de rascarse una pulga, ni de vérselas con un perro ¿Qué es eso?
Tía Diana tocaba muy bien el piano. Decía que abrir el suyo para comenzar, era como entrar a misa los viernes, el aroma a incienso de la madera formaba parte del ritual.
Después del almuerzo, a la hora de la siesta, tocaba su repertorio en un Phillippe Herz Neveu 1822 Siempre la bromeabamos con su piano marca de vino añejo, ella cerraba con la misma frase,
-Sí, claro. Pero escuchen como suena, escuchen.
Algunas veces no recordaba un tramo de la obra y buscaba la partitura, se calzaba furiosa los anteojos y decía “No puede ser ¡Cómo voy a olvidar esto! ¡Tengo que practicar!”
En ese momento, mientras absorta entre el pentagrama y el teclado reiteraba una y otra vez la parte olvidada, nosotros nos desplazábamos sigilosos hasta el dormitorio de huéspedes. Cerrábamos la puerta y entre acordes y arpegios hacíamos el amor lo más rápido imposible. Y así como volaban las manos de mi tía interpretando Marcha Turca, las de Damián me recorrían. Así como acariciaba las teclas en un Para Elisa enternecedor, él me sometía a sus deseos y mordíamos de placer las sábanas cuando la Danza del Fuego alcanzaba el cenit en medio de la sala.
Por fin, con un acorde estrepitoso, Tía marcaba el final del concierto.
La puerta del dormitorio permanecía cerrada un rato más.
Eso sí, nunca con llave. Manías.

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