Es Mujer

8 03 2009

Fui la primogénita. Luego dos más.
Cuando nací, dejé alelado a mi padre que siendo muy joven, permaneció buen tiempo sentado en un sillón sin poder moverse, su cara entre las manos y un pañuelo arrugado en el puño que desplegaba buscando algún resto de tela seca.
Yo estaba detrás de un vidrio, a pasos. El médico insistía,
-Joven, venga acompáñeme le muestro a su hijita…Levántese hombre, todo está bien. Es mujer, hermosa y sana. Y de un brazo lo trajo a mí. Ambos llorábamos, yo con la boca abierta. Él con los ojos cerrados y sacudiendo los hombros.

Crecí a su lado. A imagen y semejanza construí un Hombre que se le pareciera, que fuera tan fuerte como un Superman, tan firme como roca, tal alto como un monte, inteligente y capaz de resolverlo todo…De muy mal carácter a veces, de genio variable y de un sano humor y magnífica carcajada. Sociable. Tan previsible como inesperado, antagónico conquistador de mundos…Y de mujeres.

Cuando ya no estuve enamorada de él, apareció la imagen de mi madre que claro que siempre estuvo cerca
¡Y cuánto y cómo estaba!
Me encontré entonces con otro espejo en el que mirarme.
Observé que mi padre era lo que ella forjaba. Esa Mujer tenía yunque y fragua.
Ella lo hacía inmenso lo construía a diario y le daba la fuerza para sumar a la suya, lo alentaba y desafiaba. Se oponía y rechazaba o aplaudía asintiendo. Y casi en secreto, decía a mi oído refiriéndose a él,
-Hay tierra fértil, por eso puedo.
Luego, la historia es larga y por momentos torna infeliz.

Así es la vida, de cales y arenas de risas y llantos, de los que se resucita gracias al siempre atento Ave Fénix que nos habita. Y en cada renacimiento, si miramos bien, hay una Mujer que se sostiene y sustenta, que abraza y adora poniendo pasión en lo que hace. Y si miramos mejor, a su lado -real o de recuerdo- hay un Hombre que inspira, insta, motiva, incita, marca senderos.

Por todas estas cosas y más, celebro ser Mujer. Y ser otra cada vez que puedo, transmutar en Una mejor:
Digna de ostentar la función de Madre –de propios a los que siempre se suman ajenos- cada día, ante cada nueva propuesta desafiante, escollo, pendiente, abismo o cima.
Sólida aunque maleable, Firme como roble pero dúctil como junco, sosteniendo el buen humor a pesar de las tormentas, disponiendo la imaginación atenta para crear nuevas y mejores circunstancias.
Creyendo en lo que digo Creer y actuando en consecuencia, demostrarlo.
Orando para rogar me sea dado más Amor, para Dar y Recibir en abundancia.

Especialmente, los 8 de Marzo, no sé por cuántas razones más, Soy Feliz como festejando mi cumpleaños.
V.M.C
Noviembre 5 del 2007

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El hombre es milagroso -Dr. Jorge Carvajal Posadas-

17 02 2009

El hombre es milagroso en cuanto que puede transformar su pasado.
Algunos dicen “no se ocupen del pasado que el pasado ya no existe”,
pero el pasado está vivo, presente, doloroso, en cada una de nuestras
células, frecuentemente, produciendo enfermedades. El problema del
pasado es simplemente que haya pasado, que lo dejemos atrás como una
estatua congelada. Pero al pasado hay que hacerlo presente vivo para
transformar su historia, para leerlo en otro código, para
interpretarlo en el código del amor, y, cuando interpretamos el pasado
en el código del amor, nuestras heridas de la infancia se sanan. Y ahí
nosotros somos los psicólogos, los psiquiatras, podemos sanar nuestra
vida; todos estamos llenos de dolores, y a veces de dolores absurdos,
que cargamos en la vida sin ni siquiera reconocer que existen.
La técnica respiratoria es muy importante, sobre todo la fase de pausa
respiratoria, ¿por qué razón? Porque cuando tú respiras lentamente y
haces una pausa en la inspiración, la energía del inconsciente y el
subconsciente sale a flote, es decir se pregunta ¿que pasa aquí que no
están respirando? En ese momento el inconsciente hace aflorar a la
consciencia una parte a la que no habíamos tenido acceso, de la que
éramos víctimas pero que no habíamos reconocido nunca en la vida, y en
ese momento podemos dialogar con el subconsciente y podemos sacar
nuestras heridas más profundas. Cuando hacemos eso podemos ir más
lejos, así es como actuamos para la autosanación.
Yo puedo decirme, por ejemplo, ¿de dónde viene esta alergia?, si tengo
una alergia y quiero librarme de ella. La alergia es algo que rechazo,
un virus, una bacteria, un hongo, el frío, el calor, pero eso no es
del todo cierto, eso es quedarnos muy cortos. No hay personas que sean
alérgicas sólo al frío, las personas alérgicas al frío también tienen
miedo a la soledad, tienen miedo al frío del alma, al frío en los
sentimientos, a la frialdad del papá o de la mamá, al desafecto, es
decir, el frío es simplemente un símbolo.
Cuando yo soy alérgico a algo, hay algo que rechazo o que temo.
Entonces si quiero cambiar mi alergia, reconozco mi alergia. Si sé que
no reconozco mi alergia porque me hace sentir vergüenza, entonces
trabajo con la vergüenza: ¿que cosas en la vida me evocan vergüenza?
Luego experimento el sentimiento de la vergüenza y veo como
experimento la vergüenza, a veces me pongo pálido y frío, otras veces
me pongo rojo como un tomate, otra lo experimento como un vacío o como
un hueco a nivel del plexo solar, la puedo experimentar de muchas
maneras. Dónde y cómo experimento la alergia, me da una idea de la
parte de mi energía que está comprometida.
Vamos a ver otro sentimiento, el miedo, yo diría que la mitad de
nuestros lumbagos son por miedo. El miedo provoca más lumbago que
todas las hernias discales, todos los problemas articulares, todos los
problemas de columna, porque el temor hace que metamos, literalmente,
el rabo entre las patas, cerramos el esfínter anal interno, a ese
nivel, hay un centro de energía muy importante y, nos cerramos a la
vida, contraemos toda la musculatura lumbosacra, esa parte queda mal
irrigada y nos dan unos lumbagos terribles, y ese lumbago es el nombre
clínico del miedo.
Si logro reconocer el núcleo del miedo, si logro observar mi cuerpo y
veo que tengo los glúteos y toda esta parte contraída, si logro
respirar hacia esa zona y liberar el sentimiento del miedo, y llamar
al miedo y decirle “tú eres la mejor parte de mi mismo, cuando
asciendes y te revelas, eres mi prudencia, ya no eres miedo, sino que
eres prudencia, eres parte de mi amor también”. Cuando yo, a través de
la respiración, logro ascender esa energía del miedo, y logro
trasmutarla al altar del corazón, que es donde realmente nace el
hombre que puede sanarse y puede sanar la vida, entonces desaparece el
lumbago.
Mi resentimiento, mi odio, frecuentemente, está anclado en mis
articulaciones. Yo estoy así totalmente rígido. A veces, con el puño
apretado en la noche, inconscientemente, dispuesto a pegar y a
agredir. Pues bien, ese dolor articular, es resentimiento congelado en
esa parte del cuerpo. Si logro experimentar ese dolor y asociarlo a mi
sentimiento de ira y a mi resentimiento, y logro comprender que mi
resentimiento es algo que se construye en el plexo solar, que bloquea
la energía aquí y no permite a la energía acceder a mi corazón, ni a
mi sistema inmune, puedo hacer mucho más que el reumatólogo, o puedo
ayudarle mucho, para curar y sanar mi artritis, y yo soy responsable,
no tengo que esperar que el reumatólogo me resuelva el problema.
La enfermedad es mi problema, no es el problema del médico, es mi
responsabilidad, yo también tengo que ver con eso. La medicina no
puede ser el arte de pasarle la pelota al médico, porque le pagamos.
La nueva medicina de la consciencia, es el arte de responsabilizarnos
de nuestra vida, y de descubrir que realmente podemos hacer mucho por
nuestra vida.
Frecuentemente, vemos que una persona con un cáncer ha tenido un
shock, o una pérdida afectiva muy grande. Si una pérdida afectiva le
produce un vacío existencial de tal dimensión que se vuelve un vacío
de energía, y permite que las células degeneradas puedan invadirle, es
porque estaba apegado, ese es el problema del apego que yo debo
reconocer. Si alguien se va y yo lo vivo desde el amor, desde el
desapego, sé que su consciencia está conmigo, lo dejo partir no lo
amarro.
Muchas veces, vemos a alguien al que se le muere el papá o la mamá
pero no lo deja partir, eso es literalmente cierto, se queda con parte
de su energía anclada al plexo solar. Esa anclada energética puede
crear crisis de pánico, de hipertensión, cosas violentas en la
clínica. Si nosotros logramos que la persona se sane, es su alma la
que lo sana. El sanador no lo hace por el paciente, yo como sanador
soy un imán que le doy la carga que su alma necesita, realmente, la
sanación es rescatar la autonomía, la autogestión, y la libertad del
otro, para sanarse. La verdadera sanación es darte las herramientas
para que tú, desde tu consciencia, te sanes, no desde tu consciencia
racional, sino desde tu sentimiento, desde tu amor, desde tu afecto.
Frecuentemente cuando uno está haciendo una sanación, ve que la
persona, aunque no le haya dicho ni una palabra, empieza a llorar y a
sacar su resentimiento, y luego siente una sensación de paz, que no es
mi paz, es su paz, es la paz de Cristo que también habita en la
persona que está siendo sanada. La paz está ahí, ha estado siempre
ahí, es parte de nuestra esencia, se trata simplemente de quitar todos
aquellos apegos, aversiones, sentimientos, separatismos, toda aquella
capa de ignorancia, para que la paz se revele tal cual es, y cuando la
paz se revela, germina el amor, y cuando germina el amor la sanación
es posible, aunque lo que tenga sea un cáncer, o un lupus.
Pero no te culpes si no lo logras, porque tú participas también en los
problemas genéticos de la herencia, de la humanidad como grupo. Esto
no es para creerse superman, uno puede ser muy orgulloso y decirse
“estoy triste porque no me curé el cáncer”, eso no es un fracaso, el
cáncer es un maestro, a veces aprendemos la lección en una ocasión,
otras veces necesitamos diez oportunidades, y otras necesitamos cien
vidas tal vez, pero lo importante es aprender la lección. Uno no
aprende medicina de un día para otro, hay lecciones supremamente
complicadas y difíciles. También nos diplomamos o nos especializamos
en el alma, cuanto más grande sea el desafío, más grande es la
oportunidad de crecimiento.
Yo solo les he puesto un ejemplo de cómo podemos retomar nuestras
emociones, identificar nuestras emociones, aceptarlas, no seguir
huyendo de ellas, y así poder transmutarlas. Pero una vez que sentimos
la emoción, hay una pregunta fundamental ¿cuál es la lección que hay
debajo de esta emoción negativa? ¿Cuál era el mensaje, qué me quería
decir esta actitud y esta enfermedad?
Cuando yo no digo NO, en la vida, termino resentido y con ira, pero la
ira no es el problema, la ira me está diciendo que hay que aprender a
reafirmarme diciendo NO. La ira es la mejor estrategia de
autoafirmación. Cuando yo manifiesto la ira y la transmuto, esa ira se
vuelve sanadora, es lo mejor de mi fuerza, mi ira barre y limpia la
casa y hace las cosas más rápidamente, ustedes han visto a un ama de
casa que en su ira revolotea y el almuerzo está hecho a las diez de la
mañana. Yo sabia cuando mi mamá estaba iracunda, porque a las diez de
la mañana mi casa estaba como un espejo. Es así, la ira es una forma
de energía que se puede transmutar físicamente, el hecho de que la
transmutemos físicamente, no resuelve la fuente de la ira, la fuente
de la ira es la necesidad de autoafirmarse, y la necesidad de
autoafirmarse es la necesidad de renunciar a la falsa complacencia.
Crecer espiritualmente no es decirle que sí a todo el mundo. El
crecimiento espiritual no tiene nada que ver con la bobada, perdónenme
la expresión, pero ser espiritual no es ser bobo, y ser tolerante no
es ser bobo, la tolerancia no excluye la autoafirmación. La
autoafirmación es condición del crecimiento espiritual. Así que yo
tengo que descubrir la lección, debajo del evento negativo, porque el
evento negativo no es sino la apariencia, la sombra. Pero esa sombra
cuando la quito abre una puerta luz, una lección que yo puedo aprender
en mi vida.Dr. Jorge Carvajal Posada





Shu-Ka

8 01 2009

El hombre continúa con las piernas adentro del agua que corre por las manos durante su trabajo.
Arma con destreza la malla de juncos que alisa y limpia una y otra vez entre los labios, atrapando así los residuos que arrastra el río, no debe quedar rastro de ellos en el tejido. Entre sus piernas amarra el cesto que cobra forma.
Ya pronto termina este canasto. Vigila, sobre la orilla algún otro más alto, secándose al sol.
Shu-Kah no resiste el dolor de sus huesos. El frio que siente en los pies escala impiadoso las piernas, las rodillas arden, ambas sensaciones son tan intensas y cotidianas que ya forman parte de él, lo acompaña, como si lo persiguiera, se instala adentro, a su lado antecede el paso lento, insiste persistente, continuo.
La sordera del dolor no escucha la súplica.
Indiferente, sigue, el dolor también.
Shu Kah es el cestero fúnebre, el que construye tejiendo, la última cama del hombre. Tarea valorada aunque de lejos, el egipcio es sensible a las supersticiones. No es temido como el embalsamador, de él nadie huye, se lo saluda con reverencia cuando se acerca a la Metrópoli. Más aún, cuando lo hace vestido con el atavío sacerdotal.
En esas ocasiones, la expresión de Shu Kah es otra.
Imponente, como su altura, avanza en el carro de pie. Sostiene las riendas ásperas que tiran con fuerza dos caballos blancos. Parece de guerra, pero es de paz. De paz altiva,soberbia, avasallante. Trasunta orden y serenidad interior, en armonía con el alma y los dioses.
El cestero fúnebre y el sacerdote, se conjugan, fusionándose avanzan.
Los niños pequeños saltan al carruaje, acarician su brazos fuertes, lampiños, de bronce.
Shu Kah sonrie sin hablar, los mira de reojo y sigue la marcha.
Los más grandecitos, como sus padres lo hacen,también inclinan la cabeza hacia adelante.
Deben llegar después que él lo haga, no hay prisa.
El Sacerdote encabeza la comitiva de fieles.Un templo de piedra de grotescas dimensiones , la cima de una baja colina, también espera.
El Sol parece detener su descenso hasta el ingreso de la comitiva y como suspendido entre el cielo y la línea del horizonte, el Rey Sol, aguarda por él.

“Bendito sea tu reino, tu poderío y benevolencia,
Oh Señor que todo lo ves, que todo iluminas,
Oh glorioso Señor, gracias por éste día y por todos los que quieras darnos,
Gracias por el amanecer, por el calor ardiente y la tibiezade tu muerte.
Vuelve oh Señor de Señores a iluminarnos con tu fuego,
Resplandece en nuestro Espiritu,
Se en cada uno de los hombres que te adora y glorifica,
Se cada día para que seamos en Ti,
Oh Señor de Señores…”

Y vuelve a comenzar, hasta que el Señor Sol se oculta saludando a sus fieles con un mínimo rayo amarillo, casi ocre, algo violaceo para dar paso a la sombra.
Shu Kah canta el rezo de rodillas, frente al Dios Sol, de espaldas a los hombres que en igual posisión, extienden los brazos a un lado paralelo a la arena, las cabezas permanecen pendiendo, los ojos cerrados, la mente en luz, los cabellos desatados presa del viento que arrastra polvo y calor.
Los Adoradores del Dios Sol, se despiden del Amo y Señor de la Tierra.
Van a descansar el día hasta el otro día, hasta el amanecer. Vuelve la peregrina comitiva a sus aposentos, pequeñas y bajas chozas de piedra, juntas sus paredes laterales, buscando protección una con otra.
Alguna sombra comienza adibujarse en la callejuela de piedras blancas.
Shu Kah también regresa, el día concluyó, lo espera su nadie con quien convive desde siempre.
No conoció a sus padres ni preguntó por ellos. Nada lo inquietaba demasiado sobre sí mismo excepto su función.
Nació Sacerdote, el tiempo se detuvo en el día de su consagración. No conoció mujer alguna, ni la deseo jamás. Su función es su pasión y con ella terminará sus días. Fue uno de los elegidos, un privilegio entre los hombres de humilde casta. De entre ellos, el mejor, fue enseñado en las artes de leer y escribir en piedra y en papiro. Lee el Libro de los Muertos a los muertos, recita de memoria ciento ocho oraciones sin errores, habla en lenguas extranjeras y hasta pudo acercarse cien pasos de distancia al Faraón.
Desde niño, es diestro en el arte de la cestería, pinta con bermellón, verdes y azules los juncos secos. Usa los barnices con buen gusto. Algunos son ornamentados con pedrería de poco valor. Sus cestos siempre fueron diferentes, los mejores, los más costosos. Sonríe con bonanza cada vez que acaba con uno de ellos, locontempla, lo acaricia, lo almacena con reserva, cierra lapesada puerta de maderos que los guarda en el subterraneorecoveco debajo de su vivienda, lejos del calor del sol.Cada tanto, abre la compuerta barre el piso arenoso, sacude el polvo a los cestos, rocía con agua del río el suelo,deja que los salpique la humedad a fin que no se reseque elmaterial antes de ser usado.No hay tacha en él.Los sentimientos de shu Kah son amorosos sin amar a ninguno en especial, es un Ser de la Luz.
A él recurre el hombre enfermo a quien sana su mano derecha, la que hace. La izquierda, la que piensa y siente,la reserva para los males del alma, pàra el que sufre penas por amores que fugan y malqueridos cariños que no regresan,para el dolor que la muerte deja en el que queda vivo, para el llora y bebe, para el que bebe sin llorar.Shu Kah es médico. Sus remedios salen de plantas y flores del desierto, de algún gusano y del veneno de la cobra a la que domina con una fina fluta de caña seca y perforada.
Muchas veces un cesto fúnebre sirvió para transportarlas desde los papiros que bordean el río.
Sabe que pronto llega su hora, lo siente en el pecho, en lapiel, en los pensamientos.
Cada noche retoma el Libro, para recordar cada palabra, para no omitir ninguna cuando cruce el río y le pregunten, para cuando el alma se deposite en uno de los platillos, su cuerpo en el otro…y báscula dictamine el veredicto.
Tampoco le importa demasiado el juicio. Lo tiene ganado,él lo sabe.
Nada lo intimida, sólo El Sol.
Cómo podrá mirarlo tan de cerca cuando llegue el momento ¿Podrá hacerlo? ¿Se le permitirá hablar en ese momento? ¿Se dejará abrazar el Sol sellando el reencuentro?
No lo sabe, esto sí lo inquietó desde pequeño. Y cree que será el último pensamiento que cruzará su mente cuando llegue ese segundo mínimo de pasar a la otra orilla, sí ese será, está segurode ello.
Y entre los niños que cantan y hacen rondas batiendo palmas sin ritmo, ve pasar uno mujer de lánguida figura acompañando el paso con un leve movimiento de sus caderas estrechas.
Llevaba un cesto también, pero…Ese canasto le pareció reconocer sus manos en el tejido, las guardas rectas, los colores dispuestos.
Era uno de los suyos, ¿Por qué razón lo lleva esta mujer? , ¿A dónde se dirige? ¿Quien es ella? ¿Cómo no reparó antes en esta graciosa mujer, delgada como espiga, alta más que un junco, fuerte aunque débil…¿Quién es ella? ¿Y por qué se dirige a él con tanta seguridad?
Los niños siguen sus juegos y él sentado, la observa, no cambia el rumbo viene hacia él.
La mujer le sonríe con dulzura, sujeta el cesto bajo el brazo derecho, “El de hacer” se dice, mientras tiende la izquierda hacia el hombre, que con gesto de asombro, entorna los ojos y se deja ir encandilado por el último rayo del dios Sol, ese, que lo espera.
-Hermosa eres Mujer ¿Dónde has estado? ¿Por qué te ocultaste de mi tanto tiempo?
Dime tu nombre, háblame. déja que sienta el aroma de tu piel, abrázame por favor, deja que duerma en tus brazos, estoy tan cansado.





Evocación

29 11 2008

“Porque la noche está de ojos abiertos, es que te veo aún cuando no estás”
…………………………………………….

Ella dejó esa nota sobre la mesa del comedor y salió sin más, tomando del
perchero el abrigo azul.
Bajaba sin pisar los peldaños de mármol, estaban tan gastados que por prudencia, los volaba.
Sabía que él estaba con esa mujer. Otra vez con ella.
Se dijo a sí misma que ya nunca regresaría al departamento del pasaje,
nunca más lo volvería a ver.
Y se sintió bien por la decisión tomada. Muy bien.
Corrió hasta la parada de un micro, cualquiera la llevaría hasta donde
quería llegar, Bien lejos de ese hombre que hasta recién amó.
Nunca le gustaron los pretéritos. Vería ahora qué hacer con su presente y
se preguntaba, cómo haría el futuro para hacerse hoy, si siempre era
mañana. Cosas locas estas que hacen al tiempo y los tiempos, porque los
modos nunca tuvieron nada que ver, sólo cuenta el Tiempo.
Pudo sentarse, abrió apenas la ventanilla y aspiró la noche de otoño con los ojos cerrados.
Huele bien, pensó.





Resucita, te ordeno.

17 08 2008

Otra vez.

Reconócelo, hace tiempo que no soy tan imperativa contigo, que sólo uso el ruego el por favor el tendrías a bien. Hoy te ordeno que salgas de tu montículo gris, que asomes la cabeza adormilada, que recuperes el brillo, el garbo y aguerrida figura. Que vuelvas y me animes y permitas que te anime. Dejemos que el sol nos encandile la vida. Sin pretensión de emular a Icaro, aceptaría de buen agrado aproximarme apenas a la luz si con ello nos regresa el alimento.

Vamos, probemos. Resucita.

V.C





El Paso

3 08 2008

-Está gris la tarde, tanto, que apenas da para echarle una mirada.
-No la mires- le respondió el marido sin levantar la vista del periódico. La mujer torció la boca y de reojo vio que el viejo indiferente se mojaba el índice para pasar otra hoja.
“Siempre fue así”, no iría a presentarle pleito luego de sesenta y cinco años de soporte mutuo y miró su cuerpo entero en el espejo redondo de la sala.

“Cuando era niña, este era mi espejo de cuento, yo sentía que me respondía como a la reina maldita -Espejito, espejito, ¿Quién…? Tú mi reina, tú”
Juego infantil, pero en este momento, según el reloj de pie y siendo las cinco de la tarde de un sábado 2 de agosto del año 2008 Doña Amalia Pereyra Pesado de Gómez Ayala, se ve reflejada como la jovencita de dieciocho años de hace cientos, o miles,  porque perdió la cuenta.
¡Es ella! no le cabe duda, se reconoce por los bucles dorados a fuerza de manzanilla.
¡Es ella misma! con el vestido azul bordado en el escote.

“¡Soy yo! ¡Dios me asista!” Y se persignó ante sí misma.  Sintió como se caía de sus manos la tacita de té de porcelana Limoge, “Qué pena se romperá”, mientras ella también caía con la taza y El Señor Alberto dejaba el diario sobre la mesa, no sin antes  golpear el borde inferior del conjunto, para que se acomoden todas las páginas como hizo siempre. Separó la silla de sus piernas con un suave movimiento e impávido, se quitó las gafas y fue hasta su mujer que tendida en el piso se veía un poco morada.
“¿Dónde había quedado el mundo de recién? El de hace un instante apenas ¿Dónde estaba su Señor esposo Don Alberto Gómez Ayala en el cuadro que miraba?”
Ella continuaba de pie frente al espejo y el resto de “Vaya uno a saber quiénes, entra y sale de mi casa con apuro. Tantos rostros desconocidos ¡Qué desparpajo! Pasarme por delante sin saludar”
Amalia se acomoda los bucles que caen intencionalmente sobre los hombros, como dibujando un signo de interrogación.
Vio pasar a su madre por detrás. Llevaba sábanas blancas de algodón con puntillas al croché en los bordes, tibias de recién planchadas. Fragante lavanda inglesa quedó flotando a su paso. Amalia respiró profundo para disfrutar del perfume. El joven de celeste sostenía la mascarilla de oxígeno, mientras en su otra mano dejaba descansar la cabeza plateada, “Qué gesto tan amoroso, muchas gracias hijo ¿Estas sábanas me llevaré madre? Claro que sí,  son las de tu noche de bodas. Ya verás, esta primera vez yo haré tu cama ¡Estoy tan emocionada mi cielo! Gracias mamá, gracias”

“Alberto no tarda en llegar, llevará un azahar en el ojal del frac. Es tan buen mozo, lo quiero tanto, ¡Dios! Amo a este hombre y lo amaré toda la vida”
“Parece que va a llover, no creo que permanezca mucho más encapotado…”
“El cielo está encapotado quien lo desencapotará, Aquél que lo desencapotare buen desencapotador será”
Mientras repetía su trabalenguas preferido, escuchaba el ulular de una sirena y
Alberto la lleva hacia el altar sosteniéndola de los hombros “¿Es de esta manera que debemos entrar querido? ¡Espera por favor! Nos hemos confundido, debo entrar con mi padre ¿recuerdas? ¡Detengan el auto!”

Y Alberto ahora llora como un niño. Amalia lo consuela con su mejor sonrisa,  antes de dar el paso.

VC





Rescate

10 04 2008

Se cortó la luz. Esperé un momento quieta en el sillón. Nada.
Reparé en la serena respiración que acompañaba el leve e imperceptible movimiento de mi cuerpo, suave ir y venir del inspirar y espirar. Conté hasta cuatrocientos de estos.
Durante ese tiempo, del que perdí noción, reconocí que ningún pensamiento atravesó mi frente -porque allí se alojan, como pantalla de cine, en la frente-
Ninguno a la vista. Me asusté. Imposible no pensar.
Por la persiana entreabierta se filtraba un mínimo haz. Claro, de luz.
Igual no veía casi nada, un mareo intenso me hizo perder el equilibrio. A tientas, esquivando la mesa del centro, el sillón de un cuerpo, el piano, la planta, la lámpara de pie y el revistero, llegue hasta el pequeño cajón del aparador, donde te guardé.
Lo abrí sin esperanza de encontrarte vivo, no más que cenizas, pero miré igual con cierta ilusión. Tonta, me dije, no va a estar. Y no estabas ni de rastro.
Te pensé fuerte, fuertemente. Cerré los ojos, como cuando era niña y soplaba las velas de la torta, sacando con el aire el deseo del alma. Puse toda mi energía en recobrarte, te llamé desesperada aunque en silencio. Entonces ocurrió.
Del fondo del cajón asomaste la cabeza como diciendo -Ya voy, no grites.
Se cayeron varias de mis lágrimas sobre tus flamantes plumas y extendiendo las alas, me diste tan fuerte abrazo que volví.
Gracias mi querido Ave Fénix. Gracias por resucitar siempre a tiempo para que yo renazca.