Historias Familiares

29 11 2008

Ese día me porté remal, no dejé de hacer una tras otra.
Mamá dijo que nunca más me llevaría a la casa de esos abuelos. Yo le dije Qué me importa con le hombro y me ligué un buen soplamoco. Todavía me duele el oído cuando hay humedad. No sé si por el aplauso bien puesto o por la bronca que me dio el no poder devolvérselo a mi mamá. No, no se lo devolví.
Pero esos no eran mis abuelos de verdad, eran de la gente que se tilda de parientes sin serlo y nunca entendí la razón por la que había que quererlos, si hasta pinchan con los besos las mujeres y tienen mal aliento los hombres tan amorosos. No son tan amorosos ni nada de eso. Para nada quería yo regresar a la casa de esos viejos que olían a naftalina desde la entrada de la casa y al llegar a la mitad el olor era a puchero, siempre puchero.
-Es que la sopita es tan necesaria para crecer sanos y fuertes. Aunque ellos estaban ya bien crecidos y eran los que se tomaban la sopita, siempre repetía la misma cantinela la abuela que no era.
-¿Ves Nelly?- le decía a mi mamá- deberías ponerle como hago yo, la cáscara de huevos que utilizas para otras comidas, eso le da al caldo todo el calcio que el cuerpo necesita.
Horrible masticarlos, porque a veces le quedaban restos pequeños en el caldo y con fideos se confundían y qué asco me daba morderle la cáscara al huevo, en fin.
Escupí la mesa ese día por eso luego cobré pero ni me arrepentí. El abuelo dijo que no era para tanto pero mami, que siempre exageraba porque le daba vergüenza, se puso muy enojada y me llevó hasta la estación de Villa Pueyrredón, zamarreándome el brazo y dejándome arrugada la manga del tapadito.
La abuela que nunca tuvo hijos, adoptó a mi mamá desde antes que yo naciera, a poco tiempo que con papi fueron a vivir a esa casa de calle Cabezón.
Los abuelos estos venían de visita todas las mañanas al departamento cuando ya se había ido mi papá al trabajo –porque papi mucho no los quería, decía que eran unos viejos metidos- la abuela hacía las compras a mi mami para que ella no salga a la calle a cansarse cuando yo estaba en su panza. Luego cuando salí, también. Para que no tome frío el bebé.
Y así, cada día me veían crecer.
Caminé por primera vez de la mano del abuelo en la plaza. Y al final, me llevaron de regreso con un globo colorado en la mano, caminando solita, sin tropiezo ni apuro.
Papi jamás le perdonó al “viejo metido” que hubiese acompañado mis primeros pasos, entiendo ahora que tuvo razón en molestarse
-¡Por lo menos me hubiese preguntado si me parecía bien o mal que le enseñara a caminar a mi hija! ¡Mi primera hija! ¡Sus primeros paso!
-Bueno querido, no es para tanto.
¡Para qué se le habrá ocurrido a mi mamá pronunciar esa frase que hacía del drama una tonterïa! Yo era rechiquita y me acuerdo la puesta en escena que tuvo lugar, una más, claro.
Entonces, como les decía. Todo bien, pero todo mal.
Los casi abuelos me gustaban por complacientes, malcriadores y buena gente. Nada hicieron para ocupar espacios, pero los ocuparon todos.
Y en realidad cuando ya no estuvieron en nuestras vidas, ni en las de ellos, dejaron un enorme agujero negro, de esos que no se llenan con nada ni nadie. Nadie, ni uno solo, hasta de los parientes verdaderos se podía esperar algo semejante, ninguno nos dedicó tanto tiempo, tantos detalles amorosos y tanta presencia gratificante.

Bueno, y aquí estoy. Recordándolos. Con Agradecido amor.
No hay caso, a veces hay que hacerse grande para valorar.
Espero haberles dicho muchas veces cuánto los quise, porque a pesar de mis morisquetas, gestos despectivos, llantitos histéricos nunca falto la alegría verdadera de verlos entrar, ni el colgarme del abuelo hasta casi hacerlo caer.

Creo que sí, se los dije más veces de las que recuerdo.

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Elecciones

19 10 2007

El abuelo sacó la pipa de su boca lentamente mientras decía mirando el humo,
-No lo puedo creer,  llegar a mis años para ver esto- movía su cabeza para un lado y otro en un meneo suave y lastimero. Me daba pena, pero ya estaba hecho. Se lo dije como pude, tal vez debí hacerlo con mayor cautela, tener en cuenta sus ochenta y pico “¿Cuántos eran….ochenta y seis? No creo que haya comprendido, lo único que hice fue causarle dolor. ¡Qué estúpido! ¿y con esto qué gané? ¿cambia algo?” Me preguntaba casi en voz alta mientras me afeitaba esa mañana. “A ver si con el disgusto se me muere el viejo, ¿Qué carajo hago si se muere el abu? Para colmo, creo que nunca le dije cuánto lo quiero…Me muero si se muere.
Y no se despierta, ¿Se habrá tomado las pastillas? ¿Para qué se lo conté? seguro que nunca se hubiese dado cuenta. Basta de rodeos, yo lo llamo”
-Hola Don Carlos, buen día. ¿Le corro las cortinas viejo?
-Te dije mil veces que no me digas viejo, patán.
-Perdón abu ¿cómo durmió?
– Bien de no ser por un mal sueño.
-¿Sí, qué soñó?
-Una buena pesadilla mire…
Dijo remarcando bien, mientras se sentaba en la cama y acomodaba al pasar tres almohadas una sobre otra para recostarse. Se peinó con los dedos y ya estaba listo para el sermón.
-Con Usté soñé.
-Ah mire, conmigo.
-Y lo que más bronca me dio fue que ni se defendió. Yo lo acusaba de maricón y Ud como si nada mocito e’mierda.
-Bueno, mire abu,
-¡Y no me diga abu quiere! ¡carajo!
A esa altura de la conversación ya el viejo se había puesto colorado, en un santiamén cambió el blanco nacarado por un tinte rojizo subido que le ocupaba buena parte del cuello.
-Pero digo yo, ¿Usté se cree que yo no lo escuché anoche? ¿Usté creyó por ventura que yo no me había dado cuenta de nada en todos estos años? Dígame mocito…cuéntele a su Abu, ¡mocoso e’mierda!
-Mire abuelo, yo fui sincero quise que supiera por mi y no por el chusmerío de la gente.

-Encima me lo recuerda, ¡lo tengo que matar! ¡Señor Jesús átame las manos, átame las manos! – imploraba al techo dejando los ojos en blanco.
La escena era como para el teatro del pueblo. Imaginé a los espectadores saltando al escenario para ayudar al abu a propinarme una paliza. De reojo mientras tanto, me miré en el espejo de la puerta en ropero de la abuela. De cuerpo entero, con los jeans gastados, la camisa escocesa afuera del pantalón las zapatillas blancas y recién afeitado “Quedo más joven sin barba, se me está terminando el importado, la lavanda nacional no es tan persistente”
-Y lo que más me espanta es qué dirá de todo esto su padre cuando regrese, ¿Cómo le explico yo que en todo este tiempo en vez de criarle un macho, me salió una mocita?
-Bueno mire abuelo, le digo algo y terminamos con la discusión…
– ¡Y quién le dijo que Uste termina la conversación pedazo de sinvergüenza! ¿Eh, quién le dijo?
El abuelo se levantó de la cama de un brinco y tomó el bastón de bambú.
-¿No me querrá pegar abuelo?
-No si no…¡Le voy a quebrar el espinazo! eso haré…¡Fuera ya mismo de este dormitorio!
Me fui dejando la puerta entreabierta, me daba miedo tantos gritos el disgusto resultó enorme “¿Cómo arreglo ahora esto?”
Y no había pasado un mes de reproches y desaires, que se anunció mi viejo de regreso.

Dijo que por unos meses, pero siempre se acortaba su estadía creo que algo tenía que ver el carácter del abu que a diario se avinagraba un poco más. Y si bien luego del episodio de esa mañana, no volvimos a tocar el tema, me miraba con el rabo del ojo cada vez que le daba un beso a la mañana o a la noche antes de dormir. Ya no me dejó llevar la camioneta al pueblo, menos que menos hacer tratos con el tipo del camión de hacienda.
“Deje, deje….las vacas me las atiendo yo”, y me apartaba.
“Usté vaya y arregle el asunto de la cebada, fíjese que las cuentas cierren, que Usté será mucho contador pero si yo no miro, se le equivocan los números y eso que los hace a pura máquina ¿no? Que ni a contar bien enseñan ahora en la Facultá”
La Rosinda el ama de llaves, como decía mi abuela, desde que tuvimos ese altercado en el dormitorio preparó las más deliciosas comidas. Cuando yo me acercaba a la cocina ella se dejaba desatar el delantal sin enojarse y me decía por lo bajo,
-Ya se le va a pasar niño, no se apure. El abuelo es mal arriado ya sabe. La única que podía con él está en su santa gloria, que le vua’uste hacer…Ah y la otra que le podía, era su preciosa y más santa madre, esa era la otra….del resto de la humanida ¡nadie puede con el viejo!….uuuuh si me escucha me mata- y se tapaba la boca con la mano regordeta y húmeda como si fuera una niña.

Esa tarde, desde el sillón de la galería con vista al campo arado, el abuelo dijo arrojándome las llaves,
-Mañana llega su padre a la tardecita, llévese la camioneta y salga con la fresca no sea que no llegue a tiempo al Aeroparque. Y mire, yo le recomiendo…que a mi hijo ni le cuente de esas cosas. Total, para qué…si luego se vuelve a dir y el que se quedá acá con Usté soy yo. Basta con mi amargura, ni le diga- siguió con la pipa en mano, mirando el horizonte.
O sea, no se había olvidado y era de suponer.
Y llegó papá. Se lo veía radiante. A su lado, llevándolo del codo, lo acompañaba un tipo más alto, joven apuesto. Empujaba sin esfuerzo el carro con tres valijas mientras mi padre reía de algo que le dijo al oído…”Qué bien está papá, no le pasan los años”
Nos abrazamos en un prolongado apretón, me llenó la cara de besos perfumados y en medio me decía cuánto y cuánto me había extrañado, Qué grande estás hijo…Esas cosas.
De regreso, sólo escuché a mi padre. Su amigo no hablaba media palabra en español, dijo sólo un gangoso y mal acentuado “Holá, qué tal” y de ahí, nada más que sonrisas cuando lo miraba.

Al atardecer, paramos en una estación de servicio, café con media lunas, tostadas y dulce de leche que el otro se comió a cucharadas. Papá le compró un tarro de kilo y de agradecido no más, le dio un beso exagerado en la mejilla mientras con la mano le acariciaba la nuca.
“Ahora sí que estamos listos” Pensé mirando el tránsito que se estaba poniendo denso. Se ocultaba el sol, fin del día.

Viviana Comerón
jun 24th, 2007 by sentires Edit |