Es Mujer

8 03 2009

Fui la primogénita. Luego dos más.
Cuando nací, dejé alelado a mi padre que siendo muy joven, permaneció buen tiempo sentado en un sillón sin poder moverse, su cara entre las manos y un pañuelo arrugado en el puño que desplegaba buscando algún resto de tela seca.
Yo estaba detrás de un vidrio, a pasos. El médico insistía,
-Joven, venga acompáñeme le muestro a su hijita…Levántese hombre, todo está bien. Es mujer, hermosa y sana. Y de un brazo lo trajo a mí. Ambos llorábamos, yo con la boca abierta. Él con los ojos cerrados y sacudiendo los hombros.

Crecí a su lado. A imagen y semejanza construí un Hombre que se le pareciera, que fuera tan fuerte como un Superman, tan firme como roca, tal alto como un monte, inteligente y capaz de resolverlo todo…De muy mal carácter a veces, de genio variable y de un sano humor y magnífica carcajada. Sociable. Tan previsible como inesperado, antagónico conquistador de mundos…Y de mujeres.

Cuando ya no estuve enamorada de él, apareció la imagen de mi madre que claro que siempre estuvo cerca
¡Y cuánto y cómo estaba!
Me encontré entonces con otro espejo en el que mirarme.
Observé que mi padre era lo que ella forjaba. Esa Mujer tenía yunque y fragua.
Ella lo hacía inmenso lo construía a diario y le daba la fuerza para sumar a la suya, lo alentaba y desafiaba. Se oponía y rechazaba o aplaudía asintiendo. Y casi en secreto, decía a mi oído refiriéndose a él,
-Hay tierra fértil, por eso puedo.
Luego, la historia es larga y por momentos torna infeliz.

Así es la vida, de cales y arenas de risas y llantos, de los que se resucita gracias al siempre atento Ave Fénix que nos habita. Y en cada renacimiento, si miramos bien, hay una Mujer que se sostiene y sustenta, que abraza y adora poniendo pasión en lo que hace. Y si miramos mejor, a su lado -real o de recuerdo- hay un Hombre que inspira, insta, motiva, incita, marca senderos.

Por todas estas cosas y más, celebro ser Mujer. Y ser otra cada vez que puedo, transmutar en Una mejor:
Digna de ostentar la función de Madre –de propios a los que siempre se suman ajenos- cada día, ante cada nueva propuesta desafiante, escollo, pendiente, abismo o cima.
Sólida aunque maleable, Firme como roble pero dúctil como junco, sosteniendo el buen humor a pesar de las tormentas, disponiendo la imaginación atenta para crear nuevas y mejores circunstancias.
Creyendo en lo que digo Creer y actuando en consecuencia, demostrarlo.
Orando para rogar me sea dado más Amor, para Dar y Recibir en abundancia.

Especialmente, los 8 de Marzo, no sé por cuántas razones más, Soy Feliz como festejando mi cumpleaños.
V.M.C
Noviembre 5 del 2007

Anuncios




Rescate

25 02 2009

fenix1-con-mujerSe cortó la luz. Esperé un momento quieta en el sillón. Nada.
Reparé en la serena respiración que acompañaba el leve e imperceptible movimiento de mi cuerpo, suave ir y venir del inspirar y espirar. Conté hasta cuatrocientos de estos.
Durante ese tiempo, del que perdí noción, reconocí que ningún pensamiento atravesó mi frente -porque allí se alojan, como pantalla de cine, en la frente-
Ninguno a la vista. Me asusté. Imposible no pensar.
Por la persiana entreabierta se filtraba un mínimo haz. Claro, de luz.
Igual no veía casi nada, un mareo intenso me hizo perder el equilibrio. A tientas, esquivando la mesa del centro, el sillón de un cuerpo, el piano, la planta, la lámpara de pie y el revistero, llegue hasta el pequeño cajón del aparador, donde te guardé.
Lo abrí sin esperanza de encontrarte vivo, no más que cenizas, pero miré igual con cierta ilusión. Tonta, me dije, no va a estar. Y no estabas ni de rastro.
Te pensé fuerte, fuertemente. Cerré los ojos, como cuando era niña y soplaba las velas de la torta, sacando con el aire el deseo del alma. Puse toda mi energía en recobrarte, te llamé desesperada aunque en silencio. Entonces ocurrió.
Del fondo del cajón asomaste la cabeza como diciendo -Ya voy, no grites.
Se cayeron varias de mis lágrimas sobre tus flamantes plumas y extendiendo las alas, me diste tan fuerte abrazo que volví.
Gracias mi querido Ave Fénix. Gracias por resucitar siempre a tiempo para que yo renazca.
V.C.
Publicado el 10/04/08





Comprobación

29 07 2008

-¿Y por qué no?
-Porque es peligroso, ya te dije.
-¿Y qué me puede pasar?
-Te podés fracturar o algo peor.
-¿Como qué?
-Te matás.
-¿Y?
-¿Te parece poco?
-¿Qué? ¿Me muero?
-Claro. Si te matás, morís.
-¿Y eso, duele?
-No sé, cuando me muera te cuento.
-¡Papá! ¡Contestame ahora!
-Ya te respondí. No se puede, no hagas eso. Basta.

Se dio vuelta y siguió durmiendo la siesta bajo la media sombra que hacía la lona de la carpa. Mientras, yo pensaba la manera de tirarme desde la rambla, sin golpe, sin dolor. Caer aterrizando sobre la arena. Tenía pensado dar varias volteretas un rato antes de apoyar los pies en tierra. Le dije a mis amigos, los de la carpa catorce,
-Yo puedo volar.
Gritaron en corito, “¡Mentirosa! Mentirosa!”. No me importó, era verdad.

Yo podía volar. Lo sabía desde la casa de mis abuelos en Paso del Rey. Ese domingo, me tiré del galpón y volé. De dos aleteadas llegué al suelo, así que…Podía, estaba segura.
La apuesta consistía en tres helados por semana, hasta finalizar las vacaciones. Helado con cucurucho y bañado en chocolate. Si perdía, nunca más jugarían conmigo en los veranos. Juraron con la mano en cruz en los labios, Ni el saludo de buen día.
Un poco de susto tuve, “Ni el saludo” dijeron. Y la barra era cumplidora.
Considerando lo grave y serio que resultaba volar, si lograba sostenerme en el aire durante cinco minutos darían por hecho que sabía…Eran más de diez metros en esa parte de la costanera.

La gente grande pasaba y miraba, seguía de largo. No había nada de especial en una nena parada en un punto de esa larga hilera de piedras rugosa, Nena en pie sobre la piedra. Otros tanto igual, o apenas más grandecitos, rodeándola en silencio. No daba para reírse ni de nervios.

Abajo varios con sombrillas, las carpas alejadas y un mínimo espacio de arena, esperando.
Respiré profundo, como antes de entrar al agua. Cerré los ojos. Extendí los brazos y sin pensar en nada incliné mi cuerpo para despegarlo de la piedra.
Salté al vacío.
El golpe tardó en llegar, durante la caída me olvidé de agitar los brazos. Recordé la primera vez. ¿Por qué en ese momento tuve y en éste no? Tuve alas, estaba segura.
-¡Tiene alas! – escuché la voz de Ana, mi amiga mejor.
La señora de malla verde corrió a levantarme, el hombre de sombrero de paja también.
Me sacudí la arena, ni una lágrima, ni un moretón.

Todos los grandes hicieron las cosas de gente grande, se llevaron las manos a la cabeza, unos corrieron otros miraron a un lado y otro buscando a los padres de la criatura.

Mis amigos bajaron corriendo las escaleras y en un momento estuvieron a mi lado.

Yo estaba bien, un poco mareada. Nada más. Cierto que me dolía todo el cuerpo. Y que no pude planear como aeroplano.
Mis amigos dijeron que sí.
Comí varios cucuruchos, hasta que les confesé,

-No pude chicos, ni una vez moví los brazos, caí en picada ¿No vieron?

Ellos hasta hoy, insisten . Dicen que volé porque vieron mis dos enormes alas blancas agitándose, por eso no me quitaron el saludo. Nunca aceptaron que había perdido la apuesta.

Suerte que desde ese momento, quedé bien segura. No sabía volar, ni tenía alas.

V.C.
Reedición
Sentires -20 de septiembre de 2007-

Editar | 13 Comentarios »





El Mago Blanco

28 06 2008


Posteado en Magia sobre Agosto 26, 2007 por sentires

Lo mío se transformó en obsesiva investigación.
Durante la empresa, hallé a más que lo conocieron y también desean encontrarlo.
Algunos dicen que es leyenda, que nunca existió. Otros mencionan con detalle las horas y días que pasaron juntos. Muchos, ni quieren decir. Juran que es cuento.
Recorriendo las calles de su tierra, esa que entre mar y montañas se yergue airosa,
angosta y fértil, pude conocer más de esta leyenda cuento historia de vida, relato
mentira o verdad verdadera.
Lo cierto es cierto, aunque crean pocos o nadie.
Lo que es, Es.

Hombre común, alto delgado, gesto austero.
Serio, apenas mínima sonrisa. Las manos quietas al hablar. Sin grandilocuencia.
Sereno. De andar lento. Por momentos, Niño. Otras como un Hombre, joven, adulto, anciano. Muta. Voz profunda, ahuecada al oído como proveniente de un tubo de madera.
Para todos tiene un nombre diferente, cuestión que aún no damos con el suyo.
Pero para distinguirlo en el cuento -si es que es cuento- lo llamaré “Rafael”

Vive en un barrio alejado. O dos o tres, porque nunca va para el mismo lado al irse.
Sale temprano con ropa sencilla, limpia y humilde. Huele a lavanda.
Algunas veces lampiña la cara, otras, barbado de semanas. En su mano derecha, una carpeta. En la izquierda, nada. Balanceando ambos brazos, camina sin exagerar la marcha. Parece que ése es su trabajo, caminar.

Aunque seguro sabe siempre adonde va.

Esa mañana, las calles concurridas por todos los que realmente llevan apuro.
Por dormidos, preocupados, por rutina por ansiosos, por nerviosos, interesados o apáticos. Mendigos sentados en las veredas. Mujeres fregando otras veredas.
Agentes para ordenar tránsito que en todas partes desordenan. Semáforos, autos, transportes, bocinas, bicicletas, plazas. Niños a la escuela, madres amorosas. Madres golpeadoras por nada, pero en público. De todo había. Como en cualquier ciudad.
Los negocios recién abrían sus puertas, y los comerciantes con idéntica maniobra, acomodaban la mercancía.
Y por allí pasaba yo.
Buscaba un café. Iba por mi desayuno.
Lindo lugar encontré. Tomé un periódico del revistero, ubiqué una mesa cerca del ventanal. No leí el diario, había mucho para ver afuera.
El hombre se detuvo, cambió la carpeta de mano y miró. Me miró.
Yo respondí. Grandes ojos almendra, luces.
Levantó la derecha, palma extendida. Saludo tribal.
No sabía de quien se trataba. Al gesto gracioso, respondí con mi diestra.
Entró, se sentó sin que lo invitara. Osado.
En ningún momento dijo su nombre –Rafael-
Preguntó por el mío, -“Completo”- dijo. Pregunté por el suyo, algo me distrajo, no escuché o no lo mencionó –Rafael-
-Por qué me habrá elegido- me dije, pero no hice la pregunta.
-Estoy trabajando. Por eso te elegí- Respondió.
-Ah…¿Así trabajas? ¿Cómo? ¿Anotas? Veo muchos nombres en la lista en la que me agregaste.
-Mis pacientes. Son pacientes porque esperan ser curados.
-¡Yo no estoy enferma!, respondí en tono más alto, bien derecho el torso.
-Eso crees. Pero sanarás. Luego vendrá el pago.
-¿Qué te pagaré? ¡No creerás que soy adinerada! Estás poniéndome nerviosa, aclara esto.
-Te elegí porque tienes Fe y algo más. Sólo por eso. ¡Los incrédulos son tan difíciles! Todo lo cuestionan, no dejan hacer. Debes ser dócil Mujer.
-No soy dócil, dije.
-Lo serás- firme fue su respuesta.
Desde esa última frase, no hablé más. Él lo hacía mientras tomaba agua mineral. Mi café con leche se enfrió. Bien sé que estuve atenta. No perdí una palabra de Rafael, aunque no puedo recordarlas.
-¿Te volveré a ver? Dije con tono aniñado, casi un “Quédate”.
-Puede ser, Gracias.
-Gracias ¿por qué?
– Por permitirme entrar- Se puso de pié, se acercó a mí y dejó tres besos. Uno en cada mejilla. El tercero en la frente.
Se perdió entre la multitud, pero no pudo hacerlo de mi vista.
Frente a un joven disfrazado de malo se detuvo. Negro el atuendo, aros tatuajes y pulseras con pinches de acero, morral y manos libres que con un gesto negó, le palmeó el brazo y siguió caminando.
Rafael también, para el lado contrario.

Enfermé como él anunció. Me curé como predijo.
Estoy buscándolo desde el día que me dieron de alta.
No me gusta quedar endeudada, deseo saber en qué consiste el pago y el Algo más, que al pasar mencionara.
Si alguno sabe de él, recompensaré cualquier dato que pudiera brindar.
Para contactarse conmigo, por favor deje su comentario al pie.
Eternamente agradecida.
VC

Editar | 16 Comentarios »





El Abuelo de Juan

8 05 2008

-Posteado en Volver a Ser sobre Agosto 20, 2007 por sentires-

El pueblo en medio de la nada era como todos los de campo, rutinario y silencioso. Mucha naturaleza pero aburrido.
Dos escuelas, una fábrica de queso, las vías del ferrocarril cerca de la plaza de tres hamacas y un tobogán. Jardines floridos y gallinas orondas por la vereda. Los caminos de tierra y esos cercos pintados de todos colores para terminar los restos de pintura.
El almacén general en una esquina, Venga y vea, Ud. encuentra lo que quiera. En la otra, apenas una cuadra a la derecha, la Farmacia “El Amaneciente”.
Afuera, alguna vaca aburrida de pastorear, varios caballos sueltos y una veintena de perros de nadie. Dormidos, quietos o ladrando pájaros.
Los niños jugando con cualquier cosa que pareciera un revolver, un barco, trompo, bolitas, rayuela, sogas y a saltar.
Juan nunca dormía siesta. Vagabundeaba. Los otros a la cama y chito. Pero él, pescaba con una rama y el hilo sisal colgando, carne en el anzuelo, lombriz o nada. El arroyo quedaba a poco de la verdulería de su abuelo. Llevaba una bolsa de mandarinas y una lata vacía.
-Se divierte barato, déjenlo ¿a quién molesta?, decía el abuelo recostado en el sillón de mimbre.
-¿Me acompaña Nono? Dele, no hace calor, ni hay mosquitos le juro, no hay. Venga conmigo…dele Nono.
Nunca iba desde hacía rato, igual se dejaba rogar.
Un día el abuelo de Juan murió.
Lo encontraron en el mismo sillón de siempre como dormido, pero muerto.
El velorio duró tres días, correspondía entonces.

Todos fueron, el viejo era buen amigo y querido.

Con ramitos de geranios, algunas margaritas y pocas rosas se llenó de olor a flores el dormitorio.
Mal la cosa. No le gustó nada enterarse que la muerte también le llega a los seres que uno quiere.
Sin decir palabra, lloró quedo y sostenido. De vez en cuando, respiraba profundo para tragarse los mocos y seguir llorando al viejo que le contaba cuentos a la noche. Recordó la merienda, el viaje en carro al pueblo grande. El primer barrilete, la práctica de goles en el descampado. El abuelo hacía todo bien, por eso lo imitaba hasta en los eructos.
-No, no quiero- Contestó a la fuente de pastelitos que le ofreció una vecina con cara de circunstancia.
Y le llegó el tiempo de pañuelo a la manga del saco. Por fin, extenuado, sentado en el piso frío se durmió unas horas. Se despertaba de a ratos, podía verle asomar la nariz al Nono envuelto en puntillas. Para acercarse no le alcanzó el coraje, pero él lo veló los tres días sin aflojar.
Cuando llegó el momento de ir a la capilla, fue a peinarse.
Lavó su cara trigueña y vio al Nono en el espejo.
Se frotó los ojos. El rostro seguía puesto en medio del óvalo con marco de madera.
-¿Sos vos Abuelo?- dijo temblando a la imagen tan querida.
– Claro, soy yo. No llores, ni pienso irme. Serenidad amigo. El abuelo se queda con usté ¿sabe? Deje de llorarme. ¿No escucha que le hablo? Ya me llevan, pero le propongo algo…
-¿Qué cosa?, dijo entre sollozos.
-¿Qué le parece si nos encontramos en el arroyo? No vayamos al cementerio, lo invito a pescar.
Y salió Juan del baño bien peinado con los ojos chiquitos, rojos.
Con la ramacaña, tarro y pantalón arremangado, pasó delante de todos.
-¿A dónde vas nene?, dijo su madre.
Salió de la casa sin responder. Lo llamaban, él ni se dio vuelta.
Sus patitas de palo sabían correr muy bien. Esa tarde parecían volar.
El abuelo iba a la par, flotando.

V.C





Oda a la Noche

1 05 2008

Espera agazapada que transcurra el día como cazador atento a la presa.
Le permite explayarse, mientras la luz se consume de hora en hora
Que luzca su algarabía el día.
Que se vanaglorie del poder indudable de evidenciarlo todo. No hay misterio. Nada se adivina.
Ella goza, mira de lejos y como pirata calculando el próximo botín, espera.
Es paciente. No tiene prisa. Todo llega.
Nacerá en medio de rosados, violáceos y amarillos, la antesala.
Y cuando del horizonte ya no queda más que una línea de brillo, es su turno.
Envuelve aunque aflige a cuanto se esfuerza por permanecer.
Ahí está, desplegando el telón. Miríadas de soles. Todos se muestran. Salen a escena diamantes, cuarzos como pendientes del firmamento.
¿Quién es ahora poderoso?
¿Quién puede arrogarse el privilegio de millones de ojos contemplándolos?
Rostros al cielo, miradas de ojos abiertos escudriñan y señalan fascinados.
Dime..¿Quién?
¿El Día, con su Sol que hiere, el que no da lugar más que a fruncir el ceño?
O la Noche, con sus millones de soles frios, titilantes.
No abraza, acompaña. Contiene. No hay nada más allá que ella misma, para ser admirada.
La Noche susurra mientras que el Día, clama.
Serena el cuerpo, alerta la mente. Tiempo de crear, de amar, besar. Soñar.
La Luna se presta y refleja. Tenue luz.

Oda a la Noche
Posteado en Volver a Ser sobre Agosto 12, 2007 por sentires





Nacimiento

30 01 2008

Al sur del Sinaí, una caravana avanza en el desierto rumbo a Daraw.
El guía canta al ritmo de una yamania que entre sus manos pone música al paisaje yermo. Los niños duermen abrazados a sus madres.
El pronóstico de los ancianos, anunció que el viento arreciará próximo al anochecer. Es hora de detener la marcha antes que desembarque el temporal.
Una corneta de asta es suficiente para que la señal estridente aliste a la muchedumbre.
Cada quien a lo suyo.
Desatan telas que salen de sus rollos y varios hombres juntan fuerzas para tensar los tientos, el cuero resiste. Las mujeres acomodan los kilis, todo está listo para trasladar a los pequeños. Carpas bajas harán de tolderías amuchadas que de a cuatro en círculo los cobijará.
Puede que el viento amaine en dos días, tal vez en menos.
Las vasijas de agua se protegen y mientras las trasladan, unos jóvenes ríen tapándose la boca. Las niñas entornan los ojos y responden sin mirar más allá de la barbilla de los hombres. Estas guardan las provisiones de las que emanan aromas de azafrán, curry y canela. El kuskús en bolsas de cuero se dejan sobre tablones, debe protegerse de la arena. Pusieron las almendras y la miel a buen recaudo y continuaron con los cestos de juncos apilados, los cántaros se afirman y sujetan las tapas con cáñamo.
La música no cesa, acompaña a quienes se mueven con destreza y rapidez. Hablan en voz queda solo si es necesario, los acuerdos previos no admiten trasgresión ni descuido, el éxito del grupo depende del acierto de cada uno y todos lo saben.
Desmontan los gamales, y quitan los arneses a los camellos viejos, atándoles de una pata a cuerdas fijadas en las rocas.
Saida, niña mujer, entró en trabajo de parto antes de lo previsto, grita de miedo y dolor. Las mujeres acuden presurosas sacándose los brazaletes de plata, los anillos y pendientes al tiempo que caminan. Viendo que se complica, desde la carpa gesticulan a otras por ayuda.
Mahmoud, el guía, se acerca con la simsimiyya y sentado en la arena interpreta una música diferente. Destaca los arpegios y matiza con acordes delicados su melodía. Los demás, enterados del suceso y sin menguar la prisa, pronuncian para sí los rezos moviendo los labios. Unas mujeres preparan té de hierbabuena para sus hombres. Los ancianos envueltos en sus caftanes, rodean a Mahmoud y entonan un poema para nacimiento. Exorcizan al demonio que no deja salir al niño de esa madre.
Sobre una duna, los jinnis que adoptaron forma de hienas, levantan los hocicos a los cielos, huelen a carroña y se relamen.
En un momento la música y el llanto del recién nacido los espanta. Huyen a la carrera alejándose con sus carcajadas siniestras.
El guía ameniza la madrugada con música infantil llena de gozo. Los ancianos aplauden con golpes sordos y las jovencitas danzan moviendo las nalgas al son de panderetas. Es varón el arropado con el kibrs del padre. Su primogénito tiene los ojos de la madre, inmensos y negros.
-Será Guía también como su abuelo y bajo el signo de Cáncer, un gran protector– vaticina en badawi, Eiwada, el más anciano de los beduinos contemplando las estrella.

V.C

-Esta entrada fue publicada en Julio 18, 2007 a las 11:48 pm y archivada bajo Imágenes-